sábado, 14 de enero de 2017

“Trumpsición” y cambalache a la rusa

Para el traspaso de mando del 20 de enero Rusia se apuntó como actor principal en un revival de la Guerra Fría con tramas conspirativas y piratas informáticos, a la que no le faltan mentiras, filtraciones, sexo y chantaje.

Tras una estridente campaña electoral, no se podía esperar menos. Barack Obama dio su discurso de despedida en Chicago y Donald Trump su primera conferencia de prensa en Nueva York. En Miami, un tipo atracó un banco, se hizo filmar en Facebook Live, se escapó en Uber, regaló el dinero en la calle y pidió ir al Congreso para denunciar que Rusia iniciará la tercera guerra mundial, despechada por las sanciones de Obama y la expulsión de sus espías.

En toda esta telenovela, Obama habló de su legado. Resucitó un país quebrado y resistido por la comunidad internacional en su era post Bush; creó mayor conciencia sobre el cambio climático, pero admitió que poco hizo por la igualdad y por la violencia racista que no pudo controlar. Se olvidó mencionar que deportó a 2.7 millones de inmigrantes, más que todos sus antecesores juntos, siendo que ahora, además, eliminó privilegios que tenían los inmigrantes cubanos.

No pasará a la historia como el mejor Presidente, en especial por la falta de transparencia, su materia pendiente. En este final, supo desviar la atención sobre el tema con las sanciones que aplicó a Rusia por el pirateo informático a la campaña de Hillary Clinton. Su promesa incumplida sobre mayor transparencia se agravó con la cerrazón informativa, el espionaje a la agencia de noticias AP y en las redes sociales.

La conferencia de prensa de Trump reveló lo que se sospechaba. No se transformó en más presidenciable. Atacó a la prensa y seguramente sus anuncios y líos diplomáticos seguirán por Twitter, como todos los populistas latinoamericanos que prefieren la comunicación directa, sin filtros ni preguntas.

Sí cambió su perspectiva sobre los rusos y Vladimir Putin. Después de tanta resistencia admitió que el presidente ruso tiene responsabilidad en los ciberataques antes y durante las elecciones. Aunque por esto no debería creerse que Hillary fue derrotada. Como dijo Julian Assange de Wikileaks, fue el contenido de lo filtrado lo que influenció negativamente sobre ella. Hillary cayó porque los electores de Michigan, Wisconsin y Ohio le voltearon la espalda.

Trump aprovechó para victimizarse de chantaje y de una “cacería de brujas” acusando a opositores y a los servicios de inteligencia. En realidad las filtraciones y los ciberataques rusos contra empresas privadas y el gobierno estadounidense suceden a diario y desde hace décadas. Desacreditar al propio sistema no parece una jugada inteligente en el contexto de la geopolítica internacional.

No todos los informes de inteligencia son creíbles – Trump desacreditó los actuales comparándolos con la pifia por las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein que nunca se encontraron. Y en el momento que las elecciones estuvieron influenciadas por sitios de noticias falsas en Facebook, toda acusación, sin evidencias, debe tomarse con pinzas. Sucede, claro, que las falsedades cobran otra dimensión según la relevancia y el tamaño del perjudicado, más aún si se trata de negocios fraudulentos y orgías sexuales como se le sindican.

La conferencia de prensa de Trump le demostró a la prensa que habrá guerra. Trump es díscolo y vengativo, no perdona una coma de más que pueda enturbiar su marca registrada. Además, si se considera que durante una presidencia normal como la de Obama hubo poca transparencia, uno se puede imaginar lo que pasará ahora. Trump repite mentiras como verdades, exagera, es poco transparente al no haber revelado todavía su declaración de impuestos o demostrado en forma fehaciente como evitará conflicto de intereses con sus negocios y tratará de evitar que aparezcan otros soplones como Snowden. Es evidente que se avecina una más estricta cerrazón informativa.


El despliegue que hizo la prensa para checar las exageraciones y aseveraciones de Trump, también demuestra que está preparada. Tiene en su haber hitos mayúsculos en la historia del país y tendrá en este período una tarea superlativa, vigilar y fiscalizar a fondo. Es la única institución capaz de garantizar el equilibrio de poderes y que este cambalache a la rusa no se desborde. trottiart@gmail.com

lunes, 9 de enero de 2017

Obesidad: Guerra a los refrescos azucarados


Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció en 2003 que emitiría un informe sobre lo pernicioso del azúcar y de los refrescos azucarados, el entonces presidente George W. Bush envió a Ginebra al ministro de Salud con un mensaje recalcitrante.

Si la OMS osaba publicar el informe, EEUU le quitaría los $406 millones de subvención al año. Pese a que el informe buscaba reducir los índices de obesidad, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades del corazón que se habían disparado en todo el mundo, el informe quedó tapado por el fuerte cabildeo de la industria alimenticia ante la Casa Blanca.

Aquella fue la primera batalla perdida de la guerra contra el azúcar. La siguiente ocurrió en 2015, con un contexto aún más grave, cuando la obesidad y sus enfermedades colaterales ya se asumieron como epidemia, siendo una de las que más vidas cobra en el mundo y la que fagocita los presupuestos de salud pública de cada país. Aquel año, la OMS emitió un informe más contundente, estableciendo que el consumo de refrescos azucarados aumenta en un 275% el riesgo de contraer enfermedades del corazón. A diferencia del 2003, EEUU respaldó aquel estudio y adoptó restricciones contra el azúcar y los carbohidratos refinados en su Guía de Pautas Dietéticas.

La batalla más reciente ocurrió en octubre pasado. La OMS volvió a la carga, pero esta vez con una recomendación más decidida, siguiendo pautas ya adoptadas en algunos estados y ciudades estadounidenses. Propuso a los legisladores del planeta aplicar un fuerte impuesto del 20% al consumo y fabricación de bebidas azucaradas, así como antes se aplicó contra el tabaco y el alcohol.

La controversia fue inmediata. La industria alimenticia alertó sobre la poca información recolectada respecto a la incidencia de los refrescos en la salud, siendo que en Nueva York y Filadelfia ese tipo de impuestos fue revertido. Por otra parte, la discusión giró sobre si los gobiernos deben entrometerse en asuntos que lindan con la libertad individual, al considerar que las personas tienen derecho a consumir productos mientras no afecten la vida de terceros.

Pese a los apoyos y desaires, en 2013 México fue el primer país en adoptar un impuesto del 10% sobre los refrescos azucarados, una de las fórmulas para combatir los altos niveles de obesidad y diabetes en niños. La medida hizo reducir la venta de refrescos e un 6%, pero todavía se desconoce el impacto que ha tenido sobre la salud pública.

Inglaterra aplicará el impuesto a partir del 2018 y lo hará de forma escalonada, según el contenido calórico de los refrescos. Se estima, según las universidades de Oxford y Cambridge, que con la menor venta e ingesta por año, habrá 144 mil obesos y 19 mil diabéticos menos, y 269 personas mil evitarán visitar el dentista.

Así como la industria del tabaco en su momento, la de las gaseosas estuvo siempre dispuesta al contraataque y al fuerte cabildeo, patrocinando cientos de estudios, también de prestigiosas universidades y científicos, que auguran que el consumo de refrescos no interfiere en la salud del ser humano. Para muchos, ese fue un razonamiento inducido por las compañías de gaseosas.

Un artículo de la revista científica de Medicina Preventiva de EEUU reveló que Coca Cola y PepsiCo gastaron 96 millones de dólares entre 2011 y 2015 en campañas de relaciones públicas. Su intención fue mejorar la imagen de sus productos y neutralizar leyes que inducen a su menor consumo. Favorecieron a quienes debían influir o callar, a la Asociación de Diabetes, la Fundación de Investigación de la Diabetes Juvenil y la Sociedad Americana de Cáncer, entre otras.

Aunque todavía no hay certeza si un impuesto será efectivo para combatir la obesidad, el solo hecho que se debata sobre el tema está ayudando a estigmatizar a las gaseosas azucaradas y desincentivando su consumo. La industria de las bebidas ya muestra preocupación por la caída de las ventas, lo que es un buen síntoma.


Esta guerra se adivina de larga data pero es necesario ganarla. Sobre todo, cuando una sola lata de gaseosa contiene 9 cucharadas de azúcar, siendo que la OMS recomienda a los niños no ingerir más de 6 cucharadas al día, por concepto de todo tipo de alimentos, para tener una vida saludable.  trottiart@gmail.

sábado, 31 de diciembre de 2016

2016: Del Chapo a Rubí; la adultez de las redes

Crescendo Ibarra invitó a los dos mil pobladores de La Joya a la fiesta de 15 de su hija Rubí, celebrada el lunes después de Navidad. Terminó dando de comer a más de 30 mil almas, aunque se libró de 1.3 millones que aceptó su invitación.

No fue un error de cálculo. Resultó que su mensaje, “quedan todos cordialmente invitados”, se viralizó por YouTube y Facebook. En un santiamén, Rubí pasó de  humilde paisana mexicana a titilar más que una estrella hollywoodense. Apareció en Le Monde y New York Times. Algunas aerolíneas dieron descuentos para llegar al lugar. Otras empresas regalaron la torta y el confeti. Varias bandas de corridos rogaron por cantar en la fiesta.

El sueño parecía cumplido, pero también fue pesadilla. Las parodias y memes no faltaron. Famosos, sociólogos y críticos del montón aturdieron a la familia que hubiera preferido una fiesta más íntima para Rubí.

El año terminó con esa realidad exagerada; y también había empezado así. En enero, el Chapo Guzmán, pese a ser el narcotraficante más buscado del planeta, se convirtió en héroe de historieta. La gente se rindió a sus pies ante su astucia por escapar por un túnel que ya inspiró varias películas. Y los carteles reclutaron más adolescentes, engañados por el mito de una vida fácil y exuberante.

Pese a que ambos hechos estaban en las antípodas del bien y del mal, las redes sociales los convirtieron por igual en un espejismo de la realidad. Es que su poder de transformar, amplificar, deformar y contagiar se agiganta a cada día.

La omnipresencia de las redes como generadoras de conversación pública, algo que antes monopolizaban los medios tradicionales, se fortaleció en 2016. Esa consolidación, su paso de la pubertad a la adultez, no solo se debió a la mayor penetración tecnológica del internet, sino a las batallas que estas empresas debieron librar.

El mayor de los golpes lo recibieron tras las elecciones presidenciales que ganó Donald Trump. Por primera vez, las empresas propietarias de redes sociales debieron admitir su responsabilidad como generadoras activas de conversación, desde que siempre se autodefinían como simples medios de distribución de información posteada por los usuarios.

El primero en admitirlo fue el dueño de Facebook, Mark Zuckerberg. Después de resistirse por semanas, concedió que su red social es un agente activo y no una simple plataforma pasiva por donde transcurre sin pena ni gloria la conversación. Tras los ataques por haber servido de canal para la propalación de noticias falsas, reaccionó contratando editores, más subjetivos pero más confiables que sus algoritmos y bots, para diferenciar mejor lo falso de lo verdadero.

Además de esa estrategia ética y editorial, también debió defenderse de ataques legales. Hace unos días, los familiares de las 49 víctimas masacradas en junio en un bar de Orlando, demandaron a Facebook, Twitter y Google bajo el argumento de que dieron apoyo material al terrorismo internacional, al permitir la distribución de propaganda del Estado Islámico, el grupo terrorista invocado por el agresor.

La demanda difícilmente prosperará. Primero, porque estas empresas hace rato que de motu propio, vienen desarrollando sistemas complejos para evitar que los grupos terroristas recluten sicarios y recauden fondos. Y también, porque los jueces estadounidenses necesitan pruebas contundentes e individuales para censurar el beneficio social que acarrea la libertad de expresión, especialmente en internet.

De todos modos, desde una óptica objetiva, las redes sociales no son otra cosa que la caja de resonancia de la conducta humana, plagada indistintamente de valores y de vicios. Así como algunos las utilizan para exagerar, mentir y delinquir, otros las usan para abrazar causas positivas, ya sea distribuyendo verdades, pensamientos altruistas o apoyando campañas como las de #NiUnaMenos o #BlackLivesMatter.

Esta dualidad entre lo negativo y lo positivo, remarcada sin distinción por la idolatría al Chapo y a Rubí, se acentuará en este 2017. No será por alguna razón específica, simplemente porque las redes sociales, las que existen y las que se inventarán, se han afirmado como el nuevo foro de comunicación donde viven, se palpa y contagian los conflictos. trottiart@gmail.com


lunes, 26 de diciembre de 2016

2017: Menos azúcar; más grasas

La primera dama Michelle Obama deja un buen legado: Mayor conciencia para combatir la epidemia de la obesidad en las escuelas.

Sin embargo, el éxito de su programa “Let’s move”, que promueve una dieta sana y más ejercicio físico en los niños para contrarrestar los efectos colaterales de la gordura - diabetes, hipertensión y varios tipos de cáncer - fue insuficiente. No tuvo tracción en la población general, inmersa en una grave cultura de la obesidad.

Varios factores conspiran contra este tipo de programas. La industria alimenticia es reacia a cambiar métodos de producción baratos y poco saludables; siendo, además, el grupo que más invierte en publicidad, estimulando exageradamente las papilas gustativas de la población. La conjura mayor, sin embargo, es de los gobiernos, porque pese a toda la evidencia científica en contra de los azúcares y carbohidratos refinados, son tibios a la hora de cambiar la estructura de la pirámide nutricional y promover el consumo de proteínas, grasas y carbohidratos buenos que aportan los alimentos naturales.

Cambiar la cultura de la obesidad construida por décadas de prácticas alimentarias erróneas, no se logra de la noche a la mañana. Los procesos educativos requieren tiempo y buenas herramientas. En ese sentido, los nuevos estudios se están apartando de los azúcares refinados y los alimentos procesados, provocando el dictado de leyes que restringen la venta y consumo de refrescos edulcorados, como ocurre en Nueva York, California, Buenos Aires, México y Gran Bretaña.

Los estudios no solo desaconsejan las bebidas azucaradas, sino también abandonar dietas bajas en grasas que fueron moda. La tendencia se inició en 2003 con el Comité Asesor de las Directrices Dietéticas de EE.UU que no encontró razones para limitar el colesterol y las grasas buenas. Así comenzó el debilitamiento de teorías anti grasas que datan de 1992 cuando se publicó la pirámide nutricional y de 1977 con los primeros lineamientos alimenticios. Estos incentivaban el alto consumo de carbohidratos - entre 6 y 11 raciones de pan, arroz, cereal y pasta al día – no así los alimentos ricos en grasas naturales, necesarias para el metabolismo y la pérdida de peso.

No es casual que a partir de entonces se fue gestando un paralelismo entre comestibles oficialmente recomendados y fabricación industrial de alimentos, lo que derivó en el escandaloso nivel de obesidad actual.

Así como otros signos de la cultura estadounidense, aquellos malos hábitos alimenticios no tardaron en expandirse. La comida chatarra y los restaurantes de comida rápida coparon el mundo y tuvieron impacto en los índices de gordura. El efecto negativo fue aún mayor en países en vías de desarrollo, en los que el insumo de carbohidratos y alimentos refinados ya venía causando estragos.

Este año, un estudio oficial en México estableció que el 72% de los adultos y el 36% de los adolescentes sufren obesidad y sobrepeso, situándose el país en el segundo lugar, después de EEUU. Según la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), México ocupa también el primer lugar en diabetes, con un alto impacto en su sistema sanitario, al borde del colapso. Obesidad y diabetes muestran correlación en cifras y épocas: 14.500 personas murieron en 1980 a causa de la diabetes; 98.450 en 2015.

El problema en México, y en el mundo, tiene explicación. Varios estudios sanitarios demostraron que una persona consume 67 kilogramos de azúcares refinados al año, el equivalente a 500 calorías extra por día si se compara con registros de hace tres décadas. En ese mismo tiempo, el consumo anual de comida chatarra por persona aumentó un 40%; y no se trata solo de achacar la culpa a los restaurantes de comida rápida, ya que la mayor incidencia recae en la mala preparación de los alimentos en el hogar.

Hablando de culpas, la industria alimentaria y el gobierno no deben ser los únicos responsables de la cultura de la obesidad, desde que comer sano también es responsabilidad individual. A cada uno le corresponde educarse sobre los beneficios de la buena alimentación y la actividad física.


Los gobiernos, sin embargo, ahora con mayor evidencia científica, deben crear las regulaciones necesarias para la industria y una mejor educación sobre dieta y vida sana. trottiart@gmail.com

domingo, 18 de diciembre de 2016

Miamii, el paraíso

Miami es un paraíso. Fue fundado por la visión de los colonos del norte, construido con la pujanza de los exiliados cubanos; pero, también, fue y es alimentado por los botines de las mafias, los dineros de la corrupción de otros lares y por capitales que vuelan desde cada país en crisis en busca de refugio.

Los Panama Papers, la investigación de principios de 2016 sobre capitales off-shore, demostró como esos dineros, muchos legítimos y otros mal habidos, recalaron en Miami levantando una industria inmobiliaria sin parangón.

Como paraíso de redención para corruptos, esta ciudad tiene larga data y etapas. Las residencias de contrabandistas y narcotraficantes como Al Capone y Pablo Escobar, en la época del “miami vice”, y las recordadas fiestas del ex dictador venezolano, Marcos Pérez Jiménez, hasta su deportación, son testigo del estrecho vínculo con la corrupción.

Toda crisis política y económica en el mundo termina beneficiando a Miami. Este resguardo seguro no solo atrae dineros ganados con el sudor de la frente, sino también el de los “nuevos ricos”, una pléyade de empresarios amigos del poder, testaferros y ex funcionarios públicos que buscan esconder y sacar mayor rédito a sus saqueos. Los 12 años del kirchnerismo y los casi 20 del chavismo generaron una alta rentabilidad para Miami, de aquellos “amigos del poder” que invirtieron millonadas en casa y apartamentos en los exclusivos barrios de Sunny Isle y Key Biscayne.

Los Panama Papers fueron pródigos en señalar a compradores argentinos y brasileños que, cobijados bajo las polleras de Cristina y Dilma, reventaron el mercado de propiedades residenciales y comerciales a fuerza de cash.

Pero para bailar el tango se necesitan dos. El otro bailarín es el gobierno estadounidense, demasiado permisivo a la hora de imponer controles. Leyes débiles, incentivos para visas de inversores demasiado laxas o funcionarios consulares que se dejan influenciar (o tentar) por los mismos dineros que deberían detener, también son parte de la ecuación.

Una reciente investigación del medio digital ProPublica y de la neyorkina Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, reveló como la familia de un ex dictador surcoreano y funcionarios chinos corruptos usaron visas para inversores para colocar sus dineros y evadir a la justicia de sus países.

La investigación detectó varios flancos en el sistema inmigratorio que permite la entrada y permanencia en el país a empresarios, dirigentes y ex presidentes sospechados de corrupción, cuya intención es escudarse de los procesos judiciales  en sus países de origen. Resalta al ex presidente panameño, Ricardo Martinelli, que llegó a Miami poco después de dejar el poder y días antes de ser procesado por apropiación indebida de 45 millones en fondos públicos y por espionaje en contra de 150 opositores políticos.

Muchos corruptos entran al país aprovechando lagunas en el Decreto 7750, dictado por George Bush en 2004, que obliga denegar la entrada a dirigentes y líderes sospechosos de corrupción, aún aquellos sin sentencia firme. Aunque la investigación destaca que fue utilizado con éxito en contra de expresidentes procesados por corrupción, como el nicaragüense Arnoldo Alemán y el panameño Ernesto Pérez Balladares, también señala que otros eludieron los controles. Agrega en esa lista al expresidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, al exministro colombiano Andrés Felipe Arias, ahora con pedido de deportación, y a una gran “delegación” de funcionarios del mundo entero.
Más allá de los yerros en la aplicación del decreto 7750 y de la ley de inversión que otorga visas a quienes formen empresas y generen empleos, también es cierto que las autoridades han creado mayores controles tras los Panama Papers. En Miami y Manhattan, otro de los paraísos, las escribanías están ahora obligadas a develar los nombres de todo aquel que invierta por más de un millón de dólares.

La expectativa recae ahora sobre la nueva administración de Donald Trump, tan adicta a los inversores como alérgica a los inmigrantes. Sería óptimo que se incentiven las inversiones legítimas, se abrace a los inmigrantes, pero se intensifiquen los controles para coartar a aquellos que robando y empobreciendo a sus pueblos, enriquecen y construyen su paraíso en Miami. trottiart@gmail.com

    

sábado, 3 de diciembre de 2016

Definiendo a Fidel

La percepción que cada uno tuvo de Fidel Castro en vida, difícilmente la cambiará tras su muerte. Para muchos fue un idealista y revolucionario. Para otros, entre los que me incluyo, un tirano sanguinario.

Están aquellos que guardarán la imagen del rebelde bajando de la Sierra Maestra para liberar a su pueblo de la dictadura de Fulgencio Batista, emancipar a los oprimidos y bregar por la igualdad en Cuba y América Latina, sometidas a las fauces del imperio.

Para mí, prevalecerá la imagen del déspota que sembró el terror con fusilamientos, persecución, encarcelamiento y una vigilancia vecinal férrea para que todos se delaten y se teman, instaurando un Estado omnipresente, agobiante y opresor. Hacia el exterior, Fidel fue un gran embaucador y oportunista. Glorificado por una propaganda implacable, con la que disfrazó graves violaciones a los derechos humanos, blandió discursos grandilocuentes contra el imperio yanqui capitalista, pero se prendió a la teta de Rusia, China y Venezuela para morigerar la miseria y ocultar la pésima administración que hizo de los bienes de todos los cubanos.

Tras su muerte tengo sentimientos encontrados. Comparto la alegría del exilio de Miami que sigue festejando y que cree que ahora existen mejores chances de cortar con 60 años de dictadura; una esperanza que se venía esfumando con Raúl Castro, por no haber generado los cambios políticos que Barack Obama le sirvió en bandeja de plata.

Entiendo esa alegría. Castro fue la antítesis de la piedad y la virtud. Fusiló disidentes, dividió familias y expulsó infieles. Es inevitable que la víctima no exprese alegría cuando muere su victimario, en especial cuando sus denuncias y pedidos de auxilio no tuvieron respuesta de gran parte de una comunidad internacional que siempre protegió y justificó al abusador. Ante tanta indiferencia e impotencia, los festejos deben entenderse como expresión de justicia, sanación y liberación.

Por otro lado, la muerte de Fidel me desilusionó. Siempre tuve la esperanza de que sería sometido a los tribunales y que lo despojarían de sus honores, como ocurrió con muchos dictadores como Pinochet, Videla o Fujimori. Y hasta creí que tendría el destino de otros déspotas desterrados o asesinados como Stroessner, Trujillo, Somoza y Duvalier.

Fue un alivio observar que muchos jefes de Estado no fueron esta semana a La Habana. Las ausencias notables, como la de Obama, Vladimir Putin y Xi Jinping, deshonraron los funerales que el castrismo venía planificando desde hace años con marcado narcisismo. No había mucho que honrar; muchos evitaron quedar pegados a la tiranía.

Fidel no deja mucho al castrismo: Un poco de ideología marxista anticuada para discursos ocasionales, anécdotas de expansión regional a través de guerrillas y gobiernos fracasados, cárceles atestadas y un país sin infraestructura, con un aparato perezoso y corrupto, en el que cada uno espera remesas familiares del exilio para alimentar unas libretas de racionamiento cada vez más escasas.

Qué Fidel tuvo frutos; por supuesto. Pero esos logros no pueden justificar los métodos de opresión, así como se trata de no darle crédito a Pinochet y Fujimori por sus avances económicos. También se debe reconocer que hay verdades a medias. La educación y la cobertura médica cubanas no son la panacea, tienen mucho de propaganda y adoctrinamiento. El logro hubiera sido alcanzar los estándares de los países escandinavos en salud y educación, pero con aquellos niveles de libertad y democracia.

La opresión no es atributo del revolucionario. Los líderes rebeldes verdaderos, los inmortalizados en la historia, son los que liberaron a sus pueblos de las tiranías, no los que le quitaron sus libertades políticas, religiosas, de prensa, expresión o de reunión como hizo Fidel. A estos caudillos, el tiempo los acomoda en algún recoveco remoto, desde donde destacan cada vez más sus yerros y defectos.

La revolución castrista, tan adicta al culto a la personalidad, se quedará ahora con dos legados. Las  fotos del último acto de idolatría colectiva honrando las cenizas que desfilaron por todos los rincones y un libro de reafirmación (obligatoria) de los valores revolucionarios, que terminará en algún museo futuro, educando sobre un gobierno malogrado que desaprovechó seis décadas y despreció el talento de su propia gente. trottiart@gmail.com


domingo, 27 de noviembre de 2016

Trump: Celebridades y Falsedades

El triunfo de Donald Trump sigue cosechando críticas. Se dice, con algo de razón, que las grandes mentiras que circularon por Facebook y otras redes sociales le dieron la Presidencia.

Es probable que las noticias falsas que muchos creyeron verídicas - que estaba ganando el voto popular y que el papa Francisco lo respaldaba - hayan influido, pero de ahí a que le hubieran dado la victoria es una hipótesis desproporcionada.

Sin dudas que Trump fue aupado en las redes. El académico Pablo Bockowsky, mucho antes del día de las elecciones, advertía que Trump tenía una ventaja de 27 a 1 sobre Hillary en algunas redes, en donde a ella se le descalificaba por representar la continuidad del establishment.

Creo que lo que se reafirmó con Trump fue el “efecto celebridad”, el magnetismo de la gente por alguien que representa los sueños reales de fama y dinero a futuro, y que puede decir o hacer cualquier cosa sin los prejuicios sociales que maniatan al resto de la sociedad. Esto, antes reservado a los periódicos sensacionalistas, a programas de chismes y telenovelas, en donde la protagonista subyugada saltaba de pobre y humilde a rica y famosa en un par de capítulos, está ahora amplificado por las redes sociales.

De ahí que el trasero de Kim Kradashian o las payasadas de Justin Bieber tengan más seguidores que el filántropo Bill Gates. Y que el slogan “trumpista” de El Aprendiz, “You’re fired” (estás despedido) o fanfarronadas como aquellas de Mohamed Ali, “soy el más grande” o las de Floyd Mayweather contando su plata en público, sean más potentes que “el tuve un sueño” de Martin Luther King. La superficialidad siempre tendrá más adeptos y seguidores, solo basta con la lista de las personas a las que esta semana el presidente Barack Obama condecoró con la Medalla de la Libertad, la distinción civil más alta del país: Diana Ross, Michael Jordan, Tom Hanks, Robert Redford, Ellen DeGeneres y Robert de Niro, entre otras personalidades que la prensa ni siquiera mencionó.

Tampoco se puede salvar la responsabilidad de las redes sociales, como trató de hacer Mark Zuckerberg de Facebook, que no cree que las noticias falsas influyeron negativamente en las elecciones. Si bien las redes han servido para democratizar la comunicación e incentivar movimientos democratizadores como el de la Primavera Árabe, también han servido para amplificar las falsedades, los engaños e incentivar todo tipo de delincuencia, como la pornografía infantil, la trata de personas, el narcotráfico y el terrorismo.

También, en muchos casos, más allá del narcisismo de las selfies, las fotos de comidas, bebidas y viajes, las frases de autoayuda, los indeseables tag y shares, y el sarcasmo político, las redes sociales y los comentarios debajo de las noticias, se están trasformando en cloacas nauseabundas en las que el acoso, el bullying y los insultos, están provocando distanciamientos y, en muchos casos, alejamiento y autocensura.

Las redes sociales como Facebook y los buscadores como Google no pueden hacerse los desentendidos, algo que luego entendió Zuckerberg. Como responsables de plataformas de comunicación, así como los medios tradicionales lo hicieron siempre, tienen que establecer reglas de juego claras. Fue una buena medida que de inmediato, Facebook y Google, mediante nuevos algoritmos y formatos hayan decidido vetar todo tipo de publicidad en páginas de noticias falsas, con la idea de ahogar financieramente a ese tipo de fechoría.

Si bien antes tomaron medidas para combatir la propagación de la pornografía infantil o que los terroristas puedan reclutar mercenarios, deben ahora hacer más, para que las mentiras no se popularicen como verdades. Zuckerberg que esta semana, está adaptando Facebook a la censura del gobierno de China para entrar en ese mercado, es obvio que tiene los mecanismos técnicos y humanos para imponer mejoras, así como Google está implementando el “Proyecto Trust” (confianza) y “Local News”, para etiquetar y diferenciar todas las fuentes de noticias fidedignas por sobre las falsas.


Twitter en la cuerda floja, así como antes My Space, demuestra que la salud de las redes no solo depende de la tecnología la expansión de sus mercados, sino también de la credibilidad y la confianza de los usuarios. trottiart@gmail.com