sábado, 24 de junio de 2017

Cuba con Raúl: Sin cambios ni transición

El presidente Donald Trump hizo lo que prometió como candidato. Revirtió la política de apertura política y económica con Cuba que Barack Obama había sellado en diciembre de 2014 con Raúl Castro.

El cambio era necesario y esperado. No tan solo para los referentes más duros del exilio que lo rodearon durante un acto celebrado en el corazón de la Pequeña Habana en Miami, sino por los mismos cubanos opositores que desde la isla piden a gritos seguir castigando a un régimen que nunca dejó de oprimir.

Los cambios en la política de Trump hacia Cuba no son mayúsculos. Serán graduales y en reciprocidad con los niveles de apertura interna que permitan Castro o su pronto sucesor. Es que después de 30 meses, pese a la flexibilización del embargo encarada por Obama y la reapertura recíproca de embajadas en Washington y La Habana, las libertades económicas y políticas prometidas siguen ausentes.

El mayor flujo de dólares por el turismo masivo estadounidense y la apertura del comercio no crearon una nueva clase de ciudadanos cuentapropistas como se esperaba, sino que agrandaron la élite burocrática gubernamental. Le dieron mayor combustible a la empresa militar Gaesa que controla más del 70% de la economía del país. Sin quererlo, junto a Rusia, China y Venezuela, EEUU se convirtió en la otra pata de la mesa que sostiene al régimen comunista.

¿Qué hizo el gobierno cubano para merecer semejante empujón? ¡Nada! Más allá de que liberó en su momento a Alan Gross, caso enmarcado en un intercambio por el que Obama envió de regreso a tres espías, Castro hizo lo contrario a lo esperado. Encarceló a más opositores, persiguió a los periodistas independientes, estorbó cada domingo las marchas de las Damas de Blanco, prohibió la apertura de nuevos partidos políticos y ni siquiera atinó a hablar de probables elecciones. Las libertades de reunión, religión, prensa y expresión siguen tan oprimidas como antes de la declamada nueva era.

Castro se burló de quienes le sirvieron en bandeja las nuevas regalías y no hizo nada por cambiar el destino de un pueblo agobiado por la falta de libertades individuales, por la escasa cultura del trabajo y por las carencias económicas. En realidad, nadie le prestó atención, porque Castro hizo lo que había prometido. Después del anuncio de Obama en la Plaza de la Revolución, ratificó orgulloso que Cuba jamás se apartaría un ápice de su revolución comunista.

Muchos critican a Trump. Consideran que lo único que busca es destruir el legado de Obama. Otros creen que el embargo estadounidense ha sido el culpable del fracaso de los Castro y que no ha servido para exportar democracia hacia la isla; o que fortalecerlo ahora, también conllevará al fracaso.

Vale aclarar que la apertura de Obama con los Castro se formalizó en diciembre en 2014, pero empezó gradualmente apenas asumió porque el derribo del embargo fue eje de su campaña. Desde 2009 permitió el flujo de viajes y comercio, envalentonado por encuestas que mostraban que los cubanos de uno y otro lado del Estrecho de la Florida ya no creían que el embargo era eficiente. También, por las sempiternas críticas aupadas en foros internacionales por los mismos Castro que argumentaban que todo lo “bueno” para su pueblo fue imposible o negado debido al embargo.

El embargo siempre le sirvió a los Castro de romántica mentira. No les impide comerciar con el resto del mundo; pero, de a poco, lo transformaron en la excusa perfecta para esconder su ineficiencia e impericia administrativa. El régimen comunista jamás, ni en Cuba ni en el mundo, funcionó a favor del pueblo, sino para el privilegio de una élite gobernante.

Las medidas adoptadas por el presidente Trump pueden ser criticadas por su estilo, pero en el fondo están alineadas a las sanciones económicas que EEUU impone a gobiernos que contravienen libertades y derechos humanos o alientan terrorismo y narcotráfico, así sean Venezuela, Rusia, Irán o Corea del Norte.

La incógnita del momento es si las nuevas restricciones motivarán la ansiada transición hacia la democracia en Cuba. No creo. Raúl y Fidel se la ingeniaron por casi 60 años para mantener el comunismo pese a las trabas económicas. El cambio podrá comenzar recién cuando no haya ningún Castro en el poder. trottiart@gmail.com
       

     

sábado, 17 de junio de 2017

Soplones y delatores: ¿Héroes o traidores?

La información oficial es una commodity apreciada, pero esquiva. Los gobernantes suelen retacearla u ocultarla, mientras los periodistas hacen lo imposible por divulgarla.

En el medio del tironeo entre el secreto y la transparencia aparecen los soplones, una especie de robin hoods de la información que, desde el poder, delatan actos de corrupción. Para los periodistas son excelentes fuentes anónimas de información. Para los gobernantes, simples traidores y conspiradores.

Los soplones sobreviven entre severas leyes criminales, códigos de ética que les demandan lealtad absoluta. Reality Winner, veterana de la Fuerza Aérea estadounidense, es una delatora. La detuvieron bajo cargos de filtrar información top secret de la Agencia Nacional de Seguridad (ANS) al medio digital The Intercept. Reveló evidencias del hackeo ruso en las elecciones presidenciales. No dio mucha información, pero lo suficiente para atraerse una dura condena que sirva de ejemplo y disuada a otros informantes.

No es el primer soplón procesado en el gobierno de Donald Trump. Tampoco será el último. Las filtraciones aumentarán, en especial porque en la Casa Blanca, Trump está generando el clima propicio para que ocurran. Es verticalista, retacea y pide a sus funcionarios retacear información, exige lealtad personal y amenaza con procesar a los soplones, sin distinguir que la ley ampara a quienes denuncian corrupción mientras que no filtren información clasificada.

El “rusiagate” sirve de ejemplo. Hasta el despedido ex director del FBI, James Comey, confesó ante una Comisión investigativa del Congreso, que filtró información al New York Times sobre sus reuniones privadas con Trump. A la postre, esa filtración fue el argumento del Congreso para investigar al Presidente. En esta historia en que el perro se muerde la cola, lo más irónico es que Comey se convirtió en un soplón, después de haber perseguido y encarcelado a más de una docena de ellos.

Ni es la única ni la mayor ironía. El presidente Barack Obama firmó en 2009 uno de los decretos de mayor peso sobre transparencia de información oficial, una especie de lupa gigante sobre su Presidencia. Y en 2012 promulgó una ley para la protección de delatores que prohibía despedir a los funcionarios que delataran hechos de corrupción. Sin embargo, fue el Presidente que mayor cantidad de información clasificó y el que más soplones encarceló en la historia. Como efecto colateral, muchos periodistas prefirieron la cárcel a tener que revelar la identidad de sus soplones.

Antes de irse, Obama perdonó al soldado Chelsea Manning, luego de purgar siete de 35 años de cárcel, por filtrar información sobre crímenes en Irak y Afganistán. Sin embargo, nunca quiso perdonar a Edward Snowden, que reveló la amplia red de vigilancia de la ANS. Y si bien no presentó cargos contra Julian Assange, por ofrecer su plataforma de Wikileaks para divulgar esas y otras filtraciones, se sabe del armado de una estrategia  intergubernamental para que Assange no pudiera gozar del asilo por fuera de las paredes de la embajada ecuatoriana en Londres.

La trama con Assange sigue. El gobierno de Trump acaba de anunciar que lo procesará, pese a que el gobierno sueco anunció la semana pasada que le retiró los cargos por violación. No se le persigue ahora por filtrar información, sino por ayudar a Snowden a escapar. Obama ya había desistido de formularle cargos, porque al hacerlo también tendría que acusar a medios y periodistas que amplificaron las filtraciones. A diferencia de Obama, a Trump le seduce la idea de pegarle a la prensa por carácter transitivo.

Trump ha dado nuevo valor al precio que la información fidedigna tiene para la sociedad. El retaceo de información, las amenazas a los delatores, las críticas a la prensa, las fake news o el uso desmedido de twitter como medio oficial, muestran que su estrategia comunicacional está alejada de su intención de “drenar la ciénaga” o perseguir la corrupción enquistada en el poder.

Los soplones, a veces protegidos por la Justicia, tienen una función relevante en la lucha anticorrupción como surge de los recientes escándalos de Odebrecht, la FIFA y los Panama Papers. Las filtraciones suelen ser el último recurso para iluminar la verdad y procurar justicia. trottiart@gmail.com


sábado, 10 de junio de 2017

La necesaria alfabetización digital: De la sátira a los delitos de odio

Cada vez es más difícil diferenciar el humor, la sátira y la parodia política, del bullying, la difamación y los delitos de odio. Se trata de una línea difusa que se hace aún más borrosa en épocas de internet.

Ninguna libertad es absoluta; y la de expresión no es la excepción. Tiene restricciones legales y límites éticos. Sucedió con la humorista estadounidense, Kathy Griffin. Sostuvo una foto de la cabeza de Donald Trump ensangrentada, recién degollada. Explicó que era una sátira por los dichos del Presidente contra una periodista. Su broma no tuvo efectos legales, pero fue éticamente censurada.  En contrapartida, CNN la cesó como animadora del programa de fin de año en Times Square.

Los comunicadores profesionales siempre están expuestos a las consecuencias por el mal uso de sus palabras y gestos. Ocurrió con el comediante político, Bill Maher, que debió pedir mil perdones por dichos peyorativos contra personas negras. Pero en esta era en que el internet y las redes sociales han convertido a los usuarios en comunicadores y medios, nadie escapa a las responsabilidades por insultar, acosar o discriminar, pese a creerse parapetados en la privacidad de los chats.

Les sucedió a 10 estudiantes esta semana. Pese a sus excelentes antecedentes académicos, la Universidad de Harvard rechazó su admisión por estar haciendo bromas homofóbicas y xenofóbicas en una página de Facebook. No se percataron que toda información digital deja huella, la que es fácilmente rastreada por oficinas de admisión, empleadores, gobiernos, policías y delincuentes.

En esta época en que la mayor parte de la conversación pública pasa por las redes sociales, el quebradero de cabeza es cómo contener la propagación de los mensajes de odio y expresiones discriminatorias. También, sobre cómo lograr el balance necesario entre incentivar la libertad de expresión y el derecho a la privacidad, a la vez que censurar los delitos de odio y la apología de la violencia.

Más allá de los grupos criminales que lucran en el internet con la pornografía, el tráfico de personas, el robo de identidad y los secuestros con virus digitales, el reto es el terrorismo, no tan solo por su propaganda de odio, sino porque está causando reacciones gubernamentales que, aunque pueden estar justificadas, podrían menoscabar la libertad digital de la que gozamos.

La premier británica, Theresa May, reaccionó de esa forma. A pocas horas del atentado en el puente de Londres pidió a la comunidad internacional alcanzar un acuerdo para regular el internet, con el argumento de privar a los extremistas de un lugar donde adoctrinar y reclutar a fanáticos.

Aunque la empatía por el duelo consiguió adeptos, su propuesta es muy peligrosa porque insiste con la posición gubernamental de darle más poder de vigilancia a las agencias de inteligencia y la policía para que espíen las redes y chats, pero sin órdenes judiciales.

Su argumento es que la autorregulación de las empresas tecnológicas no está dando los frutos necesarios para bloquear a los terroristas y a los delincuentes digitales. En realidad se está haciendo mucho más que nunca, pero sucede que el internet es un campo demasiado vasto y difícil de controlar. Facebook y Google han contratado miles de editores de contenido, YouTube impuso nuevas normas para que la publicidad no fluya hacia videos que incentiven el odio y la violencia; pero mucho no es suficiente.
Este intríngulis se advierte como el problema prioritario en la actualidad, requiriéndose esfuerzos de todos los protagonistas en procura de una necesaria alfabetización digital.

A las empresas tecnológicas les cabe la responsabilidad de hacer mucho más, pero sin relegar la protección de los derechos de sus usuarios a la expresión y la privacidad.

Los gobiernos no deben abusar de los controles, a sabiendas de que no existen delitos digitales, sino crímenes comunes cometidos a través del internet, los que ya están debidamente tipificados y legislados.


Y los usuarios debemos entender que la comunicación digital no es una simple extensión de las charlas de café. Todo mensaje conlleva responsabilidades y puede tener consecuencias. Así como las dactilares, las huellas digitales pueden delatar la bondad o la maldad de nuestras acciones. trottiart@gmail.com

sábado, 3 de junio de 2017

Falsear noticias o descubrir la verdad

Acorralado por el “rusiagate” y las filtraciones de los propios funcionarios de la Casa Blanca a la prensa, Donald Trump no tardó en poner de nuevo el tema de las noticias falsas sobre la mesa.

Resquebrajada su confianza interna, amenazó con cárcel a los soplones, cambió hasta de mayordomo, y como Frank Underwood en House of Cards, buscó chivos expiatorios por doquier, entre ellos, a periodistas y medios de comunicación a los que acusó de inventar noticias y conspiraciones. “Si no revelan sus fuentes, es porque son noticias inventadas por periodistas y medios falsos” tuiteó, bajo la etiqueta “#FakeNews is the enemy”.

Los soplones no son nuevos. Fueron siempre parte de la relación intrincada entre poder y prensa. Desde Richard Nixon a Barack Obama pasando por Bill Clinton los tuvieron que soportar, resistir y hasta encarcelar. En épocas de mayor crisis proliferan y es cuando los medios apelan a los “garganta profunda”, a sabiendas que las fuentes anónimas son el último recurso para descubrir la verdad.

Irreal sería que los medios esperasen a conferencias de prensa para enterarse de las verdades o que en un briefing, el vocero Sean Spicer contara las escaramuzas del “rusiagate”. La tendencia natural del poder, público o privado, es a esconder información y la de la prensa a revelarla.

Vale aclarar que las “verdaderas” noticias falsas siempre existieron. Trump las generó en su época de desconocido magnate para subir en la esclarea social. Impostaba su voz para llamar a periodistas y contar sus nuevos affaires con las más célebres del momento, a sabiendas que los chismes y rumores, aunque sean mentira, tienen mayor audiencia y popularidad que las verdades llanas.

Los “hechos alternativos” y la “postverdad” tampoco las inventó esta administración. Son solo nuevos calificativos de viejas mañas. En los nacionalismos, las noticias falsas eran la estrategia de la propaganda, como la repetición de mentiras que pregonaba Goebbels en el nazismo. En las dictaduras eran la “verdad oficial” que se instauraba por decreto. En los populismos eran parte del relato que servía para adulterar la verdad, como los datos apócrifos de pobreza e inflación que ofrecían el kirchnerismo y el chavismo.

El periodismo tampoco está librado de ellas. Fueron el nutriente del sensacionalismo que nació hace más de un siglo tras la guerra por mayores audiencias y más influencias entre el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Hearst.
El problema tiene ahora varios agravantes. 

El internet y las redes sociales las han exacerbado y sus fabricantes pueden conseguir jugosas ganancias. Sucedió con varios adolescentes de Veles, un pueblo de Macedonia. Crearon sitios de noticias falsas que viralizaron en redes sociales y buscadores, siendo favorecidos por los algoritmos de Facebook y Google que, sin intención, les premiaron con abundante publicidad y suculentos ingresos.

Advertidos del problema, y de que noticias falsas como la del papa Francisco que apoyaba a Trump perjudicaron el proceso electoral, Facebook y Google trataron de enmendar la situación. Crearon estrategias de contención, aunque no todas exitosas, ya que hecha la ley, hecha la trampa. Ahora emergió una nueva moda de noticias falsas disfrazadas. Sus progenitores advierten en letra pequeña que son bromas, pidiendo a los usuarios que usen esos sitios para embromar a sus colegas, amigos o familiares auto generándose un círculo de alta viralidad y rentabilidad.

Lo peligroso es que esta nueva forma de noticias falsas ha creado más bullying. Uno de esos sitios, channel23News.com, viralizó la noticia de que el restaurante británico, Karri Twist, vendía carne humana. Aunque a las pocas horas se advirtió de la broma, ya uno se imagina los daños causados.

El desafío es mayúsculo. Facebook y Google deberán hacer más para no premiar las mentiras, dejándolas huérfanas de toda publicidad y con dificultades para su propagación.

Los periodistas y medios tendrán que duplicar esfuerzos para hacer información de calidad. El cotejo de datos o el “fact checking” debe convertirse en un nuevo género periodístico, como me comentó de Aaron Sharockman, director ejecutivo de PolitiFact, una organización dedicada a descubrir la verdad y confrontar al poder. trottiart@gmail.com


sábado, 27 de mayo de 2017

Quiero llorar: Indefensos ante el ciberterrorismo

Las armas cibernéticas hace tiempo que se han convertido en más peligrosas que las convencionales. Esta percepción se potenció tras el reciente ataque con el virus WannaCry que infectó a más de 300 mil ordenadores en 150 países, con un ingrediente aún más perturbador.

A diferencia de las guerras convencionales, en las que las víctimas civiles solo pueden ser resultado del daño colateral pero nunca el blanco directo, el virus WannaCry atacó computadoras de usuarios civiles.

Las guerras digitales de alta intensidad se solían librar entre gobiernos y hackers, como en el caso del “rusiagate”, el ataque informático ruso a la campaña electoral estadounidense que arruinó las chances de Hillary Clinton. El WannaCry, en cambio, trastoca las características de los ataques cibernéticos como los conocíamos hasta ahora.

Los civiles siempre sufrimos los efectos de los ataques cibernéticos, pero indirectamente y no de esta magnitud. El robo de 500 millones de perfiles de usuarios a Yahoo, el ataque contra el sistema eléctrico de Nueva York o el robo de números de tarjeta de crédito de clientes de Home Depot sirven de ejemplo.

Lo peligroso del ataque con el virus WannaCry (quiero llorar) y el gusano ramsonware (liberación del secuestro virtual mediante pago con bitcoins) no solo se debe a que atacó estructuras de salud pública, educativas, comerciales y de telecomunicaciones en  Inglaterra, España, Francia, Alemania, China y Rusia, sino que desnudó nuestra vulnerabilidad digital individual. El ataque nos impone más dudas sobre el internet que se avecina, el de las cosas, cuando todos nuestros utensilios, la vestimenta, la nevera, el auto y la billetera estén interconectadas… más inseguras.

No se sabe a ciencia cierta si el ciber virus fue propagado por hackers-terroristas independientes o si fue un test de rusos y coreanos para medir resultados. Pero ahora el quiénes no es tan importante como el cómo. Según la evidencia, los ciber criminales habrían obtenido los ingredientes para crear el WannaCry tras una fuga de información desde la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, diseminada por Wikileaks.

El WannaCry aporta varias lecciones. La más educativa es que la protección digital es una tarea individual. Los expertos recomiendan crear un micro clima digital seguro. Actualizar los sistemas operativos cada vez que los fabricantes lo aconsejen; hacer back ups periódicos de todos los contenidos en discos externos; no usar pendrives de desconocidos; sospechar de todos los adjuntos; comprar los mejores antivirus y, sin caer en la paranoia, nunca bajar la guardia.

Vale aclarar que estas protecciones no nos inmunizan del todo. La ciberguerra no se está librando solo entre gobiernos y soldados en campos de batalla delimitados. Provienen de hackers que utilizan las estrategias de los terroristas tradicionales, pero con un agravante. Los virus cibernéticos, así como los químicos, tienen mayor alcance y son de destrucción masiva.

Los gobiernos tienen mayores desafíos. Los más desarrollados si bien crean sofisticados sistemas de protección, hasta para espiar y des encriptar conversaciones y mensajes de telefonía móvil, muchas veces esos sistemas se convierten en su talón de Aquiles, ya que terminan en manos de los cibercriminales como ocurrió con el WannaCry.

Esa connivencia entre gobiernos y cibercrimen organizado, seguramente involuntaria pero peligrosa al fin, es lo que el presidente de Microsoft, Brad Smith, definió como la mayor amenaza a la ciberseguridad mundial.

Smith cree que la vulnerabilidad cibernética que nos aqueja a los civiles y a las naciones, y que se acrecentará, debe ser prioridad global. Considera que llegó la hora de concertar una especie de Convención de Ginebra Digital que, así como el tratado original, proteja a los civiles como ocurre ante una guerra con armas convencionales.

Tiene sentido una Convención que imponga restricciones a los gobiernos para que no se vulneren los derechos digitales de los civiles, aunque también deben crearse mejores escudos para repeler los ataques no convencionales de los ciberterroristas. Ante ello, y sin muchas opciones por ahora, lo más aconsejable es empezar por apertrecharse en lo individual. trottiart@gmail.com



sábado, 20 de mayo de 2017

Violencia contra periodistas: Responsabilidad gremial

Un nuevo cimbronazo sufrió el Periodismo latinoamericano. Sicarios asesinaron al reconocido reportero mexicano Javier Valdez Cárdenas en plena luz del día en las calles de Culiacán, una ciudad que, como tantas otras, se ha acostumbrado a las  balaceras y a narcotraficantes que reclaman territorio y asumen autoridad.

El asesinato de Javier no es ni más ni menos importante que cualquiera de los otros cinco periodistas mexicanos acribillados este año o del centenar en la última década. Sin embargo, la talla cualitativa de sus historias, la honestidad de su labor y el respeto de sus colegas por denuncias contra el narcotráfico que volcó en libros de valiente denuncia, merecen que su caso se convierta en punto de inflexión, para que ayude a generar cambios y la profesión salga del oscuro submundo de la violencia y la impunidad.

Es cierto que es tarea única y prioritaria del gobierno esclarecer el crimen, bajo la obligación estatal que la OEA definió como las tres P: Prevención, Protección y Procurar justicia. Pero ante la impericia, negligencia e ineficiencia históricas de muchos gobiernos mexicanos, los periodistas harían mal en esperar sentados. El gremio necesita asumir sus responsabilidades.

En la historia del Periodismo latinoamericano existen casos como el de Javier que por haberse convertido en emblemáticos, sirvieron para crear conciencia y demostrar que el asesinato de un periodista tiene efectos devastadores para la libertad de expresión.

Los casos de José Luis Cabezas en Argentina, Guillermo Cano en Colombia, Tim Lopes en Brasil, Hugo Bustíos en Perú, Jean Leopolde Dominique en Haití, Jorge Carpio en Guatemala fueron bandera de lucha del periodismo de esos países, ayudando a que se aquellos asesinatos no fueran en vano. Todos, medios de comunicación y reporteros, en solidaridad y con unidad, y en forma consistente, exigieron cambios, presionaron sin pausa y persistieron tozudamente en sus reclamos.

Era esperado que el caso de Javier concitara el interés gremial. La indignación, la frustración y la indefensión profesional se hicieron sentir en marchas al monumento al Ángel de la Independencia en Ciudad de México o en las plazas de Culiacán y Veracruz, en espacios pagados y titulares de los medios más prestigiosos, reclamándosele más determinación al Ministerio Público para administrar justicia.

Todo ello marcha en la dirección correcta. Pero no es suficiente. Falta una estrategia mancomunada entre medios y periodistas que mantenga los brazos en lucha, pese a las adversidades. Se necesita una estrategia consistente, creativa, sostenida en el tiempo y muy contagiosa (viral si se quiere adjetivar en esta época) como la realizada por aquellos gremios que no soltaron los casos de Cabezas o Lopes hasta que se hizo justicia y marcaron un antes y después en la violencia contra periodistas.

También hay que asumir la realidad de México. La Justicia por sí sola tampoco será un disuasivo automático para los violentos. La agresión contra el Periodismo es parte del contexto de una guerra intestina que suma mártires en todas las disciplinas y lugares. La violencia es un problema cultural.

Mal se haría, sin embargo, en tomar esa guerra como la excusa para no hacer nada. El Periodismo mexicano hace mucho que se debe una institución propia y nacional para defender la vida de sus periodistas y la sostenibilidad de sus medios de comunicación. ADEPA y FOPEA en Argentina o ANDIARIOS y la FLIP en Colombia son espejos donde imitar respuestas.

El Periodismo mexicano tiene ahora la oportunidad de asumir sus responsabilidades y debe aprovechar que existen más instrumentos de lucha que antes. La federalización de los delitos contra periodistas, los sistemas de protección, el agravamiento de los castigos y el mayor apoyo social son mecanismos muy importantes, ineficientes y débiles por ahora, pero que pueden maximizarse y perfeccionarse para el bien de la profesión.

La memoria de Javier exige que el Periodismo luche por la profesión como él lo hizo, denunciando y reclamando Justicia. Pero los periodistas no deben reclamar para su propio beneficio, sino para que todo mexicano pueda defender y gozar los derechos a la vida y a la expresión que les manda su Constitución. trottiart@gmail.com


sábado, 13 de mayo de 2017

De las molotov a las puputov

El ingenio es más agudo en situaciones de profunda desventaja y en la adversidad. Lo demuestran los venezolanos que buscan nuevas formas para contrarrestar la fuerte represión a la que están sometidos por las fuerzas de seguridad y las milicias del régimen de Nicolás Maduro.

Desde que explotaron las masivas marchas de descontento, los “protestantes” tratan de equilibrar fuerzas y que se les respete el derecho de reunión plasmado en la Constitución, pero violado en la práctica. Ante el desequilibrio, han adoptado prácticas llamativas de protesta, una prolongación del ingenio que usan a diario para conseguir patas de pollo, harina, dentífrico o papel higiénico.

En las redes sociales se comparten fórmulas sobre cómo fabricar escudos, bombas de pintura y hasta las ya famosas y controversiales puputov que, a diferencia del combustible de las molotov, son frascos y bolsitas de polietileno  cargados con excremento humano. Estas bombas han resultado los mejores antídotos para contrarrestar a policías pertrechados desproporcionadamente con gases lacrimógenos, perdigones de vidrio, tanquetas y camiones hidráulicos.

Más allá de los utensilios ingeniosos, lo que está en juego en Venezuela es la defensa de los derechos de reunión, asociación y de expresión, libertades máximas por las que se reconoce a una democracia.

Pese a los 39 asesinados, 700 heridos y miles de detenidos, muchos de ellos procesados arbitrariamente ante la justicia militar, Maduro no aminorará y seguirá pisoteando los derechos democráticos. Con la nueva Constitución que propone, a imagen y semejanza de la totalitaria cubana, busca también borrar los procesos electorales multipartidarios.

Las locuras de Maduro ya no generan risas ni memes, aunque le hable a los pajaritos y a las vacas en busca de inspiración como quedó registrado en cadena televisiva nacional. Bajo esa máscara jocosa, se esconde un hombre determinado, desafiante y autoritario.

Ahora, más que nunca, se observan los efectos de una pérdida paulatina y sistemática de formas republicanas. El régimen ha venido degradando el sistema para gobernar de espaldas al pueblo, del que reclama que es su sostén. Sus  mentiras siguen aflorando. Los más pobres y menos preparados, a los que la revolución bolivariana idolatraba, terminaron siendo un burdo depositario del clientelismo gubernamental. El sistema de chantaje moral fue perfecto durante largo tiempo, hasta que la corrupción y la mala administración drenaron las arcas petroleras que se creyeron inagotables.

Los más vulnerables no recibieron mejores oportunidades, sino subsidios demagógicos a cambio de lealtades y votos para aceitar un engranaje electoral permeable al fraude. El populismo demuestra que no es más que la exteriorización del personalismo mesiánico, fuente de puro despotismo y nido de corrupción.

El descontrol y la falta de justicia independiente no tardaron en corroer aún más el sistema. El chavismo se ha convertido en un narco estado, como lo atestiguan los hijos/sobrinos de Maduro, el vicepresidente Tareck El Aisammi y el ministro del Interior, Néstor Reverol, todos procesados en tribunales internacionales por tráfico de drogas a gran escala.

Venezuela hace rato que dejó de ser un república, la que se distingue por un gobierno con independencia de poderes, mecanismos de control, respeto a las minorías y garantías de que los ciudadanos podrán gozar de las mayores libertades democráticas sin represalias. La justicia politizada es la mayor conspiración del gobierno de Maduro contra la ciudadanía, una farsa tan descomunal como la orden que dio para cerrar la Asamblea Legislativa, el único reservorio de democracia que, por cierto, era bastión de la oposición.

El recrudecimiento represivo de la protesta, el encarcelamiento de opositores y disidentes, así como la negativa a convocar a elecciones, son los últimos manotazos de un régimen ahogado que busca sostenerse sobre la base de impunidad e inmunidad.


Sigo sosteniendo que en Venezuela habrá un golpe de Estado, como sustenté en varios escritos en años anteriores. Pero no será cometido entre instituciones como sueña Maduro para martirizarse. Será un golpe vergonzoso a fuerza de marchas y protestas ciudadanas, empuñadas con escudos, cocteles puputov y dignidad. trottiart@gmail.com