martes, 18 de julio de 2017

Maduro, bizarro y descocado



Un Nicolás Maduro cada vez más bizarro y descocado se aferra al trono con los dientes y bravuconadas. Pide alzar las armas para defender la revolución y montar una reforma constitucional que iguale a Venezuela con la Cuba comunista decadente a la que admira.
No le importan los 100 muertos que la represión oficial causó para maniatar las protestas que se iniciaron en abril. Tampoco los tres mil encarcelados, miles de heridos y los 300 torturados. Maduro considera que la violencia es el daño colateral que debe pagar la oposición por incentivar lo que él llama un intento golpista continuado.
La oposición convocó a una consulta para este domingo, ante la desesperación de no saber qué hacer para frenar a Maduro. La elección no es oficial, sino puro simbolismo, una gigantesca desobediencia civil para mostrar los colmillos al presidente. Maduro ignorará el resultado y antes bloqueará la quijotada.
Es irracional, vengativo y desafía cualquier demostración de fuerza. Envió a la agencia nacional de comunicaciones a amenazar a las radios y televisoras con que cancelará sus licencias de operación si cubren el plebiscito. Antes, tras el inicio de las masivas protestas, replicó con el llamado a la reforma constitucional con la idea de borrar a la oposición de la faz de la Tierra.
Las apariencias tampoco le importan. Ignoró a los obispos que calificaron a su régimen de “dictadura militar” y mandó a la Corte Suprema que despida a la fiscal general, Luisa Ortega. Antes, marca registrada del chavismo, ahora devenida en su mayor piedra en el zapato, Ortega insiste en que Maduro practica “terrorismo de Estado”.
Todo vale en este gran cambalache chavista que Maduro incentiva con circo y garrote. La semana pasada mandó a su milicia pretoriana a invadir el Congreso y agarrar a palazos a los legisladores de oposición. Días antes, puso en escena a un helicóptero y un actor tirando granadas sobre los edificios de la Corte Suprema y el Ministerio del Interior. Descubierto el ardid, el intento de golpe se inscribió como otra de las tantas anécdotas bizarras del Presidente.
 
Todos sus pasos son ilegales e ilegítimos, empezando por la convocatoria a una constituyente sin previa consulta popular y de la que solo participarán reformistas oficialistas. Canceló procesos electorales, desactivó al Congreso opositor mediante orden del Supremo Tribunal que solo trabaja para él y a las Fuerzas Armadas las mantiene leales, comprando generales o dándoles licencia para operar los anillos de corrupción junto a la mafia internacional.
No hay que descuidarse, Maduro todavía tiene cintura política para sobrevivir. Logró que el banco Goldman Sachs invierta millones en bonos de deuda de la petrolera estatal, dándole efectivo para unos cuantos meses más. Sacó de la cárcel al preso político más ilustre, Leopoldo López, y se las ingenia para que se acerquen a Venezuela decenas de intermediarios a los que permite soñar con lograr el diálogo o salvar la democracia inexistente. Maduro los despide socarrón, sabiendo que gana tiempo y fama de pacificador.
Nadie tiene la respuesta adecuada. No es fácil hacerle frente a una dictadura con armas democráticas. Hubo un intento frustrado en la reciente asamblea de la OEA en Cancún. Los países más influyentes del continente se alinearon para aplicar la Carta Democrática. No funcionó porque Venezuela aglomeró a un grupo de países caribeños que siempre le dan el sí a cambio de petróleo subsidiado.
¿Cómo salir de este régimen? ¿Cómo desarmar un esquema corrupto antes de que explote la bomba de crisis humanitaria, cuya mecha ya está prendida? ¿Cómo desbaratar a un gobierno que le alquiló el territorio al narcotráfico? ¿Qué hacer para detener una reforma constitucional que hará ilícitas las pocas libertades individuales que quedan?
Algunos creen que la respuesta la tendrían EE.UU y la UE mediante sanciones económicas severas. Pero aun así, Maduro, como los Castro, se las ingeniaría para sobrevivir a un embargo con las migajas de otras dictaduras siempre dispuestas a subsidiar autoritarismos, mientras prosigue con su idea de una Venezuela comunista.
Se requieren medidas más contundentes para que Maduro acabe en la cárcel. Tal vez todos piensan y saben la fórmula, pero nadie se atreve a decirla y ejecutarla. trottiart@gmail.com

sábado, 8 de julio de 2017

Trump y la libertad de prensa

Es muy temprano para saber el legado político-económico que construirá el presidente Donald Trump. De lo que ya no hay dudas, es que en materia de libertad de prensa será recordado como uno de los peores de la historia.

Pese a la tirantez natural que caracteriza las relaciones entre gobierno y periodismo, los presidentes estadounidenses supieron tolerar las críticas y respetar la libertad de prensa por arriba de sus intereses personales. Thomas Jefferson, con aquella frase de antología, “prefiero periódicos sin gobierno que gobiernos sin periódicos”, moldeó la dimensión adecuada que debe primar en esa relación.

Trump, en cambio, antepone sus intereses a los principios. Tiene un estilo pendenciero y narcisista. No acepta críticas y las combate con una alta dosis de insultos y humillaciones. Si bien la prensa tiene el cuero grueso para soportar la acusación de que es la “enemiga del pueblo” o que genera noticias falsas, exaspera que muchas falsedades se originen en la Casa Blanca o que tape las evidencias de que el Kremlin las fabricó para torpedear las pasadas elecciones, aunque Vladimir Putin lo haya negado en su reunión con Trump en la cumbre del G20.

La historia es como un agujero negro que traga todo, pero deja lo imprescindible. No borrará el papelón presidencial del último domingo. Trump tuiteó un video trucado de lucha libre, en el que le pega desaforado a otro luchador cuyo rostro era el logo de CNN. El sarcasmo del clip terminó con un logo modificado de la cadena, ahora de FNN o Red de Noticias Fraudulentas.

La burla podrá haberle caído cómica a muchos, pero es evidente que su conducta horada la dignidad del puesto que ocupa. En realidad, nada hay de diferente con el sketch de la comediante Kathy Griffin, acusada de restarle dignidad a la figura presidencial cuando blandió una cabeza de Trump recién decapitada.

Lejos de apaciguar los ánimos y la polarización que se heredó de las elecciones, Trump los exalta. La “espectacularización” de la política que ha incentivado con su perfil de celebridad, tal vez no sea aburrida, pero es desgastante e intolerable. Es como vivir en una continua campaña electoral en el que todo vale y la política, pese a la gravedad de todas las situaciones, se queda estancada en los ataques personales, el desprestigio y el deshonor.

En el período de Barack Obama las arengas propagandísticas como el “Si Se Puede” o el argumento de que “el desafío de la política es que Washington está alejada de la realidad de los ciudadanos” terminaron a las pocas semanas pasadas las elecciones. En cambio, en el caso de Trump, el eslogan “America first” y su llamado a “limpiar la ciénaga de Washington” se mantienen reciclados como caballito de batalla en muchos de sus discursos.

Trump no es un gran comunicador estadista como lo fueron Franklin Roosevelt, John Kennedy o Ronald Reagan, quienes tuvieron en mente el consejo de su antecesor Abraham Lincoln: “… quien moldea la opinión pública, puede llegar más lejos que aquel que promulga decretos y decisiones”.

Tal vez Trump también quiere moldear la opinión pública, pero por su estilo personalista, chato y popular, mantiene solo una alta fidelidad y conexión con sus más allegados. Se corre el riesgo de que, como sucede en los regímenes populistas altamente polarizados, sus seguidores se vayan convirtiendo en fanáticos, lo que puede desviar en conflictos sociales. Del abucheo público, como sufren medios y periodistas, a la agresión física, solo hay un corto paso.

Trump debería ser más fiel a los principios que enarboló esta semana en Varsovia y luego en Hamburgo en el G20. Llamó a Occidente a luchar por "defender" su "civilización y sus valores”. Sería de esperar, entonces, que respete las libertades de prensa y expresión, enaltecidas en todas las constituciones occidentales y en tratados internacionales sobre derechos humanos.


Más allá de sus críticas contra los medios, algunas fundamentadas, Trump tiene que honrar su puesto y garantizar la vigencia de la Primera Enmienda. Debe entender que como funcionario público está sujeto a mayor escrutinio y fiscalización como indica la jurisprudencia interamericana y no contratacar con amenazas de que impondrá nuevas leyes para castigar a la prensa. trottiart@gmail.com

sábado, 1 de julio de 2017

Transformar contenidos, medios y comunidades

En este ambiente sobresaturado de informaciones, noticias falsas y posverdad, los medios de comunicación saben que generar contenidos de calidad es la única salida para sobresalir y sobrevivir.
Tampoco les basta con producir contenidos diferenciados. Deben cobrarlos y distribuirlos con eficiencia para enganchar nuevas audiencias. Esa es la nueva fórmula del periodismo auto sustentable.
Nadie todavía tiene la receta adecuada, salvo algunos grandes medios, como el New York Times. Ha duplicado sus ventas en suscripciones pagadas, gracias a su calidad y al anabólico que significa la pelea con el presidente Donald Trump.
La buena noticia para el resto, es que los medios le han perdido el miedo a las nuevas tecnologías. Entienden que la transformación digital es imperativa y el buen futuro depende de la urgencia con la que la abracen.
Esta lectura de optimismo mesurado emergió de la reciente conferencia digital SIPConnect que organizó la Sociedad Interamericana de Prensa en Miami. Más de 200 representantes de 25 países ratificaron la tendencia. La calidad implica contar más historias en formato audiovisual, distribuirlas por múltiples plataformas digitales y llegar de lleno adonde las audiencias son pirañas: los teléfonos móviles.
Rescato otras dos ideas sobre transformación que, aunque invisibles, las sentí como bebidas energéticas en la conferencia. La necesidad de establecer espacios para crear e innovar y la revalorización por buscar el bienestar social.  
Crear e innovar son nuevos valores que motorizan el desarrollo. Así como los medios tienen secciones de trabajo como policiales o deportes, deberán crear laboratorios donde pensar, proyectar y experimentar sean tareas cotidianas. El camino creativo es integral y debe abarcar desde cómo contar historias, cómo distribuirlas o cómo crear productos laterales a la información.
Los medios deben recuperar el liderazgo comunitario que tuvieron. Han quedado rezagados ante otras empresas que generan información, crean necesidades, empoderan y cambian los hábitos del público.
Son esas compañías que tienen a las tecnologías como potenciadoras, pero su razón de ser se basa en ideas audaces que revolucionan la forma en que nos conectamos, consumimos y vivimos. Spotify en música, Netflix en películas, Airbnb en hospedaje y Uber o Lyft en transporte urbano muestran esa ecuación exitosa de la tecnología supeditada a las ideas.
La transformación digital en sí misma no es más que el uso de la tecnología para el beneficio propio. Pero cuando está alineada a la responsabilidad social, permite crear mecanismos que ayudan al cambio y fortalecimiento de la sociedad. Así, alineada a la misión y visión, la transformación deja de ser un fin en sí misma, tornándose más simple y fácil de alcanzar.
Lo ejemplifica muy bien el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Se hubiera podido quedar tranquilo años atrás cuando alcanzó el millón de usuarios conectados a su red social. Esta semana, sin embargo, la red Facebook alcanzó 2 billones de usuarios, está valorada en 440 billones de dólares y ganó 8 billones en el último trimestre.
¿La fórmula? El motor de su evolución no es la tecnología, sino su idea y visión potenciadas por esa tecnología. Fiel a ellas, esta semana redefinió su misión, reorientando su rumbo y razón de ser. Facebook ya no tratará de “dar a la gente el poder de compartir y hacer del mundo un lugar más abierto y conectado”, sino que buscará “dar a la gente el poder de construir comunidades y acercar al mundo”.
Un cambio imperceptible, pero mayúsculo. Centra su visión en el hombre social, como factor de cambio. Un ejemplo de la fuerza de Facebook Groups se ve en Miami. Una idea de un individuo se convirtió en una energía descomunal de  4.500 voluntarios dedicados a la limpieza de las playas.

Salvando las distancias con ese coloso, los medios no deberían quedarse ensimismados en su negocio o en solo fabricar contenidos en busca de monetizar, distribuir y crear nuevas audiencias. Son fines loables pero insuficientes en estos tiempos, si es que quieren reposicionarse como líderes comunitarios. Más que empezar por adquirir tecnología, deberían primero revisar su misión, para que cuando abracen el cambio, se conviertan en motores de la transformación social. trottiart@gmail.com

sábado, 24 de junio de 2017

Cuba con Raúl: Sin cambios ni transición

El presidente Donald Trump hizo lo que prometió como candidato. Revirtió la política de apertura política y económica con Cuba que Barack Obama había sellado en diciembre de 2014 con Raúl Castro.

El cambio era necesario y esperado. No tan solo para los referentes más duros del exilio que lo rodearon durante un acto celebrado en el corazón de la Pequeña Habana en Miami, sino por los mismos cubanos opositores que desde la isla piden a gritos seguir castigando a un régimen que nunca dejó de oprimir.

Los cambios en la política de Trump hacia Cuba no son mayúsculos. Serán graduales y en reciprocidad con los niveles de apertura interna que permitan Castro o su pronto sucesor. Es que después de 30 meses, pese a la flexibilización del embargo encarada por Obama y la reapertura recíproca de embajadas en Washington y La Habana, las libertades económicas y políticas prometidas siguen ausentes.

El mayor flujo de dólares por el turismo masivo estadounidense y la apertura del comercio no crearon una nueva clase de ciudadanos cuentapropistas como se esperaba, sino que agrandaron la élite burocrática gubernamental. Le dieron mayor combustible a la empresa militar Gaesa que controla más del 70% de la economía del país. Sin quererlo, junto a Rusia, China y Venezuela, EEUU se convirtió en la otra pata de la mesa que sostiene al régimen comunista.

¿Qué hizo el gobierno cubano para merecer semejante empujón? ¡Nada! Más allá de que liberó en su momento a Alan Gross, caso enmarcado en un intercambio por el que Obama envió de regreso a tres espías, Castro hizo lo contrario a lo esperado. Encarceló a más opositores, persiguió a los periodistas independientes, estorbó cada domingo las marchas de las Damas de Blanco, prohibió la apertura de nuevos partidos políticos y ni siquiera atinó a hablar de probables elecciones. Las libertades de reunión, religión, prensa y expresión siguen tan oprimidas como antes de la declamada nueva era.

Castro se burló de quienes le sirvieron en bandeja las nuevas regalías y no hizo nada por cambiar el destino de un pueblo agobiado por la falta de libertades individuales, por la escasa cultura del trabajo y por las carencias económicas. En realidad, nadie le prestó atención, porque Castro hizo lo que había prometido. Después del anuncio de Obama en la Plaza de la Revolución, ratificó orgulloso que Cuba jamás se apartaría un ápice de su revolución comunista.

Muchos critican a Trump. Consideran que lo único que busca es destruir el legado de Obama. Otros creen que el embargo estadounidense ha sido el culpable del fracaso de los Castro y que no ha servido para exportar democracia hacia la isla; o que fortalecerlo ahora, también conllevará al fracaso.

Vale aclarar que la apertura de Obama con los Castro se formalizó en diciembre en 2014, pero empezó gradualmente apenas asumió porque el derribo del embargo fue eje de su campaña. Desde 2009 permitió el flujo de viajes y comercio, envalentonado por encuestas que mostraban que los cubanos de uno y otro lado del Estrecho de la Florida ya no creían que el embargo era eficiente. También, por las sempiternas críticas aupadas en foros internacionales por los mismos Castro que argumentaban que todo lo “bueno” para su pueblo fue imposible o negado debido al embargo.

El embargo siempre le sirvió a los Castro de romántica mentira. No les impide comerciar con el resto del mundo; pero, de a poco, lo transformaron en la excusa perfecta para esconder su ineficiencia e impericia administrativa. El régimen comunista jamás, ni en Cuba ni en el mundo, funcionó a favor del pueblo, sino para el privilegio de una élite gobernante.

Las medidas adoptadas por el presidente Trump pueden ser criticadas por su estilo, pero en el fondo están alineadas a las sanciones económicas que EEUU impone a gobiernos que contravienen libertades y derechos humanos o alientan terrorismo y narcotráfico, así sean Venezuela, Rusia, Irán o Corea del Norte.

La incógnita del momento es si las nuevas restricciones motivarán la ansiada transición hacia la democracia en Cuba. No creo. Raúl y Fidel se la ingeniaron por casi 60 años para mantener el comunismo pese a las trabas económicas. El cambio podrá comenzar recién cuando no haya ningún Castro en el poder. trottiart@gmail.com
       

     

sábado, 17 de junio de 2017

Soplones y delatores: ¿Héroes o traidores?

La información oficial es una commodity apreciada, pero esquiva. Los gobernantes suelen retacearla u ocultarla, mientras los periodistas hacen lo imposible por divulgarla.

En el medio del tironeo entre el secreto y la transparencia aparecen los soplones, una especie de robin hoods de la información que, desde el poder, delatan actos de corrupción. Para los periodistas son excelentes fuentes anónimas de información. Para los gobernantes, simples traidores y conspiradores.

Los soplones sobreviven entre severas leyes criminales, códigos de ética que les demandan lealtad absoluta. Reality Winner, veterana de la Fuerza Aérea estadounidense, es una delatora. La detuvieron bajo cargos de filtrar información top secret de la Agencia Nacional de Seguridad (ANS) al medio digital The Intercept. Reveló evidencias del hackeo ruso en las elecciones presidenciales. No dio mucha información, pero lo suficiente para atraerse una dura condena que sirva de ejemplo y disuada a otros informantes.

No es el primer soplón procesado en el gobierno de Donald Trump. Tampoco será el último. Las filtraciones aumentarán, en especial porque en la Casa Blanca, Trump está generando el clima propicio para que ocurran. Es verticalista, retacea y pide a sus funcionarios retacear información, exige lealtad personal y amenaza con procesar a los soplones, sin distinguir que la ley ampara a quienes denuncian corrupción mientras que no filtren información clasificada.

El “rusiagate” sirve de ejemplo. Hasta el despedido ex director del FBI, James Comey, confesó ante una Comisión investigativa del Congreso, que filtró información al New York Times sobre sus reuniones privadas con Trump. A la postre, esa filtración fue el argumento del Congreso para investigar al Presidente. En esta historia en que el perro se muerde la cola, lo más irónico es que Comey se convirtió en un soplón, después de haber perseguido y encarcelado a más de una docena de ellos.

Ni es la única ni la mayor ironía. El presidente Barack Obama firmó en 2009 uno de los decretos de mayor peso sobre transparencia de información oficial, una especie de lupa gigante sobre su Presidencia. Y en 2012 promulgó una ley para la protección de delatores que prohibía despedir a los funcionarios que delataran hechos de corrupción. Sin embargo, fue el Presidente que mayor cantidad de información clasificó y el que más soplones encarceló en la historia. Como efecto colateral, muchos periodistas prefirieron la cárcel a tener que revelar la identidad de sus soplones.

Antes de irse, Obama perdonó al soldado Chelsea Manning, luego de purgar siete de 35 años de cárcel, por filtrar información sobre crímenes en Irak y Afganistán. Sin embargo, nunca quiso perdonar a Edward Snowden, que reveló la amplia red de vigilancia de la ANS. Y si bien no presentó cargos contra Julian Assange, por ofrecer su plataforma de Wikileaks para divulgar esas y otras filtraciones, se sabe del armado de una estrategia  intergubernamental para que Assange no pudiera gozar del asilo por fuera de las paredes de la embajada ecuatoriana en Londres.

La trama con Assange sigue. El gobierno de Trump acaba de anunciar que lo procesará, pese a que el gobierno sueco anunció la semana pasada que le retiró los cargos por violación. No se le persigue ahora por filtrar información, sino por ayudar a Snowden a escapar. Obama ya había desistido de formularle cargos, porque al hacerlo también tendría que acusar a medios y periodistas que amplificaron las filtraciones. A diferencia de Obama, a Trump le seduce la idea de pegarle a la prensa por carácter transitivo.

Trump ha dado nuevo valor al precio que la información fidedigna tiene para la sociedad. El retaceo de información, las amenazas a los delatores, las críticas a la prensa, las fake news o el uso desmedido de twitter como medio oficial, muestran que su estrategia comunicacional está alejada de su intención de “drenar la ciénaga” o perseguir la corrupción enquistada en el poder.

Los soplones, a veces protegidos por la Justicia, tienen una función relevante en la lucha anticorrupción como surge de los recientes escándalos de Odebrecht, la FIFA y los Panama Papers. Las filtraciones suelen ser el último recurso para iluminar la verdad y procurar justicia. trottiart@gmail.com


sábado, 10 de junio de 2017

La necesaria alfabetización digital: De la sátira a los delitos de odio

Cada vez es más difícil diferenciar el humor, la sátira y la parodia política, del bullying, la difamación y los delitos de odio. Se trata de una línea difusa que se hace aún más borrosa en épocas de internet.

Ninguna libertad es absoluta; y la de expresión no es la excepción. Tiene restricciones legales y límites éticos. Sucedió con la humorista estadounidense, Kathy Griffin. Sostuvo una foto de la cabeza de Donald Trump ensangrentada, recién degollada. Explicó que era una sátira por los dichos del Presidente contra una periodista. Su broma no tuvo efectos legales, pero fue éticamente censurada.  En contrapartida, CNN la cesó como animadora del programa de fin de año en Times Square.

Los comunicadores profesionales siempre están expuestos a las consecuencias por el mal uso de sus palabras y gestos. Ocurrió con el comediante político, Bill Maher, que debió pedir mil perdones por dichos peyorativos contra personas negras. Pero en esta era en que el internet y las redes sociales han convertido a los usuarios en comunicadores y medios, nadie escapa a las responsabilidades por insultar, acosar o discriminar, pese a creerse parapetados en la privacidad de los chats.

Les sucedió a 10 estudiantes esta semana. Pese a sus excelentes antecedentes académicos, la Universidad de Harvard rechazó su admisión por estar haciendo bromas homofóbicas y xenofóbicas en una página de Facebook. No se percataron que toda información digital deja huella, la que es fácilmente rastreada por oficinas de admisión, empleadores, gobiernos, policías y delincuentes.

En esta época en que la mayor parte de la conversación pública pasa por las redes sociales, el quebradero de cabeza es cómo contener la propagación de los mensajes de odio y expresiones discriminatorias. También, sobre cómo lograr el balance necesario entre incentivar la libertad de expresión y el derecho a la privacidad, a la vez que censurar los delitos de odio y la apología de la violencia.

Más allá de los grupos criminales que lucran en el internet con la pornografía, el tráfico de personas, el robo de identidad y los secuestros con virus digitales, el reto es el terrorismo, no tan solo por su propaganda de odio, sino porque está causando reacciones gubernamentales que, aunque pueden estar justificadas, podrían menoscabar la libertad digital de la que gozamos.

La premier británica, Theresa May, reaccionó de esa forma. A pocas horas del atentado en el puente de Londres pidió a la comunidad internacional alcanzar un acuerdo para regular el internet, con el argumento de privar a los extremistas de un lugar donde adoctrinar y reclutar a fanáticos.

Aunque la empatía por el duelo consiguió adeptos, su propuesta es muy peligrosa porque insiste con la posición gubernamental de darle más poder de vigilancia a las agencias de inteligencia y la policía para que espíen las redes y chats, pero sin órdenes judiciales.

Su argumento es que la autorregulación de las empresas tecnológicas no está dando los frutos necesarios para bloquear a los terroristas y a los delincuentes digitales. En realidad se está haciendo mucho más que nunca, pero sucede que el internet es un campo demasiado vasto y difícil de controlar. Facebook y Google han contratado miles de editores de contenido, YouTube impuso nuevas normas para que la publicidad no fluya hacia videos que incentiven el odio y la violencia; pero mucho no es suficiente.
Este intríngulis se advierte como el problema prioritario en la actualidad, requiriéndose esfuerzos de todos los protagonistas en procura de una necesaria alfabetización digital.

A las empresas tecnológicas les cabe la responsabilidad de hacer mucho más, pero sin relegar la protección de los derechos de sus usuarios a la expresión y la privacidad.

Los gobiernos no deben abusar de los controles, a sabiendas de que no existen delitos digitales, sino crímenes comunes cometidos a través del internet, los que ya están debidamente tipificados y legislados.


Y los usuarios debemos entender que la comunicación digital no es una simple extensión de las charlas de café. Todo mensaje conlleva responsabilidades y puede tener consecuencias. Así como las dactilares, las huellas digitales pueden delatar la bondad o la maldad de nuestras acciones. trottiart@gmail.com

sábado, 3 de junio de 2017

Falsear noticias o descubrir la verdad

Acorralado por el “rusiagate” y las filtraciones de los propios funcionarios de la Casa Blanca a la prensa, Donald Trump no tardó en poner de nuevo el tema de las noticias falsas sobre la mesa.

Resquebrajada su confianza interna, amenazó con cárcel a los soplones, cambió hasta de mayordomo, y como Frank Underwood en House of Cards, buscó chivos expiatorios por doquier, entre ellos, a periodistas y medios de comunicación a los que acusó de inventar noticias y conspiraciones. “Si no revelan sus fuentes, es porque son noticias inventadas por periodistas y medios falsos” tuiteó, bajo la etiqueta “#FakeNews is the enemy”.

Los soplones no son nuevos. Fueron siempre parte de la relación intrincada entre poder y prensa. Desde Richard Nixon a Barack Obama pasando por Bill Clinton los tuvieron que soportar, resistir y hasta encarcelar. En épocas de mayor crisis proliferan y es cuando los medios apelan a los “garganta profunda”, a sabiendas que las fuentes anónimas son el último recurso para descubrir la verdad.

Irreal sería que los medios esperasen a conferencias de prensa para enterarse de las verdades o que en un briefing, el vocero Sean Spicer contara las escaramuzas del “rusiagate”. La tendencia natural del poder, público o privado, es a esconder información y la de la prensa a revelarla.

Vale aclarar que las “verdaderas” noticias falsas siempre existieron. Trump las generó en su época de desconocido magnate para subir en la esclarea social. Impostaba su voz para llamar a periodistas y contar sus nuevos affaires con las más célebres del momento, a sabiendas que los chismes y rumores, aunque sean mentira, tienen mayor audiencia y popularidad que las verdades llanas.

Los “hechos alternativos” y la “postverdad” tampoco las inventó esta administración. Son solo nuevos calificativos de viejas mañas. En los nacionalismos, las noticias falsas eran la estrategia de la propaganda, como la repetición de mentiras que pregonaba Goebbels en el nazismo. En las dictaduras eran la “verdad oficial” que se instauraba por decreto. En los populismos eran parte del relato que servía para adulterar la verdad, como los datos apócrifos de pobreza e inflación que ofrecían el kirchnerismo y el chavismo.

El periodismo tampoco está librado de ellas. Fueron el nutriente del sensacionalismo que nació hace más de un siglo tras la guerra por mayores audiencias y más influencias entre el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Hearst.
El problema tiene ahora varios agravantes. 

El internet y las redes sociales las han exacerbado y sus fabricantes pueden conseguir jugosas ganancias. Sucedió con varios adolescentes de Veles, un pueblo de Macedonia. Crearon sitios de noticias falsas que viralizaron en redes sociales y buscadores, siendo favorecidos por los algoritmos de Facebook y Google que, sin intención, les premiaron con abundante publicidad y suculentos ingresos.

Advertidos del problema, y de que noticias falsas como la del papa Francisco que apoyaba a Trump perjudicaron el proceso electoral, Facebook y Google trataron de enmendar la situación. Crearon estrategias de contención, aunque no todas exitosas, ya que hecha la ley, hecha la trampa. Ahora emergió una nueva moda de noticias falsas disfrazadas. Sus progenitores advierten en letra pequeña que son bromas, pidiendo a los usuarios que usen esos sitios para embromar a sus colegas, amigos o familiares auto generándose un círculo de alta viralidad y rentabilidad.

Lo peligroso es que esta nueva forma de noticias falsas ha creado más bullying. Uno de esos sitios, channel23News.com, viralizó la noticia de que el restaurante británico, Karri Twist, vendía carne humana. Aunque a las pocas horas se advirtió de la broma, ya uno se imagina los daños causados.

El desafío es mayúsculo. Facebook y Google deberán hacer más para no premiar las mentiras, dejándolas huérfanas de toda publicidad y con dificultades para su propagación.

Los periodistas y medios tendrán que duplicar esfuerzos para hacer información de calidad. El cotejo de datos o el “fact checking” debe convertirse en un nuevo género periodístico, como me comentó de Aaron Sharockman, director ejecutivo de PolitiFact, una organización dedicada a descubrir la verdad y confrontar al poder. trottiart@gmail.com