sábado, 3 de diciembre de 2016

Definiendo a Fidel

La percepción que cada uno tuvo de Fidel Castro en vida, difícilmente la cambiará tras su muerte. Para muchos fue un idealista y revolucionario. Para otros, entre los que me incluyo, un tirano sanguinario.

Están aquellos que guardarán la imagen del rebelde bajando de la Sierra Maestra para liberar a su pueblo de la dictadura de Fulgencio Batista, emancipar a los oprimidos y bregar por la igualdad en Cuba y América Latina, sometidas a las fauces del imperio.

Para mí, prevalecerá la imagen del déspota que sembró el terror con fusilamientos, persecución, encarcelamiento y una vigilancia vecinal férrea para que todos se delaten y se teman, instaurando un Estado omnipresente, agobiante y opresor. Hacia el exterior, Fidel fue un gran embaucador y oportunista. Glorificado por una propaganda implacable, con la que disfrazó graves violaciones a los derechos humanos, blandió discursos grandilocuentes contra el imperio yanqui capitalista, pero se prendió a la teta de Rusia, China y Venezuela para morigerar la miseria y ocultar la pésima administración que hizo de los bienes de todos los cubanos.

Tras su muerte tengo sentimientos encontrados. Comparto la alegría del exilio de Miami que sigue festejando y que cree que ahora existen mejores chances de cortar con 60 años de dictadura; una esperanza que se venía esfumando con Raúl Castro, por no haber generado los cambios políticos que Barack Obama le sirvió en bandeja de plata.

Entiendo esa alegría. Castro fue la antítesis de la piedad y la virtud. Fusiló disidentes, dividió familias y expulsó infieles. Es inevitable que la víctima no exprese alegría cuando muere su victimario, en especial cuando sus denuncias y pedidos de auxilio no tuvieron respuesta de gran parte de una comunidad internacional que siempre protegió y justificó al abusador. Ante tanta indiferencia e impotencia, los festejos deben entenderse como expresión de justicia, sanación y liberación.

Por otro lado, la muerte de Fidel me desilusionó. Siempre tuve la esperanza de que sería sometido a los tribunales y que lo despojarían de sus honores, como ocurrió con muchos dictadores como Pinochet, Videla o Fujimori. Y hasta creí que tendría el destino de otros déspotas desterrados o asesinados como Stroessner, Trujillo, Somoza y Duvalier.

Fue un alivio observar que muchos jefes de Estado no fueron esta semana a La Habana. Las ausencias notables, como la de Obama, Vladimir Putin y Xi Jinping, deshonraron los funerales que el castrismo venía planificando desde hace años con marcado narcisismo. No había mucho que honrar; muchos evitaron quedar pegados a la tiranía.

Fidel no deja mucho al castrismo: Un poco de ideología marxista anticuada para discursos ocasionales, anécdotas de expansión regional a través de guerrillas y gobiernos fracasados, cárceles atestadas y un país sin infraestructura, con un aparato perezoso y corrupto, en el que cada uno espera remesas familiares del exilio para alimentar unas libretas de racionamiento cada vez más escasas.

Qué Fidel tuvo frutos; por supuesto. Pero esos logros no pueden justificar los métodos de opresión, así como se trata de no darle crédito a Pinochet y Fujimori por sus avances económicos. También se debe reconocer que hay verdades a medias. La educación y la cobertura médica cubanas no son la panacea, tienen mucho de propaganda y adoctrinamiento. El logro hubiera sido alcanzar los estándares de los países escandinavos en salud y educación, pero con aquellos niveles de libertad y democracia.

La opresión no es atributo del revolucionario. Los líderes rebeldes verdaderos, los inmortalizados en la historia, son los que liberaron a sus pueblos de las tiranías, no los que le quitaron sus libertades políticas, religiosas, de prensa, expresión o de reunión como hizo Fidel. A estos caudillos, el tiempo los acomoda en algún recoveco remoto, desde donde destacan cada vez más sus yerros y defectos.

La revolución castrista, tan adicta al culto a la personalidad, se quedará ahora con dos legados. Las  fotos del último acto de idolatría colectiva honrando las cenizas que desfilaron por todos los rincones y un libro de reafirmación (obligatoria) de los valores revolucionarios, que terminará en algún museo futuro, educando sobre un gobierno malogrado que desaprovechó seis décadas y despreció el talento de su propia gente. trottiart@gmail.com


domingo, 27 de noviembre de 2016

Trump: Celebridades y Falsedades

El triunfo de Donald Trump sigue cosechando críticas. Se dice, con algo de razón, que las grandes mentiras que circularon por Facebook y otras redes sociales le dieron la Presidencia.

Es probable que las noticias falsas que muchos creyeron verídicas - que estaba ganando el voto popular y que el papa Francisco lo respaldaba - hayan influido, pero de ahí a que le hubieran dado la victoria es una hipótesis desproporcionada.

Sin dudas que Trump fue aupado en las redes. El académico Pablo Bockowsky, mucho antes del día de las elecciones, advertía que Trump tenía una ventaja de 27 a 1 sobre Hillary en algunas redes, en donde a ella se le descalificaba por representar la continuidad del establishment.

Creo que lo que se reafirmó con Trump fue el “efecto celebridad”, el magnetismo de la gente por alguien que representa los sueños reales de fama y dinero a futuro, y que puede decir o hacer cualquier cosa sin los prejuicios sociales que maniatan al resto de la sociedad. Esto, antes reservado a los periódicos sensacionalistas, a programas de chismes y telenovelas, en donde la protagonista subyugada saltaba de pobre y humilde a rica y famosa en un par de capítulos, está ahora amplificado por las redes sociales.

De ahí que el trasero de Kim Kradashian o las payasadas de Justin Bieber tengan más seguidores que el filántropo Bill Gates. Y que el slogan “trumpista” de El Aprendiz, “You’re fired” (estás despedido) o fanfarronadas como aquellas de Mohamed Ali, “soy el más grande” o las de Floyd Mayweather contando su plata en público, sean más potentes que “el tuve un sueño” de Martin Luther King. La superficialidad siempre tendrá más adeptos y seguidores, solo basta con la lista de las personas a las que esta semana el presidente Barack Obama condecoró con la Medalla de la Libertad, la distinción civil más alta del país: Diana Ross, Michael Jordan, Tom Hanks, Robert Redford, Ellen DeGeneres y Robert de Niro, entre otras personalidades que la prensa ni siquiera mencionó.

Tampoco se puede salvar la responsabilidad de las redes sociales, como trató de hacer Mark Zuckerberg de Facebook, que no cree que las noticias falsas influyeron negativamente en las elecciones. Si bien las redes han servido para democratizar la comunicación e incentivar movimientos democratizadores como el de la Primavera Árabe, también han servido para amplificar las falsedades, los engaños e incentivar todo tipo de delincuencia, como la pornografía infantil, la trata de personas, el narcotráfico y el terrorismo.

También, en muchos casos, más allá del narcisismo de las selfies, las fotos de comidas, bebidas y viajes, las frases de autoayuda, los indeseables tag y shares, y el sarcasmo político, las redes sociales y los comentarios debajo de las noticias, se están trasformando en cloacas nauseabundas en las que el acoso, el bullying y los insultos, están provocando distanciamientos y, en muchos casos, alejamiento y autocensura.

Las redes sociales como Facebook y los buscadores como Google no pueden hacerse los desentendidos, algo que luego entendió Zuckerberg. Como responsables de plataformas de comunicación, así como los medios tradicionales lo hicieron siempre, tienen que establecer reglas de juego claras. Fue una buena medida que de inmediato, Facebook y Google, mediante nuevos algoritmos y formatos hayan decidido vetar todo tipo de publicidad en páginas de noticias falsas, con la idea de ahogar financieramente a ese tipo de fechoría.

Si bien antes tomaron medidas para combatir la propagación de la pornografía infantil o que los terroristas puedan reclutar mercenarios, deben ahora hacer más, para que las mentiras no se popularicen como verdades. Zuckerberg que esta semana, está adaptando Facebook a la censura del gobierno de China para entrar en ese mercado, es obvio que tiene los mecanismos técnicos y humanos para imponer mejoras, así como Google está implementando el “Proyecto Trust” (confianza) y “Local News”, para etiquetar y diferenciar todas las fuentes de noticias fidedignas por sobre las falsas.


Twitter en la cuerda floja, así como antes My Space, demuestra que la salud de las redes no solo depende de la tecnología la expansión de sus mercados, sino también de la credibilidad y la confianza de los usuarios. trottiart@gmail.com

domingo, 20 de noviembre de 2016

Trump y el antiWatergate de la prensa

La prensa ha sido uno de los sectores más traumatizados por el triunfo de Donald Trump. Tras descartarlo de antemano y embanderarse sin tapujos por Hillary Clinton, está sumida en un proceso postraumático. Pasó del sorpresivo golpe inicial al mea culpa y de la autocrítica a tener que asumir la realidad.

Sin mucho tiempo para una profunda introspección, la prensa tradicional y digital, del Washington Post al New York Times o de BuzzFeed a The Daily Beast, está ahora concentrada en la transición y en el después del 20 de enero, a sabiendas que enfrente tiene a un líder impulsivo, crítico y vengativo, rasgos que parecen sacados del manual del populista latinoamericano, y a los que no está acostumbrada.

La prensa, venerada por casos como Watergate, ahora debe afrontar su fracaso. Relegó su papel reporteril a ser caja de resonancia de la opinión general, dejándose arrastrar por comentarios y sentimientos, de la misma forma que Wall Street sube y baja según las especulaciones y apariencias. No haber reportado sobre “la otra mitad del país” devino en un antiWatergate que recordarán generaciones. Un editor del NYT lo expresó sin rodeos: “Tenemos que hacer un mejor trabajo, especialmente en el campo, porque somos una organización de New York, que no es el mundo real”.

El peligro para una prensa no acostumbrada a lidiar con este tipo de líderes, es que si no respalda sus opiniones con investigaciones concretas, puede terminar sobreactuando y dejándose arrastrar a guerras de opinión, obligando a la gente a tomar partido por los medios o por el líder. Los casos Hugo Chávez, Rafael Correa y Cristina Kirchner sirven de ejemplo.

La prensa deberá sortear pruebas a diario. Esta semana, después de unos días de tranquilidad, Trump volvió a ser Trump. Cargó contra el NYT por Twitter, su arma preferida, rechazando las críticas a su equipo de transición. La tuiteada remarca que Trump no dará respiro a la prensa, pese a que prometió moderar sus embates en las redes sociales y a que está haciendo concesiones, inimaginables durante la campaña.

Más allá de su retórica anti prensa, no se puede obviar que el discurso incendiario que lo llevó a la Presidencia es ahora más moderado y presidenciable. Dijo que no buscará encarcelar a Hillary, mantendrá presencia en la OTAN, conservará partes del Obamacare, construirá un muro sin ladrillos, deportará solo a aquellos con récord criminal y, para los demás indocumentados, promete una ley de inmigración jamás imaginada.

No creo que Trump pase de la retórica bélica a los hechos, ya que las instituciones y balances naturales de poder lo maniatarán. Sus amenazas de campaña, sobre que modificaría las leyes de difamación para atacar a la “prensa deshonesta” y con sus demandas “ganar mucho dinero”, no tienen ton ni son. Como presidente no tiene poder para modificar leyes que están ancladas en las jurisdicciones de los estados.

El hecho de que Trump respetará el matrimonio homosexual por ser disposición de la Corte Suprema, indicaría que honrará la vasta jurisdicción sobre libertad de expresión que el máximo tribunal creó. La Corte protege la crítica contra las autoridades, intrínseca a la Primera Enmienda y a la doctrina de real malicia, y así empoderando así al público en sus derechos a saber y a mantener a raya a sus gobernantes. 

Preocuparía que Trump continúe con la política oscurantista de Barack Obama. Que imponga restricciones que emanan de las leyes antiterroristas y de espionaje relegando el acceso a la información pública y limitando los derechos del público a saber y a la privacidad por excusas sobre seguridad nacional. O que exploten conflictos de interés por sus negocios personales. Trump despertó sospechas cuando prometió transparencia, conferencias de prensa y amplio acceso a los periodistas, siendo aspectos tan naturales a la democracia como el agua al mar, que ni siquiera deberían ser mencionados.


Habrá que ver si la prensa le dará espacio y los 100 días de gracia que se le concede a todo presidente. Si el periodismo no se deja arrastrar al barro del discurso político y, en cambio, ejerce el poder reporteril e investigativo, tendrá mejor chances de hacer un buen papel en esta nueva Presidencia, de la que se hizo durante la oscura etapa de Obama. trottiart@gmail.com

sábado, 12 de noviembre de 2016

Elecciones y protestas: Azuzando la arrogancia

Las protestas y vigilias anti Donald Trump que explotaron en varias ciudades y universidades estadounidenses, demuestran la fuerte arrogancia política y división que se experimenta en el país, acentuada por el vicioso proceso electoral.

El eslogan de las protestas demócratas “No es mi presidente”, que reniega del divisionismo encarnado por Trump y de un sistema electoral que venció al voto popular, también desnuda la intolerancia y el irrespeto de una multitud hacia la otra mitad del país que votó o piensa distinto.

Los políticos son los culpables de incentivar esa arrogancia. El arte del debate de las ideas ha sido suplantado por la descalificación personal y la estigmatización del oponente. Cualquiera otra opción es considerada apocalipsis seguro. Sin dudas que el discurso incendiario de Trump ha cosechado el resentimiento y el rencor que sembró. Pero esas llamas también fueron azuzadas por Hillary Clinton y Barack Obama, pese a que luego pidieron respetar los resultados y apoyar la transición.

La arrogancia de la multitud no es casual. Después de consumir discursos de odio, insultos y acusaciones de corrupción que se prodigaron los candidatos entre sí por largos meses, no se puede pretender que el público haga borrón y cuenta nueva, como lo insinuaron Trump y Obama en la Casa Blanca, donde se dispensaron elogios, minutos después de que se sacaran los ojos.

La hipocresía que es natural a la política como los colores al camaleón, no es norma entre la multitud. Estas, cuando se las azuza crean anticuerpos y prejuicios, auto induciéndose a creer que sus ideas son superiores a las del grupo contrario. De ahí que la despiadada campaña electoral, amplificada por los medios y las redes sociales, creara una fuerte polarización, en la que ambos grupos se sintieron en lo “políticamente correcto” y con el derecho a imponer sus ideas, aun a costa de denigrar al que pensara diferente.

Si bien las redes sociales han democratizado la comunicación, también incentivan una intolerancia salvaje. Algunos de palabras fuertes tratan de imponer su voluntad mediante el bullying y el insulto; otros, por miedo a la estigmatización, prefieren esconder sus sentimientos. Muchos, además, no se dan cuenta que la realidad que experimentan en Facebook no es real; está condicionada por los que “likes” y amigos que se escogen con opiniones similares a las propias. Los tres grupos quedaron evidentes en esta campaña electoral.

Beyoncé, Maryl Streep o Lebron James tampoco ayudaron a morigerar las divisiones. Los líderes demócratas quedaron alucinados por los llamados de estas estrellas a enterrar a Trump y por causas nobles, como los temas ecológicos y de género. Pero fue evidente que las celebridades fueron insensibles al problema real que aqueja a la gente común, bolsillos cada vez más flacos. Trump, en cambio, tiró contra los políticos, pero apuntando a la clase trabajadora, esa que pedía cambios y reniega del establishment. El Aprendiz se mostró mejor enfocado que sus colegas célebres.

A la prensa también hay que culparla por haber azuzado la arrogancia. Pro liberal y anti conservadora, el periodismo endiosó a Hillary e incineró a Trump. No es malo que 500 medios se hayan expresado a favor de Hillary, pero fue injustificable que muchos hicieran activismo en contra de Trump.

Por ese activismo, los medios no fiscalizaron las encuestas, pese a que el Brexit inglés invitaba a la revisión de los métodos. Desdeñaron la conversación en las redes, donde Trump cosechó más euforias que Hillary. Y desacreditaron las denuncias de Wikileaks sobre el favoritismo demócrata por Hillary, cuando años antes legitimaron sin tapujos las denuncias de Assange contra el gobierno de Bush.

Lo más terrible, es que los medios se quedaron en su zona de confort, reflejando  la conversación de las grandes urbes costeras, pero olvidándose de los que viven en las zonas rurales y periferias. Un periodismo más equilibrado y certero hubiera contenido a esa multitud que ahora cree que le han robado los resultados y sus sueños.


Avivar la arrogancia, ya sea a propósito o involuntariamente, genera intolerancia y autocensura, dos elementos contrarios a la libertad de expresión. Los políticos y periodistas, custodios naturales de esta libertad, deberían ser los primeros en dar el ejemplo. trottiart@gmail.com

sábado, 5 de noviembre de 2016

Ni por Hillary ni por Trump. Voté en blanco

Adelanté mi voto. Fue en blanco y a conciencia. Hubiese podido hacerlo por el mal menor o para castigar a uno de los candidatos, como lo hice otras veces en Argentina o en este, mi país adoptivo. Pero no tuve escapatoria. Ni Hillary Clinton ni Donald Trump me atraen o generan confianza.

Como millones, adelanté mi voto porque no creo que sucederá algo nuevo de aquí al martes. Esta campaña entre Hillary y Trump, y las internas en que destruyeron a sus contrincantes, me produjo hastío, desconcierto y mayor incredulidad en la política.

Soy independiente, no estoy registrado en ningún partido, aunque me inclino por los principios del Partido Republicano. Prefiero una economía abierta y menor participación del Estado en todo. Sin embargo, Trump me desconcertó. Se presentó como el buen outsider del sistema político de Washington, pero terminó siendo tan proteccionista y cerrado en economía como un Demócrata. Y en materia de corrupción, sus emprendimientos privados están tan o más sospechados que los públicos.

Me hartaron las reyertas personales. Me ganó la incredulidad. ¿Cómo creer en que Hillary o Trump serán buenos presidentes ante tanta evidencia de corrupción y falta de transparencia?

El director del FBI tiró la última bomba. ¿Existe mucho más de parte de Hillary que la simple distribución de correos oficiales en su cuenta personal, cuando era ministro de Obama y puso en riesgo la seguridad nacional? Una nueva investigación sobre el contenido de otros miles de emails, elevan a la estratosfera las sospechas sobre su honestidad.

Esta indecencia “clintoniana” también está plasmada en la conducta de su Fundación. Mientras fue secretaria de Estado de Barack Obama, ofreció favores oficiales a aquellos gobiernos y empresarios que le hicieron donaciones sustanciosas. A ello hay que sumarle la falta de transparencia sobre sus antecedentes clínicos, el mal manejo del escándalo de Bill con Mónica Lewinsky y el de todas sus amantes anteriores, así como la desfachatez por haberse llevado de la Casa Blanca los regalos de Estado que otros gobiernos les habían obsequiado, y que luego los Clinton debieron devolver.

Trump, por otro lado, es más transparente. Es lo que es. Estridente, fanfarrón y mediático. Es un tipo sin términos medios; todo lo polariza. Sí o no, blanco o negro, paz o guerra. El riesgo es que conduzca al país como a sus empresas, saltando del éxito a la bancarrota con total naturalidad.

Trump acumula inmoralidades por doquier. Tiene discurso racista, sexista y divisionista. Estira la ley para no pagar impuestos y juguetea con su Fundación. Ridiculiza a quienes piensan diferente o son inmigrantes. Dice lo que muchos quieren escuchar y su sarcasmo da miedo. Es la fórmula que usaron el derechista Alberto Fujimori y el izquierdista Hugo Chávez, otros outsiders de la política, cuyos gobiernos derivaron en el culto a la personalidad y el autoritarismo.

Aunque en el presente voté en blanco y mi opinión no contará en el conteo, estoy tranquilo por no haber escogido entre el pasado de Hillary y por el miedo al futuro con Trump; ni por otros candidatos alternativos que no tienen buenas propuestas. Tendré que lidiar luego con quien salga elegido, y ojalá el nuevo presidente se comporte distinto que en la campaña o Mike Pence (R) y Tim Kaine(D) tengan mayor peso como vicepresidentes.

En realidad, más que la Presidencia, lo que siempre me preocupó es la composición de la Corte Suprema, porque es la que delinea y construye la cultura del país. Es la que acabó con la segregación, empoderó a la mujer, quitó los privilegios a los funcionarios, fortaleció la libertad de expresión y prohibió que se impidan los casamientos de personas del mismo sexo.

Además, me siento tranquilo porque voté por buenos legisladores, jueces, alcalde y porque mi voto contará en enmiendas constitucionales trascendentes sobre el uso medicinal de la marihuana, el costo de la energía solar y la rebaja de impuestos para discapacitados.


Espero ansioso al martes. Todo podrá suceder. Las  encuestas son erráticas y muestran un virtual empate. Creo que ganará Hillary, aunque mi pronóstico no es muy confiable. Me equivoqué varias veces, hasta con el Brexit inglés y el No de los colombianos por la paz. trottiart@gmail.com

sábado, 29 de octubre de 2016

Chavismo deschavado: La dictadura perfecta

Antes era más fácil descubrir a una dictadura; solo bastaban botas y charreteras. Ahora, estas eluden la definición mediante disfraces democráticos.

El régimen de Nicolás Maduro es ejemplo palpable. Mantiene en las formas procesos electorales, división de poderes y una Constitución vigente; pero, en la práctica, nada de eso respeta.

Todos los adornos democráticos se le cayeron al chavismo cuando la pasada semana el máximo órgano electoral del país suspendió el proceso de recolección de firmas para el proceso revocatorio contra Maduro. Hasta entonces, la oposición y el 70% de los venezolanos se aferraban a esa arma democrática, ahora declarada ilegítima sin ton ni son, para desembarazarse de un régimen que año tras año hizo del fraude electoral, el encierro de opositores y la expulsión del trabajo de quien no confesara su comunión con la revolución, su modo operativo.

“La Toma de Venezuela” esta semana evidenció la tensión creciente y mostró una vez más la intolerancia del gobierno contra el derecho de reunión, lo que la oposición potenció con la huelga de este viernes. El régimen arrojó a las brigadas paramilitares contra los primeros y buscó “recuperar” las empresas en huelga para los trabajadores; nueva excusa para seguir expropiando empresas privadas como botín de la corrupta e inoperante élite gobernante.

La oposición no parará, aupada por el desencanto de una revolución estilo cubana que solo trajo privilegios para algunos; agotada por la escasez y agobiada por la inflación e incertidumbre de un futuro más negro que rojo. Este 3 de noviembre la convocatoria es frente al Palacio de Miraflores, para tratar que un Maduro, como lo acentúa su apellido, se caiga de la mata.

El presidente, previendo lo peor por los daños causados tras la suspensión del revocatorio, prometió más autoritarismo y se colgó del Vaticano para que el papa Francisco interceda en una mesa de diálogo. La oposición, cansada de engaños y desplantes, ya no quiere diálogo hasta que Maduro reconozca su autoritarismo, legitime al Congreso, no use a la Justicia como arma y libere a los presos políticos.

En Miami, un día después de la anulación del revocatorio, participé de un foro de ex presidentes iberoamericanos. Lo inauguró el secretario general de la OEA, Luis Almagro, un acérrimo crítico de Maduro. Sin rodeos, tildó a Maduro de dictador por haber dado innumerables autogolpes de Estado contra los demás poderes estatales.

En coro, varios ex presidentes como José María Aznar, Jorge Quiroga, Vicente Fox y Andrés Pastrana, cantaron que a Maduro se le terminó por caer la máscara democrática. Reclamaron que ningún gobierno e institución puede desconocer que Maduro cortó todo vestigio de hilo constitucional y de que se trata de una nueva clase de dictadura. El silencio de los gobiernos democráticos de América Latina agobia ante tanto atropello.

Maduro se aferra a su puesto, no por creer que la revolución todavía está a punto de hacer lo que no hizo en 20 años, sino para evitar el destino de muchos otros presidentes latinoamericanos que tras el descalabro terminaron en la cárcel o, al menos, acusados de pies a cabeza con interminables procesos judiciales. Maduro ya no puede soñar con un exilio de lujo en algún país exótico o en el Key Biscayne de Miami, atestado de ricos chavistas “arrepentidos” que conviven con los miles de exiliados por el régimen. Tarde o temprano, él y la élite deberán enfrentar a la Justicia que hoy no existe.

Da la sensación que el camino no tiene retorno. La oposición está unida y perdió la paciencia. Nada favorece a Maduro, ni el Santo Padre podrá hacer milagros ante un régimen que destila pura desconfianza. Algunos militares, más agazapados que nunca, salen a cada rato a comulgar fidelidad al gobierno como si ese no fuera su deber. El silencio de otros, más comprometidos con la democracia y la institución, evidencia que solo necesitan una señal fuerte para bajar las armas y dejar de defender a un régimen cada vez más antidemocrático y antirepublicano.


El chavismo quedó deschavado. Es solo una dictadura moderna. Su raíz autoritaria ni siquiera le permite sostener unos pocos formalismos democráticos con los que supo engañar y permanecer por tantos años en el poder. trottiart@gmail.com

sábado, 22 de octubre de 2016

Ciber atacados y la censura creativa

Ayer viernes se produjo el mayor ciberataque a medios en el este de EEUU, justamente el tema sobre el que en mi presente escrito daba a conocer la alianza entre la SIP y Google para luchar en contra de este tipo de atentados cibernéticos.

La censura creativa

México es el país que más veces ha sido anfitrión de las asambleas de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), 14 veces desde que la entidad consolidó su formación hace 74 años en 1942. Desde entonces, la violencia autoritaria de los gobiernos y el terror del crimen organizado, se mostraron como las dos vertientes principales de ataques a la libertad de prensa y atentados contra el derecho del público a saber.

Este año nada de eso cambió. 2016 ya es el más letal para el periodismo latinoamericano. Veinte comunicadores han sido asesinados, 11 de ellos en México, por el solo hecho de estar denunciando lo que muchos quieren ocultar. En la mayoría de los casos se debió a represalias del narcotráfico. Aunque en un país donde a un juez le pegan un tiro en la nuca en plena calle, a siete ladrones le cercenan las manos, 43 estudiantes desaparecen y el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, está prófugo por lavado de dinero y delincuencia organizada, difícilmente se puede saber por dónde vienen los tiros.

Sucede lo mismo en países como Brasil, con tres periodistas asesinados este año. En el coloso de Suramérica, la violencia contra la prensa está más ligada a la corrupción política, pero como el crimen organizado infiltró todo, las causas se adivinan similares a México.

El clima de inseguridad general se vive en todos los países de la región, agravado por Estados que son ineficientes para administrar Justicia. De los 400 periodistas asesinados en los últimos 25 años, solo tres o cuatro casos han terminado con los asesinos en la cárcel. Peor todavía, el avance del narcotráfico vaticina que la violencia contra la prensa irá en aumento.

Habría muchas más víctimas si no fuera por los sistemas de seguridad para periodistas que la SIP ayudó a integrar en algunos países. Tan solo en México en lo que va del año, 251 periodistas han sido desplazados por el Gobierno para evitar que las amenazas de muerte se concreten. En Argentina, previendo el mayor auge del narcotráfico, la asociación nacional de periódicos, ADEPA, y el Gobierno adoptaron protocolos de protección para blindar a medios y periodistas y garantizar el derecho del público a la información.

La violencia no es el único método de censura. Varios gobiernos hostigan a medios y encarcelan periodistas. Desde Venezuela, donde Nicolás Maduro encarceló a Braulio Jatar, director de un medio digital, por publicar videos incómodos al poder, hasta Ecuador y Nicaragua, donde Rafael Correa y Daniel Ortega siguen cerrando medios y creando los propios para hacer propaganda gubernamental.

Más allá de la censura violenta, la era digital ha traído nuevos desafíos. Si bien el internet se ha establecido como la herramienta democratizadora de la comunicación por antonomasia, también ha servido para que la censura aparezca con renovados bríos a través del ciberacoso y los ciberataques.

Los ataques cibernéticos contra medios, periodistas y grupos de derechos humanos y políticos se intensificaron en todos los países. No solo se trata de cibermilitantes o bots que actúan como sicarios del insulto pagados por los gobiernos para asediar a opositores, críticos y periodistas en las redes sociales, sino también de hackers, o piratas informáticos profesionales y artesanales, que atacan a medios con el fin de silenciarlos.

Los ataques cibernéticos más frecuentes, de los que fueron víctimas recientes  ABC Color de Paraguay y la televisora Guatevisión de Guatemala, son de origen DDoS o ataques de denegación de servicio, según las siglas en inglés.

Los ataques se generan a través de computadoras que saturan de tráfico al sitio de internet que se busca destruir, haciendo que el server del medio atacado se sobrecargue y quede bloqueado sin poder atender la demanda. Se calcula que un 50% de los sitios fueron atacados, aunque a veces su propietario no sepa que ha sido el blanco. Google pronostica que un 80% de las víctimas sufrirá nuevos ataques.

Para contrarrestar estos embates, la SIP y Google lanzaron en la asamblea de México, el Proyecto Shield (escudo), una herramienta digital que los sitios de internet pueden adoptar para blindarse de los ataques. El objetivo de este escudo es que en pocos años, el 100% de los sitios puedan contrarrestar esta rudimentaria pero creativa y destructiva forma de censura. trottiart@gmail.com