sábado, 22 de abril de 2017

Las contramarchas y milicias de Maduro

La brutal represión contra las marchas ciudadanas convocadas por la oposición venezolana no es el único signo de autoritarismo de Nicolás Maduro. Su actitud más antidemocrática es el llamado a sus partidarios y milicias para concentrarse en contramarchas con el fin de neutralizar y violentar las protestas en su contra.

Las contramarchas y milicias que Maduro lanza a las calles no son ilegales, pero desnaturalizan los principios constitucionales que demandan garantizar el derecho de protesta, ya sea el reclamo ciudadano para que haya elecciones, que se le reintegren las potestades a la Asamblea Legislativa y se liberen los presos políticos.

No hay leyes que prohíban a un gobierno organizar marchas de auto apoyo. Sin embargo, configuran abusos de privilegio y poder. Es que la virtud de una Constitución no es que obliga a un gobierno a garantizar las libertades individuales y sociales, sino que le impone límites para que no pueda pisotear esos derechos, como las libertades de reunión, asociación y de expresión.

Los gobiernos más autoritarios, aquellos que se creen Estado como el de Maduro, justifican la propaganda y la movilización de masas como extensión legítima de su defensa, a fin de reprimir a la oposición y la disidencia. Ese abuso de las contramarchas queda desnudado por tres particularidades: Dilapida recursos públicos; utiliza fuerzas de choque ilegales para generar caos y pánico; y criminaliza la protesta, justificando así su necesidad de reprimirlas para mantener la paz y el orden.
En el caso venezolano esas características saltan a la vista. Obligó a los empleados públicos a participar de las contramarchas y les advirtió que aquel que no participara perdería su empleo, algo que el chavismo siempre atizó con listas negras de “traidores”. Además, anunció que armaría a otros 500 mil milicianos, un grupo parapolicial que causó varias muertes esta semana y en protestas anteriores.

Las milicias, más que una fuerza auxiliar de las fuerzas de seguridad, son un grupo de choque pretoriano. Al igual que en otros regímenes autoritarios y populistas, estas fuerzas, armadas por los gobiernos para su interés partidario y no de la Nación, como los piqueteros del kirchnerismo o los consejos del poder ciudadano en Nicaragua y Cuba, tienen el mandato de controlar a la población, atemorizar, crear caos y validar una posterior represión estatal. La historia latinoamericana está repleta de estos grupos de civiles armados que terminaron como escuadrones de la muerte, traficantes de armas y mercenarios a disposición de grupos de delincuentes y narcotraficantes. Vale recordar, entre otros grupos, a las patrullas de autodefensa de Guatemala y los paramilitares de Colombia que terminaron como temibles violadores de derechos humanos.

Las contramarchas representan, además, un arma adicional de propaganda, un esquema donde se insertan otras maniobras propagandísticas como las cadenas nacionales obligatorias, utilizadas por Maduro y Rafael Correa, durante las que propalan discursos kilométricos anti disidentes, que nada tienen que ver con emergencias sociales, desastres naturales o problemas de salud pública, únicas prerrogativas que autorizan las constituciones. Con este tipo de abusos usados para arengar a las mayorías adictas, se olvida que la prioridad de un gobierno en democracia es atender y respetar a las minorías.

Maduro con sus contramarchas y milicias podrá estirar su gobierno reprimiendo, produciendo más autogolpes y haciendo llamados inocuos a nuevos diálogos y promesas de elecciones que nunca cumplió. Saldrá a denunciar todo tipo de conspiraciones e intentos de golpes de Estado planificados por el imperialismo y la ultra derecha, y tratará de encontrar un nuevo chivo expiatorio como años atrás, luego de protestas ensangrentadas, le endilgó la responsabilidad de los muertos a Leopoldo López, a quien todavía hoy mantiene prisionero.


Sin embargo, la sistemática represión, la criminalización de la protesta y las milicias armadas no son un buen augurio para Maduro. Resiente las fisuras en el poder militar, ese que él cree y jura que le otorga apoyo condicional y eterno. El apoyo mermará con más represión, más muertos y con la presión internacional cada vez más en ebullición. trottiart@gmail.com

sábado, 15 de abril de 2017

Los Pulitzer y la gran corrupción

Los prestigiosos premios Pulitzer al Periodismo estadounidense se conocieron esta semana. Galardonaron varias investigaciones periodísticas que destaparon hechos importantes de corrupción, como el caso de los Panama Papers.

El diario The Miami Herald, en conjunto con el Consorcio Internacional de Periodistas Investigativos, obtuvo el premio en la categoría “periodismo explicativo” por una investigación sobre empresas off-shore contenida en 11.5 millones de documentos filtrados a la prensa. El escándalo salpicó a 72 jefes de Estado, 29 billonarios de la lista Forbes, futbolistas, celebridades, financistas; y demostró conexiones con el Lava Jato brasileño y el entuerto de la FIFA, entre otros casos de corrupción.

Otros premios significativos fueron para el Washington Post que desenmascaró la falta de transparencia de las obras de caridad del presidente Donald Trump y para el New York Times que descubrió como Vladimir Putin impone la agenda del poder ruso mediante una espiral de asesinatos, ciberacoso e incriminaciones falsas contra sus oponentes. Los Pulitzer reafirmaron que el buen periodismo es importante para fiscalizar al poder y mantener confianza en la democracia.

Por otro lado, lo contrario a la democracia es la corrupción. El presidente de Transparencia Internacional, el peruano José Ugaz, en una reciente reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa, señaló que la corrupción tiene un impacto negativo sobre la calidad democrática. Coarta los derechos fundamentales de la población y reduce el desarrollo social.

El agravante es que la corrupción - o la “gran corrupción” como la define Ugaz – es que castiga más a los países menos desarrollados. Transparencia Internacional calcula que más de un trillón de dólares se esfuma de las arcas públicas de países en vías de desarrollo todos los años; entre 20 y 40 billones terminan en paraísos fiscales, ocultados en el extranjero.

La corrupción no es una simple transacción irregular. Ugaz dice que la corrupción mata, enferma, genera desnutrición, produce analfabetismo, profundiza la pobreza, impide el desarrollo y afecta la gobernabilidad.

Nada mejor que Venezuela para ilustrar el problema. El régimen autoritario de Nicolás Maduro ocupa el puesto 166 de 178 posibles en el Índice Mundial de Percepción de la Corrupción. Brasil, consecuentemente, con el escándalo de Lava Jato, debería estar en peor posición que Venezuela. Sin embargo, su puesto 79 obedece al trabajo eficiente de la justicia para castigar a los corruptos.

Esta semana se conoció otro enorme anillo de corrupción. La “Lista Fachin”, en honor al apellido de un juez de la Corte Suprema, demostró que cinco presidentes constitucionales recibieron sobornos de la empresa de Marcelo Odebrecht, los que fueron canalizados hacia sus respectivas campañas electorales.

Los 78 ex empleados de Oderbrecht que siguen confesando sus crímenes para reducir sus sentencias, deschavaron a los ex presidentes José Sarney, Fernado Collor de Mello, Fernando Henrique Cardoso, Lula da Silva y Dilma Rousseff. Pero también denunciaron a un tercio del gabinete del presidente Michel Temer, a gobernadores, intendentes, a 39 diputados y 24 senadores. Todos están sospechados de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero.

De la lista también se desprende que Odebrecht pagó 13 millones de dólares a Lula de Silva, “el amigo de los pobres”, después de ser presidente, por favores recibidos durante su mandato. Pocos gobernantes de Argentina, Colombia, Perú, Venezuela, Guatemala, El Salvador, R. Dominicana, Ecuador y Chile quedaron por fuera del círculo ominoso de Odebrecht.

La justicia brasileña está mostrando el camino para combatir la corrupción rampante. Sin embargo, en un continente donde la justicia está secuestrada por el poder político, se necesitan remedios eficientes en esta lucha: Crear agencias anti corrupción, destrabar el secreto bancario, acelerar leyes sobre extradición y crear formas eficientes de cooperación internacional.


Mientras tanto, la prensa, como quedó demostrado con los casos que salieron a la luz y merecieron los Pulitzers, sigue siendo una de las mejores auxiliares de la justicia, ayudando a que se reduzca la tolerancia ciudadana frente a la gran corrupción y generando presión contra las instituciones. trottiart@gmail.com

sábado, 25 de marzo de 2017

Trump y su depósito de confianza

Donald Trump empezó su Presidencia con su depósito de confianza semivacío. Su pasado de celebridad televisiva lo hizo famoso, pero no creíble. Las acusaciones que vertió sobre sus colegas candidatos causaban gracia, pero no confianza. Terminó ganando las elecciones porque el depósito de Hillary Clinton estaba más vacío aún.
Cada uno posee un depósito o una imagen de credibilidad que proyecta hacia los demás; algo crucial entre aquellos individuos o instituciones cuyo trabajo depende de la confianza del público, como un presidente, una periodista o un padre en su familia. El reservorio aumenta o decrece según las acciones y dichos que se asumen. La ecuación es simple: Más verdades, mayor credibilidad; más mentiras mayor desconfianza.
Recuperar la confianza perdida no es fácil, menos en política. Muchas veces, como en la fábula del pastorcito de ovejas y el lobo, se desconfía hasta de la verdad cuando la antecedieron mentiras acumuladas. Para revertir la incredulidad, se requiere una alta dosis de buena conducta, verdades sistemáticas y resultados exitosos.
Esta no parece ser la fórmula de Trump. En la Presidencia creó más desconfianza, sobre la base de mentiras, exageraciones y teorías conspirativas. Su popularidad ahora es menor al 30%. El riesgo de gobernar sin sustento popular es alto. El Congreso, incluidos sus propios partidarios, no le respetan ni se sienten presionados para votar sus leyes, como ocurre con el nuevo plan sanitario con el que busca reemplazar al Obamacare. Y eso que está en el período de gracia de los 100 días, cuando al primer mandatario se le conceden casi todos sus deseos.
Trump deambuló varios años diciendo que Barack Obama no podía ser presidente por haber nacido fuera de EEUU. Aquella alharaca no le pasó factura porque lo hacía desde un lugar sin responsabilidad política. Distinto es ahora. Como presidente está obligado a fundamentar sus acusaciones con evidencias.
Algunas de sus exageraciones fueron inofensivas, como la que en su juramento había más gente que en el de Obama; algo que las fotografías desmintieron. Otras fueron graves, como cuando acusó a Obama de haberle intervenido los teléfonos en la Torre Trump durante la campaña electoral.
Se quedó con pura retórica, sin aportar pruebas. El director del FBI, James Comey, y el Comité de Inteligencia del Senado lo desmintieron con resultados de investigaciones en mano: “No existe evidencia” de espionaje como tal. Encima de eso, Comey dijo que su agencia abrió una nueva investigación sobre las sospechas de que el equipo de Trump mantuvo relaciones con el Kremlin; y que los hackers rusos terminaron dándole un empujoncito en la recta final del proceso electoral, a expensas de Hillary.
Trump tendrá que dar un buen viraje de timón si quiere llegar a buen puerto. Deberá cambiar de actitud, estilo y discurso. Debe dejar de lado los tuits altisonantes, alejarse de las conspiraciones y dejar de calificar de noticia falsa toda información que le disguste o no le conviene a sus intereses. La prensa, dolida por haber sido tildada de “enemiga del pueblo”, no le deja pasar una. Sus discursos, tuits y mensajes son escudriñados al máximo en busca de tergiversaciones y datos no verdaderos.
Trump está en aprietos, pero el problema lo excede. La bufonería política que se ha hecho marca registrada de unos cuantos líderes en muchos países, está carcomiendo la confianza del público en las instituciones. Varios estudios en democracias adultas y adolescentes, como las europeas y latinoamericanas respectivamente, advierten que la desconfianza pública sigue en caída libre.
La relación democracia/desconfianza es simple. La gente está cansada del ruido, de las expectativas incumplidas y de los personalismos ególatras que anteponen los intereses partidarios al bien común.  
Seguramente Trump sabe que con la confianza por el piso es presa fácil y que hacer leña del árbol caído es deporte en la política. Pero lo traiciona su personalidad.

Para revertir su situación deberá gobernar bajo la fuerza y la apariencia de la verdad. Solo así logrará recuperar y aumentar la confianza del público. El idioma inglés le enseña la fórmula correcta. La verdad y la confianza (truth y trust), palabras que comparten la misma raíz, lo invitan a caminar en esa dirección.  trottiart@gmail.com

domingo, 19 de marzo de 2017

Poniéndole el cascabel al dictador Maduro

Finalmente el régimen de Nicolás Maduro quedó expuesto. Es una dictadura dominada por una cúpula plagada de narcotraficantes que impone leyes y justicia a su medida, traicionando y violando los derechos individuales básicos de sus ciudadanos.

La denuncia más contundente contra Maduro quedó reafirmada este martes. El secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, pidió la aplicación de la Carta Interamericana Democrática o la expulsión de Venezuela de la institución si el gobierno no convoca a elecciones, crea un órgano electoral independiente, despolitiza la Justicia y libera a los más de 150 presos políticos en su haber.

Venezuela tiene 30 días para maniobrar, pero sería extraño que no consiga controlar a dos tercios de los 34 miembros que se requieren para la expulsión. Todavía, pese a su paupérrima economía interna desgastada por más de 400% de inflación y una carestía inimaginable, le queda algún aliento petrolero para embardunar las voluntades de pequeños países caribeños que mantienen una mayoría de votos uniformada.

Maduro siempre ha defendido su autoritarismo sobre la base de una cháchara anti imperialista a la cubana y se ha escudado bajo el subterfugio de la soberanía nacional que ya nadie compra. Desgastada la excusa, insistirá sobre su vocación de diálogo, ya sea con los expresidentes José Luis Zapatero y Leonel Fernández, o invocando al mandatario Juan Manuel Santos y hasta el papa Francisco, con tal de comprar más tiempo, inmunidad e impunidad.

Tampoco hay que descartar que Almagro tenga éxito. Tiene que haber medido las voluntades para sentenciar al régimen de esta forma. Su denuncia de 75 páginas fue contundente, "ruptura total con el orden democrático”. El contexto y las evidencias le dan la razón.

El chavismo es una dictadura. Desconoce al Congreso, politizó los poderes Judicial y Electoral, desconoció el proceso constitucional de referendo revocatorio, pisotea la libertad de prensa, persigue, encarcela o expulsa a disidentes sin debido proceso y su cúpula goza de los privilegios económicos que le niega a la población. Si la revolución bolivariana no endereza pronto su política y economía, corre el riesgo del desborde y estallido social.

Maduro ya no goza de las simpatías que despertaban sus petrodólares. Su verborragia y victimización están demodé. Su impopularidad es galopante en todos los frentes. Lo expulsaron de clubes como el Mercosur, Mauricio Macri y Pedro Pablo Kuczynski lo desafían y los acreedores lo acorralan.

Si el contexto político y económico interno es desfavorable, las evidencias internacionales son aún más concluyentes. El Departamento del Tesoro estadounidense situó al vicepresidente venezolano en la lista de narcolavadores, congelándole fondos por más de tres mil millones de dólares. En Nueva York, dos sobrinos de Maduro procesados por narcotraficantes, siguen en busca de reducción de condenas con sorprendentes confesiones que salpican a más de un encumbrado chavista.

Rodeado de aguas turbulentas, Maduro tiene cada vez menos opciones. La que siempre le sirvió es la de la agitación. Violencia, estallidos y una oposición desafiante pueden darle excusas para fortalecer el autoritarismo y atizar un diálogo – al que nadie se puede negar – para seguir legitimado su reinado. Otra opción es renunciar al poder al estilo Alberto Fujimori, no desde Japón, sino en La Habana. Otra posibilidad es un nuevo autogolpe, con un gobierno sin Maduro, lo que le permitiría al chavismo una salida airosa y estirar las elecciones hasta el 2018.

Almagro tal vez no logre su objetivo. Varios gobiernos – Brasil, Costa Rica, Perú – prefieren más cautela y creen que la invocación de la Carta Democrática serviría para buscar otras alternativas, no para expulsión.

Lo interesante del informe, sin embargo, es que le pone el cascabel al gato. Ya nadie podrá decir que se trata de una democracia imperfecta: Es una dictadura. Además, Almagro obliga a todos los gobiernos a salir del silencio cómplice con una apelación directa al sentido interamericano: “Aprobar la suspensión del desnaturalizado gobierno venezolano es el más claro esfuerzo y gesto que podemos hacer en este momento por la gente del país, por la democracia en el continente, por su futuro y por la justicia”. trottiart@gmail.com


miércoles, 15 de marzo de 2017

La economía creativa, la otra industria de Miami

La noción de que Miami sobresale y atrae al mundo entero por lo más relevante de su ADN - industria turística, maquinaria del entretenimiento y lujosos proyectos inmobiliarios – es verdadera y en continuo auge.

Sin embargo, esa es la parte visible del témpano. Debajo de la superficie está creciendo otra industria, la de la creatividad, buscando catapultar a la adolescente Miami hacia la adultez de urbes como Nueva York, Los Ángeles y Boston.

No significa que Miami desdeña su industria hospitalaria, pero la aprovecha para abrazar otras disciplinas que le pueden aportar más desarrollo y progreso. Un estudio de la Universidad Internacional de la Florida ensalza a la Clase Creativa - 642 mil empleos o un 26% de la fuerza laboral del sur de la Florida – sector definido como el que aporta trabajo intelectual en áreas de la salud, ciencias, tecnología, leyes, educación, prensa, banca y finanzas.

El estudio compara a Miami con otras 52 ciudades de más de un millón de habitantes que albergan 42 millones de empleos de la Clase Creativa, a la que  califica de motor clave del crecimiento y la prosperidad de una comunidad. En Miami el área de la salud aporta 154 mil empleos; banca y finanzas, 136 mil y educación, 118 mil empleos.
El informe centra la mayor debilidad en el sector tecnológico, donde se apuntan 46 mil empleos, lejos de otras ciudades como San Francisco, Boston y Nueva York que han sabido emular la fórmula inversionista-impositiva del Valle de Silicón. Pero resalta los 43 mil empleos en deportes, artes y arquitectura, destacando el impulso que atrajo la feria de Art Basel y obras de arquitectos de renombre como Frank Gehry. Asimismo, recomienda a Miami mejorar sus ofertas en salud y educación, convirtiéndolas en disciplinas for export.

El informe apareció esta semana en un momento justo para mitigar controversias de la industria turística, la que no por ser exitosa, está en armonía. 2016 atrajo récord histórico de visitantes a Miami, pero con ciertos disgustos. La oficina gubernamental Visit Florida se vio envuelta en un conflicto legal y ético tras pagar un millón de dólares al rapero miamense de origen cubano Pitbull, para promocionar las playas de Miami. Muchos piden la disolución de la oficina en la creencia de que el gobierno no debe subsidiar con el dinero de los contribuyentes lo que le corresponde al sector privado. Otros creen que gastar en promoción turística sobre Miami es como vender heladeras en la Antártida.

El conflicto mayor, sin embargo, es entre la industria hotelera y los políticos contra Airbnb, el sistema de alquiler temporal que tiene a más de cinco mil vecinos anfitriones en Miami y Miami Beach y que en 2016, solo en Miami, hospedó a más de 140 mil turistas.

Miami va camino a imitar a Miami Beach. Propone multas de 20 mil dólares a los vecinos que alquilen sin permiso. Las autoridades argumentan que los alquileres temporales a turistas arruinan la vida en vecindarios y edificios, y con ello se reduce el precio de las propiedades y se encarecen los alquileres para los residentes estables. 
Sobre el argumento de vecinos y Airbnb al derecho a disponer del mejor uso de la propiedad, los hoteleros reclaman competencia desleal ante la carga impositiva y las regulaciones que ellos deben cumplir.

El conflicto está lejos de ser solucionado, pero seguro que se encontrará un resquicio así como con Uber, sistema de taxi privado resistido en su origen. La industria, empero, aporta otros bálsamos. Esta semana, Royal Caribbean anunció la construcción de una nueva terminal de cruceros en el Puerto de Miami. La inversión de 247 millones de dólares creará cuatro mil nuevos empleos, los que se sumarán a los 10 mil que generará el American Dream, el mall más grande del continente que se empezará a construir en el barrio Miami Lakes, con cancha de esquí alpina incluida.

Lo positivo del informe universitario es que descubre ese otro Miami debajo de la superficie. Una introspección que deberían hacer todas las ciudades para saber cómo proyectarse hacia el futuro. Ni a Miami ni a cualquiera otra urbe le es suficiente depender de una sola industria por más robusta que ella sea. Deben complementarla con la pujanza de la economía del conocimiento. trottiart@gmail.com


sábado, 4 de marzo de 2017

Trump más presidencial; pero falta transparencia

Donald Trump no dijo nada diferente ante el Congreso de lo que había sostenido hasta ahora. Pero lo expresó en un tono distinto. Más mesurado y conciliador. Menos arrogante y convulsivo que en sus primeros 40 días de gobierno.

Su estilo de martes en la noche sorprendió y ganó audiencia. Fue tal el cambio de tono que sus críticos más acérrimos de la CNN y los más indulgentes de FoxNews, coincidieron. Entró al Congreso como candidato y salió convertido en Presidente.

En la tarde ya se avizoraba el cambio. Trump subrayó que se daba la más alta calificación por lo que había hecho y logrado, pero casi un aplazo por no haber sabido comunicar su mensaje. La disfrazada humildad exultaba confianza por un discurso que sabía tendría alto impacto.

El estilo diferente le permitió hablar de lo mismo sin producir los retorcijones acostumbrados. Insistió con una agresiva política anti inmigratoria, terminar con la “corrupción del pantano”, hacer una profunda reforma impositiva, acabar con el Obamacare, crear empleos, producir made in USA y construir puentes y caminos.

Los demócratas ni aplaudieron ni coincidieron, pero tampoco se sintieron satirizados como otras veces. Debieron asentir por políticas a favor de la mujer, de las minorías y por un gesto de manso nacionalismo que hasta sorprendió a gobiernos extranjeros que siempre sintieron el peso de un Washington avasallante: “Mi trabajo no es representar al mundo, sino representar a EEUU”.

Más allá de que la narrativa fue la misma, queda así comprobado que el cambio de tono al expresar las palabras hace la diferencia; minimiza divisiones y despolariza. Los legisladores demócratas igualmente creen que existe profunda divergencia entre los dichos de Trump y sus acciones. El pecado no es nuevo. También se acusaba a Barack Obama de lo mismo. Era un maestro de la oratoria mesurada. Declamaba transparencia, pero su Presidencia fue restrictiva en información pública; persiguió a funcionarios soplones y espió a extranjeros; abrazaba a musulmanes y latinos, pero deportó a millones como ningún otro presidente del pasado.

Cambiado el tono, lo que ahora importa es la esencia del discurso y que sus palabras no estén peleadas con la verdad.

El ruido generado por el tren Rusia, de no ser disipado a tiempo y con transparencia puede descarrilar su Presidencia. La renuncia de Michael Flynn, asesor de Seguridad Nacional y la inhibición del Fiscal General, Jeff Sessions, para no involucrarse en las investigaciones criminales sobre las influencias rusas en la campaña electoral, son síntomas que pueden tirar todos sus logros por la borda.

Los demócratas y los servicios de inteligencia se la tienen jurada, buscarán la verdad hasta debajo de las piedras. No olvidan que la ciber inteligencia rusa denunció el tráfico de influencias en su partido y desmoronó la campaña de Hillary Clinton.
La prensa también está obstinada con la verdad. La “enemiga del pueblo” seguirá fiscalizándolo sin piedad y obteniendo filtraciones de inteligencia como las que terminaron por demostrar el acercamiento de los funcionarios y de su yerno Jared Kusher con el embajador ruso, Sergei Kisliak.

En este forcejeo entre Trump y la prensa que se acusan de generar noticias falsas y de inexactitudes por igual, cada uno responde con sus mejores armas. Trump despotrica en sus discursos y tuits, mientras la prensa investiga, denuncia y critica.

Durante la politizada y fallida noche de los Oscars, el New York Times publicó un spot televisivo tajante. En fondo blanco con letras negras, con la búsqueda de la verdad como título, ironizó las “verdades” de Trump con varias frases. “La verdad es que tenemos que proteger nuestras fronteras” o “la verdad es que las celebridades deberían mantener la boca cerrada”. Tras una docena de ironías similares sobre esta agitada etapa política, el mensaje final en defensa del buen Periodismo, el spot sostuvo: “La verdad es difícil de encontrar… de saber… y es más importante que nunca”.

En definitiva, hay dos cosas sobre la mesa. Una es de estilo y Trump tiene la opción de construirse como Presidente con un tono mesurado que invite al diálogo. La otra es de fondo y no tiene opción: Tiene la obligación de apegarse a la verdad y a la transparencia. trottiart@gmail.com


sábado, 25 de febrero de 2017

Trump y los adjetivos (des)calificativos

Dudo de los que usan adjetivos calificativos en forma constante. Desconfío aún más de los que abusan de esos adjetivos, porque tienden a exagerar, manipular o a enmascarar la realidad.

Desconfío del presidente Donald Trump. Muchos de sus discursos y acciones están teñidos de un gran repertorio de calificativos, usado indistintamente para ensalzar o degradar personas y situaciones.

A diferencia de los sustantivos que sirven para describir la realidad, los adjetivos inducen sensaciones o crean imágenes que son interpretadas en forma subjetiva por cada individuo, según sus experiencias y prejuicios. Por ejemplo, “un gran perro” se presta a suposiciones sobre el tamaño o la cualidad del animal o “mucha corrupción” despierta preguntas sobre qué nivel de podredumbre existe. Sin embargo, “un Dálmata de 80 cms. de altura” o “Odebrecht sobornó a Alejandro Toledo con 20 millones de dólares”, son descripciones objetivas que no dan lugar a conjeturas.

El vocabulario acotado pero emotivo de Trump es riquísimo en crear imágenes.  Ensalza virtudes como con el eslogan “Devolver la grandeza a América” o para enaltecer a sus allegados, “mi gabinete es el mejor de la historia”. Al mismo tiempo ofende con epítetos y debilidades que reitera hasta convertirlos en nuevas imágenes. Desde la campaña hasta la actualidad, viene apodando a sus adversarios. Bautizó a Hillary de “Debilucha”; le dijo “pequeñito” a Marco Rubio; “miente, miente y miente” dijo de Ted Cruz  y “no tiene energía” indicó sobre Jeb Bush. A los mexicanos los calificó de violadores y asesinos”; a la prensa de “basura, parcializada y deshonesta”, y a la CNN, el Washington Post y el New York Times, los apodó de “enemigos del pueblo”.

Después de los desprecios de Trump contra la prensa, su colega de partido, el senador John McCain afirmó: “Cuando miras la historia, lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”. McCain no necesitó mirar lejos hacia atrás. La historia reciente de América Latina ha demostrado el peligro que conllevan los adjetivos calificativos cuando son utilizados desde el poder. El eslogan de los Kirchner sobre “Clarín miente”; el de “apátridas” que lanzaba Hugo Chávez a los periodistas; las demandas millonarias de Rafael Correa contra los “pelucones” de El Universo; así como las listas negras de medios que mantenía Alberto Fujimori, confirman la ecuación de McCain: Más persecución a la prensa, menos democracia.  

Antes de tomar medidas concretas contra sus adversarios, los autoritarios suelen primero descalificarlos para generar empatías en la población. Las calificaciones de “enemigos del pueblo” a la prensa en aquellos países valieron de excusa para crear “leyes correctivas” como la de Medios en Argentina, de Responsabilidad Social en Venezuela y de Comunicación en Ecuador. Solo sirvieron para legitimar la censura oficial y proteger a los gobiernos de las críticas y las denuncias por corrupción.

Es improbable que Trump pueda pasar a los hechos. En EEUU existen contrapesos y la Corte Suprema defiende la Primera Enmienda constitucional a rajatabla, una figura que prohíbe dictar leyes en contra de las libertades, entre ellas las de prensa y expresión.
Más allá de que no pueda hacer mucho, preocupan sus intenciones. Durante  la campaña dijo que modificaría las leyes de difamación para demandar y castigar a los medios con grandes sumas de dinero. También su campaña y el Partido Republicano crearon una “encuesta de responsabilidad de los medios de comunicación” en la que insinuaban que la prensa atacaba injustamente al candidato. Viendo esto en retrospectiva, no es casual que su retórica haya evolucionado hasta calificar a los medios como “enemigos del pueblo”.

Así como en el sur, los ataques de Trump contra la prensa le sirven para tapar la realidad y evitar conversaciones sensibles. Acusa a los medios de ser usina de “noticias falsas” con la intención de generar dudas sobre todas las noticias y así disimular los desbarajustes con Rusia o no revelar sus declaraciones de impuestos.


El bullying presidencial no es novedoso, pero sí preocupante en este caso. Proviene del Presidente de un país que debe tener cierto comportamiento y liderazgo; una vara de medición que tienden a usar sus colegas del mundo democrático. trottiart@gmail.com