Escribí mucho sobre el papa Francisco, pero hoy quiero homenajear a su reformista y austero papado de transición con una columna que escribí el 1 de marzo de 2013, apenas renunció Benedicto XVI y no se sabía quién lo sucedería. Hoy como antes, creo que el nuevo papa deberá asumir reformas que se vienen demorando desde Juan Pablo II, Benedicto y Francisco, referentes a la discriminación de la mujer al sacerdocio, la imposición del celibato, la corrupción y los abusos de menores. Titulé aquella columna “Las tareas del nuevo papa” que, creo, son aplicables para el próximo.
“Pronto habrá humo blanco.
No debería importar que el nuevo papa sea joven o viejo; italiano, austríaco o
latinoamericano; pero que tenga la firmeza de Cristo para echar a la escoria de
la Iglesia y la convicción para reformarla.
La “suciedad” a la que
refería el Papa Emérito, todavía está enquistada en la cúspide y en la base de
la curia. Los VatiLeaks confirmaron cuán sucias e intrigantes son las finanzas
del Vaticano; y las denuncias de víctimas de abusos, cuán esparcida está la
pederastia en muchas diócesis del mundo.
El encubrimiento de estos
crímenes por la jerarquía de la Iglesia muestra el trabajo colosal que
enfrentará el próximo Pontífice para derrotar la opacidad y reconquistar la
credibilidad de los fieles. Una tarea de “tolerancia cero” contra los
corruptos, que Benedicto XVI dejó inconclusa cuando su físico y espíritu le dijeron
basta.
Ojalá que en el nuevo papa
confluyan la espiritualidad pragmática de Juan Pablo II y la intelectualidad
teológica de Benedicto XVI, pero también un carácter más progresista y
reformista que sus antecesores no tuvieron. La Iglesia no solo necesita salir de
esta crisis, sino ir más lejos. Así como con el Concilio Vaticano II, se hizo
más terrenal y optó por los pobres, ahora la Iglesia necesita ser más
incluyente y misericordiosa.
Acabar con la discriminación
de la mujer a la vocación del sacerdocio y la imposición del celibato, son
temas urgentes que no comprometen la moralidad cristiana como otros referidos a
la eutanasia, el aborto o la manipulación de las células madre. En lo
pragmático, resolverían la división entre católicos ortodoxos y liberales, la
escasez de vocaciones y ayudarían a cambiar una cultura oscurantista que ha
sido cultivo para los abusos sexuales.
La abolición del celibato
obligatorio – y que sea solo una opción - es tema de vieja data y recurrente.
Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y como papa,
Benedicto XVI mostró su oposición. Sin embargo, cuando enseñaba Teología en su
Alemania natal, Joseph Ratzinger, firmó en 1970 un documento con otros
sacerdotes, en el que pidió a la Conferencia Episcopal de su país, una revisión
urgente de la regla del celibato.
Días atrás, antes de
renunciar a participar del cónclave de cardenales en el Vaticano por denuncias
de conducta sexual inapropiada, el cardenal de Escocia, Keith O’Brien, también
defendió que los curas “puedan casarse y tener familia”, lo que describió como
compatible y beneficioso para la vida pastoral.
En caso de que el nuevo
pontífice abrace una reforma, no creo que el papa emérito se interponga, como
algunos predicen. Benedicto XVI comprometió obediencia incondicional a su
sucesor, siempre se mostró ajeno al poder y sabe que son otros los temas
mundanos y graves con los que “el diablo ensucia la obra de Dios”.
Por esas suciedades
justamente renunció, en plena libertad, sabiendo que ya estaba débil y viejo, y
consciente de que se necesita fortaleza física y espiritual para afrontarlas.
No por nada los escándalos sexuales y financieros se intensificaron durante la
convalecencia de Juan Pablo II.
Ahora el papa emérito tendrá
un merecido descanso, recompensado por una vida de meditación que ama, después
de haber lidiado con muchas tempestades y durante las cuales creyó que “el
Señor parecía dormir”.
Su legado es grande. Como
uno de los teólogos más sabios, dejó enseñanzas y liderazgo, rematadas en
clases magistrales de catecismo y en tres encíclicas papales sobre la
esperanza, la caridad y el amor, quedándole en el tintero otro sobre la fe. Y
con su reciente tríptico “Jesús de Nazaret”, concluyó una misión literaria de
más de 65 libros sobre fe y dogma cristianos.
Su obra más generosa, sin
embargo, no fue mística ni espiritual, sino pragmática y burocrática. Tomó al
diablo por la cola, reconoció pecados y delitos de la curia, exigió
investigaciones internas, demandó justicia ordinaria y, en especial, hizo que
la Iglesia se asumiera piadosa y caritativa con las víctimas.
Benedicto XVI también fue
débil para castigar, de ahí su pedido de perdón. Sin embargo, se debe reconocer
que fue mucho más que un papa de transición, alguien que sacudió a la Iglesia y
la hizo más transparente, una puesta a punto para que un nuevo líder abrace la
tarea de reformarla y modernizarla. trottiart@gmail.com
1 comentario:
Courage and reform go hand in hand. Just as we seek change in old systems, we should normalize caring for our health. With an std test at home , anyone can take control of their well-being privately and confidently.
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