sábado, 25 de marzo de 2017

Trump y su depósito de confianza

Donald Trump empezó su Presidencia con su depósito de confianza semivacío. Su pasado de celebridad televisiva lo hizo famoso, pero no creíble. Las acusaciones que vertió sobre sus colegas candidatos causaban gracia, pero no confianza. Terminó ganando las elecciones porque el depósito de Hillary Clinton estaba más vacío aún.
Cada uno posee un depósito o una imagen de credibilidad que proyecta hacia los demás; algo crucial entre aquellos individuos o instituciones cuyo trabajo depende de la confianza del público, como un presidente, una periodista o un padre en su familia. El reservorio aumenta o decrece según las acciones y dichos que se asumen. La ecuación es simple: Más verdades, mayor credibilidad; más mentiras mayor desconfianza.
Recuperar la confianza perdida no es fácil, menos en política. Muchas veces, como en la fábula del pastorcito de ovejas y el lobo, se desconfía hasta de la verdad cuando la antecedieron mentiras acumuladas. Para revertir la incredulidad, se requiere una alta dosis de buena conducta, verdades sistemáticas y resultados exitosos.
Esta no parece ser la fórmula de Trump. En la Presidencia creó más desconfianza, sobre la base de mentiras, exageraciones y teorías conspirativas. Su popularidad ahora es menor al 30%. El riesgo de gobernar sin sustento popular es alto. El Congreso, incluidos sus propios partidarios, no le respetan ni se sienten presionados para votar sus leyes, como ocurre con el nuevo plan sanitario con el que busca reemplazar al Obamacare. Y eso que está en el período de gracia de los 100 días, cuando al primer mandatario se le conceden casi todos sus deseos.
Trump deambuló varios años diciendo que Barack Obama no podía ser presidente por haber nacido fuera de EEUU. Aquella alharaca no le pasó factura porque lo hacía desde un lugar sin responsabilidad política. Distinto es ahora. Como presidente está obligado a fundamentar sus acusaciones con evidencias.
Algunas de sus exageraciones fueron inofensivas, como la que en su juramento había más gente que en el de Obama; algo que las fotografías desmintieron. Otras fueron graves, como cuando acusó a Obama de haberle intervenido los teléfonos en la Torre Trump durante la campaña electoral.
Se quedó con pura retórica, sin aportar pruebas. El director del FBI, James Comey, y el Comité de Inteligencia del Senado lo desmintieron con resultados de investigaciones en mano: “No existe evidencia” de espionaje como tal. Encima de eso, Comey dijo que su agencia abrió una nueva investigación sobre las sospechas de que el equipo de Trump mantuvo relaciones con el Kremlin; y que los hackers rusos terminaron dándole un empujoncito en la recta final del proceso electoral, a expensas de Hillary.
Trump tendrá que dar un buen viraje de timón si quiere llegar a buen puerto. Deberá cambiar de actitud, estilo y discurso. Debe dejar de lado los tuits altisonantes, alejarse de las conspiraciones y dejar de calificar de noticia falsa toda información que le disguste o no le conviene a sus intereses. La prensa, dolida por haber sido tildada de “enemiga del pueblo”, no le deja pasar una. Sus discursos, tuits y mensajes son escudriñados al máximo en busca de tergiversaciones y datos no verdaderos.
Trump está en aprietos, pero el problema lo excede. La bufonería política que se ha hecho marca registrada de unos cuantos líderes en muchos países, está carcomiendo la confianza del público en las instituciones. Varios estudios en democracias adultas y adolescentes, como las europeas y latinoamericanas respectivamente, advierten que la desconfianza pública sigue en caída libre.
La relación democracia/desconfianza es simple. La gente está cansada del ruido, de las expectativas incumplidas y de los personalismos ególatras que anteponen los intereses partidarios al bien común.  
Seguramente Trump sabe que con la confianza por el piso es presa fácil y que hacer leña del árbol caído es deporte en la política. Pero lo traiciona su personalidad.

Para revertir su situación deberá gobernar bajo la fuerza y la apariencia de la verdad. Solo así logrará recuperar y aumentar la confianza del público. El idioma inglés le enseña la fórmula correcta. La verdad y la confianza (truth y trust), palabras que comparten la misma raíz, lo invitan a caminar en esa dirección.  trottiart@gmail.com

domingo, 19 de marzo de 2017

Poniéndole el cascabel al dictador Maduro

Finalmente el régimen de Nicolás Maduro quedó expuesto. Es una dictadura dominada por una cúpula plagada de narcotraficantes que impone leyes y justicia a su medida, traicionando y violando los derechos individuales básicos de sus ciudadanos.

La denuncia más contundente contra Maduro quedó reafirmada este martes. El secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, pidió la aplicación de la Carta Interamericana Democrática o la expulsión de Venezuela de la institución si el gobierno no convoca a elecciones, crea un órgano electoral independiente, despolitiza la Justicia y libera a los más de 150 presos políticos en su haber.

Venezuela tiene 30 días para maniobrar, pero sería extraño que no consiga controlar a dos tercios de los 34 miembros que se requieren para la expulsión. Todavía, pese a su paupérrima economía interna desgastada por más de 400% de inflación y una carestía inimaginable, le queda algún aliento petrolero para embardunar las voluntades de pequeños países caribeños que mantienen una mayoría de votos uniformada.

Maduro siempre ha defendido su autoritarismo sobre la base de una cháchara anti imperialista a la cubana y se ha escudado bajo el subterfugio de la soberanía nacional que ya nadie compra. Desgastada la excusa, insistirá sobre su vocación de diálogo, ya sea con los expresidentes José Luis Zapatero y Leonel Fernández, o invocando al mandatario Juan Manuel Santos y hasta el papa Francisco, con tal de comprar más tiempo, inmunidad e impunidad.

Tampoco hay que descartar que Almagro tenga éxito. Tiene que haber medido las voluntades para sentenciar al régimen de esta forma. Su denuncia de 75 páginas fue contundente, "ruptura total con el orden democrático”. El contexto y las evidencias le dan la razón.

El chavismo es una dictadura. Desconoce al Congreso, politizó los poderes Judicial y Electoral, desconoció el proceso constitucional de referendo revocatorio, pisotea la libertad de prensa, persigue, encarcela o expulsa a disidentes sin debido proceso y su cúpula goza de los privilegios económicos que le niega a la población. Si la revolución bolivariana no endereza pronto su política y economía, corre el riesgo del desborde y estallido social.

Maduro ya no goza de las simpatías que despertaban sus petrodólares. Su verborragia y victimización están demodé. Su impopularidad es galopante en todos los frentes. Lo expulsaron de clubes como el Mercosur, Mauricio Macri y Pedro Pablo Kuczynski lo desafían y los acreedores lo acorralan.

Si el contexto político y económico interno es desfavorable, las evidencias internacionales son aún más concluyentes. El Departamento del Tesoro estadounidense situó al vicepresidente venezolano en la lista de narcolavadores, congelándole fondos por más de tres mil millones de dólares. En Nueva York, dos sobrinos de Maduro procesados por narcotraficantes, siguen en busca de reducción de condenas con sorprendentes confesiones que salpican a más de un encumbrado chavista.

Rodeado de aguas turbulentas, Maduro tiene cada vez menos opciones. La que siempre le sirvió es la de la agitación. Violencia, estallidos y una oposición desafiante pueden darle excusas para fortalecer el autoritarismo y atizar un diálogo – al que nadie se puede negar – para seguir legitimado su reinado. Otra opción es renunciar al poder al estilo Alberto Fujimori, no desde Japón, sino en La Habana. Otra posibilidad es un nuevo autogolpe, con un gobierno sin Maduro, lo que le permitiría al chavismo una salida airosa y estirar las elecciones hasta el 2018.

Almagro tal vez no logre su objetivo. Varios gobiernos – Brasil, Costa Rica, Perú – prefieren más cautela y creen que la invocación de la Carta Democrática serviría para buscar otras alternativas, no para expulsión.

Lo interesante del informe, sin embargo, es que le pone el cascabel al gato. Ya nadie podrá decir que se trata de una democracia imperfecta: Es una dictadura. Además, Almagro obliga a todos los gobiernos a salir del silencio cómplice con una apelación directa al sentido interamericano: “Aprobar la suspensión del desnaturalizado gobierno venezolano es el más claro esfuerzo y gesto que podemos hacer en este momento por la gente del país, por la democracia en el continente, por su futuro y por la justicia”. trottiart@gmail.com


miércoles, 15 de marzo de 2017

La economía creativa, la otra industria de Miami

La noción de que Miami sobresale y atrae al mundo entero por lo más relevante de su ADN - industria turística, maquinaria del entretenimiento y lujosos proyectos inmobiliarios – es verdadera y en continuo auge.

Sin embargo, esa es la parte visible del témpano. Debajo de la superficie está creciendo otra industria, la de la creatividad, buscando catapultar a la adolescente Miami hacia la adultez de urbes como Nueva York, Los Ángeles y Boston.

No significa que Miami desdeña su industria hospitalaria, pero la aprovecha para abrazar otras disciplinas que le pueden aportar más desarrollo y progreso. Un estudio de la Universidad Internacional de la Florida ensalza a la Clase Creativa - 642 mil empleos o un 26% de la fuerza laboral del sur de la Florida – sector definido como el que aporta trabajo intelectual en áreas de la salud, ciencias, tecnología, leyes, educación, prensa, banca y finanzas.

El estudio compara a Miami con otras 52 ciudades de más de un millón de habitantes que albergan 42 millones de empleos de la Clase Creativa, a la que  califica de motor clave del crecimiento y la prosperidad de una comunidad. En Miami el área de la salud aporta 154 mil empleos; banca y finanzas, 136 mil y educación, 118 mil empleos.
El informe centra la mayor debilidad en el sector tecnológico, donde se apuntan 46 mil empleos, lejos de otras ciudades como San Francisco, Boston y Nueva York que han sabido emular la fórmula inversionista-impositiva del Valle de Silicón. Pero resalta los 43 mil empleos en deportes, artes y arquitectura, destacando el impulso que atrajo la feria de Art Basel y obras de arquitectos de renombre como Frank Gehry. Asimismo, recomienda a Miami mejorar sus ofertas en salud y educación, convirtiéndolas en disciplinas for export.

El informe apareció esta semana en un momento justo para mitigar controversias de la industria turística, la que no por ser exitosa, está en armonía. 2016 atrajo récord histórico de visitantes a Miami, pero con ciertos disgustos. La oficina gubernamental Visit Florida se vio envuelta en un conflicto legal y ético tras pagar un millón de dólares al rapero miamense de origen cubano Pitbull, para promocionar las playas de Miami. Muchos piden la disolución de la oficina en la creencia de que el gobierno no debe subsidiar con el dinero de los contribuyentes lo que le corresponde al sector privado. Otros creen que gastar en promoción turística sobre Miami es como vender heladeras en la Antártida.

El conflicto mayor, sin embargo, es entre la industria hotelera y los políticos contra Airbnb, el sistema de alquiler temporal que tiene a más de cinco mil vecinos anfitriones en Miami y Miami Beach y que en 2016, solo en Miami, hospedó a más de 140 mil turistas.

Miami va camino a imitar a Miami Beach. Propone multas de 20 mil dólares a los vecinos que alquilen sin permiso. Las autoridades argumentan que los alquileres temporales a turistas arruinan la vida en vecindarios y edificios, y con ello se reduce el precio de las propiedades y se encarecen los alquileres para los residentes estables. 
Sobre el argumento de vecinos y Airbnb al derecho a disponer del mejor uso de la propiedad, los hoteleros reclaman competencia desleal ante la carga impositiva y las regulaciones que ellos deben cumplir.

El conflicto está lejos de ser solucionado, pero seguro que se encontrará un resquicio así como con Uber, sistema de taxi privado resistido en su origen. La industria, empero, aporta otros bálsamos. Esta semana, Royal Caribbean anunció la construcción de una nueva terminal de cruceros en el Puerto de Miami. La inversión de 247 millones de dólares creará cuatro mil nuevos empleos, los que se sumarán a los 10 mil que generará el American Dream, el mall más grande del continente que se empezará a construir en el barrio Miami Lakes, con cancha de esquí alpina incluida.

Lo positivo del informe universitario es que descubre ese otro Miami debajo de la superficie. Una introspección que deberían hacer todas las ciudades para saber cómo proyectarse hacia el futuro. Ni a Miami ni a cualquiera otra urbe le es suficiente depender de una sola industria por más robusta que ella sea. Deben complementarla con la pujanza de la economía del conocimiento. trottiart@gmail.com


sábado, 4 de marzo de 2017

Trump más presidencial; pero falta transparencia

Donald Trump no dijo nada diferente ante el Congreso de lo que había sostenido hasta ahora. Pero lo expresó en un tono distinto. Más mesurado y conciliador. Menos arrogante y convulsivo que en sus primeros 40 días de gobierno.

Su estilo de martes en la noche sorprendió y ganó audiencia. Fue tal el cambio de tono que sus críticos más acérrimos de la CNN y los más indulgentes de FoxNews, coincidieron. Entró al Congreso como candidato y salió convertido en Presidente.

En la tarde ya se avizoraba el cambio. Trump subrayó que se daba la más alta calificación por lo que había hecho y logrado, pero casi un aplazo por no haber sabido comunicar su mensaje. La disfrazada humildad exultaba confianza por un discurso que sabía tendría alto impacto.

El estilo diferente le permitió hablar de lo mismo sin producir los retorcijones acostumbrados. Insistió con una agresiva política anti inmigratoria, terminar con la “corrupción del pantano”, hacer una profunda reforma impositiva, acabar con el Obamacare, crear empleos, producir made in USA y construir puentes y caminos.

Los demócratas ni aplaudieron ni coincidieron, pero tampoco se sintieron satirizados como otras veces. Debieron asentir por políticas a favor de la mujer, de las minorías y por un gesto de manso nacionalismo que hasta sorprendió a gobiernos extranjeros que siempre sintieron el peso de un Washington avasallante: “Mi trabajo no es representar al mundo, sino representar a EEUU”.

Más allá de que la narrativa fue la misma, queda así comprobado que el cambio de tono al expresar las palabras hace la diferencia; minimiza divisiones y despolariza. Los legisladores demócratas igualmente creen que existe profunda divergencia entre los dichos de Trump y sus acciones. El pecado no es nuevo. También se acusaba a Barack Obama de lo mismo. Era un maestro de la oratoria mesurada. Declamaba transparencia, pero su Presidencia fue restrictiva en información pública; persiguió a funcionarios soplones y espió a extranjeros; abrazaba a musulmanes y latinos, pero deportó a millones como ningún otro presidente del pasado.

Cambiado el tono, lo que ahora importa es la esencia del discurso y que sus palabras no estén peleadas con la verdad.

El ruido generado por el tren Rusia, de no ser disipado a tiempo y con transparencia puede descarrilar su Presidencia. La renuncia de Michael Flynn, asesor de Seguridad Nacional y la inhibición del Fiscal General, Jeff Sessions, para no involucrarse en las investigaciones criminales sobre las influencias rusas en la campaña electoral, son síntomas que pueden tirar todos sus logros por la borda.

Los demócratas y los servicios de inteligencia se la tienen jurada, buscarán la verdad hasta debajo de las piedras. No olvidan que la ciber inteligencia rusa denunció el tráfico de influencias en su partido y desmoronó la campaña de Hillary Clinton.
La prensa también está obstinada con la verdad. La “enemiga del pueblo” seguirá fiscalizándolo sin piedad y obteniendo filtraciones de inteligencia como las que terminaron por demostrar el acercamiento de los funcionarios y de su yerno Jared Kusher con el embajador ruso, Sergei Kisliak.

En este forcejeo entre Trump y la prensa que se acusan de generar noticias falsas y de inexactitudes por igual, cada uno responde con sus mejores armas. Trump despotrica en sus discursos y tuits, mientras la prensa investiga, denuncia y critica.

Durante la politizada y fallida noche de los Oscars, el New York Times publicó un spot televisivo tajante. En fondo blanco con letras negras, con la búsqueda de la verdad como título, ironizó las “verdades” de Trump con varias frases. “La verdad es que tenemos que proteger nuestras fronteras” o “la verdad es que las celebridades deberían mantener la boca cerrada”. Tras una docena de ironías similares sobre esta agitada etapa política, el mensaje final en defensa del buen Periodismo, el spot sostuvo: “La verdad es difícil de encontrar… de saber… y es más importante que nunca”.

En definitiva, hay dos cosas sobre la mesa. Una es de estilo y Trump tiene la opción de construirse como Presidente con un tono mesurado que invite al diálogo. La otra es de fondo y no tiene opción: Tiene la obligación de apegarse a la verdad y a la transparencia. trottiart@gmail.com


sábado, 25 de febrero de 2017

Trump y los adjetivos (des)calificativos

Dudo de los que usan adjetivos calificativos en forma constante. Desconfío aún más de los que abusan de esos adjetivos, porque tienden a exagerar, manipular o a enmascarar la realidad.

Desconfío del presidente Donald Trump. Muchos de sus discursos y acciones están teñidos de un gran repertorio de calificativos, usado indistintamente para ensalzar o degradar personas y situaciones.

A diferencia de los sustantivos que sirven para describir la realidad, los adjetivos inducen sensaciones o crean imágenes que son interpretadas en forma subjetiva por cada individuo, según sus experiencias y prejuicios. Por ejemplo, “un gran perro” se presta a suposiciones sobre el tamaño o la cualidad del animal o “mucha corrupción” despierta preguntas sobre qué nivel de podredumbre existe. Sin embargo, “un Dálmata de 80 cms. de altura” o “Odebrecht sobornó a Alejandro Toledo con 20 millones de dólares”, son descripciones objetivas que no dan lugar a conjeturas.

El vocabulario acotado pero emotivo de Trump es riquísimo en crear imágenes.  Ensalza virtudes como con el eslogan “Devolver la grandeza a América” o para enaltecer a sus allegados, “mi gabinete es el mejor de la historia”. Al mismo tiempo ofende con epítetos y debilidades que reitera hasta convertirlos en nuevas imágenes. Desde la campaña hasta la actualidad, viene apodando a sus adversarios. Bautizó a Hillary de “Debilucha”; le dijo “pequeñito” a Marco Rubio; “miente, miente y miente” dijo de Ted Cruz  y “no tiene energía” indicó sobre Jeb Bush. A los mexicanos los calificó de violadores y asesinos”; a la prensa de “basura, parcializada y deshonesta”, y a la CNN, el Washington Post y el New York Times, los apodó de “enemigos del pueblo”.

Después de los desprecios de Trump contra la prensa, su colega de partido, el senador John McCain afirmó: “Cuando miras la historia, lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”. McCain no necesitó mirar lejos hacia atrás. La historia reciente de América Latina ha demostrado el peligro que conllevan los adjetivos calificativos cuando son utilizados desde el poder. El eslogan de los Kirchner sobre “Clarín miente”; el de “apátridas” que lanzaba Hugo Chávez a los periodistas; las demandas millonarias de Rafael Correa contra los “pelucones” de El Universo; así como las listas negras de medios que mantenía Alberto Fujimori, confirman la ecuación de McCain: Más persecución a la prensa, menos democracia.  

Antes de tomar medidas concretas contra sus adversarios, los autoritarios suelen primero descalificarlos para generar empatías en la población. Las calificaciones de “enemigos del pueblo” a la prensa en aquellos países valieron de excusa para crear “leyes correctivas” como la de Medios en Argentina, de Responsabilidad Social en Venezuela y de Comunicación en Ecuador. Solo sirvieron para legitimar la censura oficial y proteger a los gobiernos de las críticas y las denuncias por corrupción.

Es improbable que Trump pueda pasar a los hechos. En EEUU existen contrapesos y la Corte Suprema defiende la Primera Enmienda constitucional a rajatabla, una figura que prohíbe dictar leyes en contra de las libertades, entre ellas las de prensa y expresión.
Más allá de que no pueda hacer mucho, preocupan sus intenciones. Durante  la campaña dijo que modificaría las leyes de difamación para demandar y castigar a los medios con grandes sumas de dinero. También su campaña y el Partido Republicano crearon una “encuesta de responsabilidad de los medios de comunicación” en la que insinuaban que la prensa atacaba injustamente al candidato. Viendo esto en retrospectiva, no es casual que su retórica haya evolucionado hasta calificar a los medios como “enemigos del pueblo”.

Así como en el sur, los ataques de Trump contra la prensa le sirven para tapar la realidad y evitar conversaciones sensibles. Acusa a los medios de ser usina de “noticias falsas” con la intención de generar dudas sobre todas las noticias y así disimular los desbarajustes con Rusia o no revelar sus declaraciones de impuestos.


El bullying presidencial no es novedoso, pero sí preocupante en este caso. Proviene del Presidente de un país que debe tener cierto comportamiento y liderazgo; una vara de medición que tienden a usar sus colegas del mundo democrático. trottiart@gmail.com

sábado, 18 de febrero de 2017

Odebrecht: Todos salpicados

Las justicias de Brasil y EEUU revolearon la media en el caso Odebrecht y salpicaron a medio mundo. Muchos son los gobiernos, presidentes y funcionarios en América Latina que fueron embardunados por los sobornos de la constructora brasileña.

Desde que Marcelo Odebrecht y 77 de sus ejecutivos decidieron confesar y delatar a quienes sobornaron para ahorrarse unos años de condena, se pronostica un efecto cascada que arrasará con varios gobiernos de los 12 países donde mantenía su esquema de corrupción para adjudicarse obras públicas.

Entre tanta podredumbre encubierta, lo positivo del destape provocado por la Justicia brasileña, es que incentivó la cooperación judicial internacional, que se compara a lo que EEUU motivó con las acusaciones en contra de la FIFA, las que ayudaron a barrer gran parte de la suciedad en el fútbol.

Esta semana en Brasilia se reunieron fiscales de 15 países para coordinar medidas que les permitan mayor rapidez y eficiencia para encausar a quienes resulten delatados por las “confesiones del fin del siglo”, apodo que la prensa le dio a las revelaciones de los 77 ejecutivos, apenas termine el secreto de sumario. Los primeros coletazos concretos fueron de los fiscales de EEUU. Señalaron esquemas de lavado de dinero, empresas fantasmas y nombres de quienes fueron favorecidos por la oficina Sector de Operaciones Estructuradas de Odebrecht, desde donde se originaban los sobornos, de los cuales, 320 millones de dólares fueron destinados a las maquinarias electorales de la región.

Odebrecht ya pagó 3.500 millones a Brasil, Suiza, EEUU, República Dominicana, Perú y Panamá para seguir operando y pagar el salario a sus 168 mil empleados. Sin embargo, las multas no exonerarán a nadie. La prueba es que la Fiscalía peruana esta semana ordenó la captura, recompensa mediante, del ex presidente Alejandro Toledo que habría embolsado 20 millones de dólares, delito que también se les imputa a sus colegas Alan García y Ollanta Humala.

El caso peruano, así como los señalamientos contra el presidente brasileño Michel Temer, su colega, la destituida Dilma Rousseff y el ido a menos Lula da Silva, hace que gobiernos y ex dirigentes en Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, República Dominicana, Panamá y Venezuela, pongan sus barbas en remojo.
En los próximos meses se verá a muchos buscando abogados defensores y a partidos políticos y empresas inventar conspiraciones internacionales para escudar a los suyos. Lo importante es que la internacionalización de los delitos permite menos escudos y las justicias locales (al menos las que tienen cierto grado de independencia) se sentirán más libres y comprometidas para acabar con la impunidad, el principal escollo que debe superar América Latina, como señaló Transparencia Internacional en su informe de 2016.

A la impunidad y la corrupción se le suma el terrorismo y el narcotráfico como los desafíos importantes de la región. La Justicia de EEUU observó todos esos vicios reunidos en una sola persona, el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami. Lo incluyó esta semana en la Lista Kingpin, acusándolo por su “significativo papel en el narcotráfico internacional”, y trabándole su fortuna de 3 mil millones de dólares, cientos de ellos invertidos en empresas y edificios en el área de Miami.

Era previsible que el presidente Nicolás Maduro terminaría acusando al imperio de entrometerse en la soberanía nacional. Antes argumentó la misma defensa por sus sobrinos enjuiciados por narcotráfico ante tribunales de Nueva York y por las acusaciones en el mismo sentido que la prensa internacional hizo contra Diosdado Cabello, quien lo secundó en el poder hasta hace poco. Sin mucha credibilidad y apresado en su propio narcoestado, Maduro esta vez cortó el hilo por lo más delgado. Ordenó prohibir la señal de CNN en Español, acusando a la cadena de hacer “propaganda de guerra” imperialista.

La historia de Odebrecht ojalá ratifique el dicho de que no hay mal que por bien no venga. Es de esperar que el mal producido, sirva para crear buenos antídotos contra la impunidad y la corrupción. Leyes más severas, más independencia y recursos para los sistemas judiciales, sistemas de cooperación internacional y mayor transparencia se hacen herramientas obligatorias. trottiart@gmail.com

sábado, 11 de febrero de 2017

Donald Trump, fuente de inspiración

La locomotora Donald Trump tiene a medio mundo a la defensiva. Sus medidas son controversiales y su personalidad avasalla. Pero para quienes se ganan la vida con la parodia y la sátira, el magnate devenido en Presidente no es intimidante, sino fuente de rica inspiración.

Comediantes y caricaturistas políticos están en su mejor primavera. Hace rato que una personalidad de tan alto nivel, no apiñaba tantos atributos juntos para la mofa: Peinado caricaturesco; actitud enérgica, dominante e intempestiva y  declaraciones tan fuertes como jocosas y delirantes.

Trump despierta creatividad copiosa. Ataca, contraataca, se desdice, alaba con adjetivos de novela barata y ataca de nuevo con epítetos y naturalidad asombrosa. En sus primeras semanas tiró dardos a medio mundo. Calificó a migrantes latinos de asesinos, a musulmanes de terroristas, a periodistas de deshonestos y a espías de falsear noticias. No recibió al presidente mexicano, le cortó el teléfono al primer ministro australiano, calificó de aburrida al canciller alemán y al juez federal que paró en seco las visas de entrada para refugiados, lo responsabilizó por cualquier atentado que suceda en el país. Criticó a la CIA y a la OTAN; luego les tiró flores, culpando a los medios por descontextualizarlo.

Todo este cambalache presidencial es munición e inspiración para los comediantes. El programa Saturday Night Live hace décadas que satiriza con astucia a los políticos, pero nunca tuvo ratings tan sostenidos como ahora con el excepcional Alec Baldwin en el papel de un tozudo y aniñado Trump. Este domingo reaparecerá en HBO el comediante John Oliver con Last Week Tonight, sabiéndose que por su origen inglés deparará bromas por su posible deportación y contra el slogan trumpiano de America First.

Trump aparenta a ser de teflón ante las críticas y protestas que generan sus medidas, así sea de mujeres enojadas o inmigrantes rechazados. Pero para quien siempre ha cuidado cada detalle de su imagen y marca personales, desde la recepción de hoteles y edificios hasta los complejos de golf que llevan su nombre, le resulta difícil asimilar ataques directos a su peinado, a su forma de hablar o las parodias contra sus allegados en el Gabinete.

Prueba de ello fueron sus tuits contra Baldwin, del mismo calibre que le prodigó al gobierno de Irán por sus pruebas balísticas. Esa reacción desproporcionada también la tuvo contra Melisa McCarthy, actriz comediante que se hizo un festín con el vocero presidencial Sean Spicer, en un sketch hilarante, en el que lo parodió en una conferencia de prensa por sus defensas elípticas de las metidas de pata del Presidente.

Trump puede amilanar a muchos, pero los comediantes, siempre a la caza de defectos y debilidades, usan los ataques para redoblar la apuesta. Para los caricaturistas políticos, que usan un humor más burlón e irreverente, también es un lienzo en blanco para mensajes que en pocos trazos dicen mucho. El más potente fue la tapa de la revista alemana Der Spiegel esta semana. Un comic de Trump sostiene la cabeza de la Estatua de la Libertad, todavía sangrante, a la que acaba de degollar.

La sátira, que hace un paralelo de Trump con los extremistas islámicos y ridiculiza su política antinmigrante, generó varias amenazas contra el caricaturista Edel Rodríguez, un refugiado cubano que llegó a EEUU con el éxodo del Mariel. Aunque para sorpresa, la ilustración no generó la controversia de la caricatura del New York Post que ridiculizó a Barack Obama como un chimpancé asesinado a tiros por la policía. Tampoco incentivó la violencia que ocurrió con los periódicos daneses o la revista francesa Charlie Hebdo, por mofarse de Alá.

Más allá de las características y el contexto, la ventaja de la parodia y la sátira políticas es que no están limitadas por la realidad y la autenticidad como los géneros tradicionales del Periodismo. Explotan la exageración, el sensacionalismo y el impacto, los mismos atributos que Trump maneja con destreza.

Esta igualdad de propiedades excesivas que comparten Trump y la burla política, quizás sea el antídoto que termine por controlar y serenar al Presidente, algo que todavía no han logrado otros presidentes, jueces, periodistas ni dirigentes de la oposición. trottiart@gmail.com