viernes, 10 de agosto de 2018

Delirio de impunidad


La Justicia lenta, ineficiente, politizada o secuestrada por el poder es la mayor debilidad de América Latina. Esta anemia judicial ha estimulado en muchos poderosos un delirio de impunidad; el creer convencidos que sus actos corruptos jamás serán castigados.

A veces, la Justicia echa por tierra ese trastorno mental. Ocurrió esta semana con el ex vicepresidente argentino Amado Boudou. Fue condenado a casi seis años de cárcel por corrupción, siguiendo el camino de otros funcionarios kirchneristas que también sufrieron de ese delirio, magnificado por el poder que en su momento creyeron absoluto.

América Latina tiene una larga lista de ex mandatarios, funcionarios, empresarios y dirigentes que terminaron en la cárcel por creer que su poder, estatus y la inmunidad de sus cargos los blindaba de por vida. Ahí están los ex presidentes recientes Lula da Silva, el panameño Ricardo Martinelli, el salvadoreño Elías Saca, el guatemalteco Otto Pérez Molina, entre tantos otros, sumados a los peruanos Alberto Fujimori y Ollanta Humala, al costarricense Miguel Ángel Rodríguez, a Carlos Menem, a los dictadores Videla, Galtieri, Pinochet…

Marcelo Odebrecht es el arquetipo del empresario corrupto. Sobornó a funcionarios latinoamericanos con más de 800 millones de dólares para conseguir obra pública en forma directa. Lo mismo sucedió con una docena de sus colegas argentinos que fueron detenidos esta semana tras revelarse el contenido de los ocho cuadernos del chofer Oscar Centeno. Minuciosamente escritos, Centeno detalló como los ex gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner recaudaban millones en efectivo entre empresarios, en un intercambio de coimas por obras públicas.

Los cuadernos ya son parte del anecdotario de la corrupción rampante de América Latina. Son clara evidencia como los videos que registraba Vladimiros Montesinos, mano derecha de Fujimori, los recientes audios por las “ventas” de sentencias judiciales en Perú, los relatos de los 77 ejecutivos arrepentidos del Lava Jato brasileño, los sobornos a través de cuentas bancarias en EE.UU. del FIFAgate y las revelaciones periodísticas sobre los Panama Papers y los Paradise Papers.

Muchas evidencias fueron fortuitas para la Justicia, entre ellas los cuadernos en lo que Centeno escribió por 10 años dónde, cuánto y de quién se recaudaba y los “vladivideos” con los que Montesinos filmó cuánto, a cambio de qué y a quién entregaba el dinero, para luego extorsionar a sus víctimas.

Ante tanta podredumbre contabilizada, uno se pregunta cuál será la magnitud de toda la corrupción que no se registra o descubre y por qué es tan desigual la lucha entre buenos y malos. Indigna que la Justicia tenga mucho menos herramientas, recursos y profesionales que la maquinaria de la corrupción, así como las fuerzas de seguridad tienen menos poder de fuego que las bandas del narcotráfico y el crimen organizado.

El agravante es que la corrupción y el delirio de impunidad tienen muchos cómplices. Dos tipos se destacan. Uno de origen político-cultural que surge de la polarización política. Muchos defienden a los corruptos porque comparten su ideología o para no dar el brazo a torcer ante el otro bando. Se sintió así con los seguidores de Boudou. Pese a todas las evidencias, insisten en que la condena es una caza de brujas o un tiro por elevación para coartar las aspiraciones electorales de su ex jefa, Cristina Kirchner.

El otro cómplice del delirio de impunidad es la ley de fueros que blinda al corrupto con un manto de inmunidad. En países con tanta corrupción que investigar, los procesos electorales no deberían permitir que un Presidente pueda optar por un escaño en el Congreso en forma inmediata. Al menos deberían tener que esperar por un período para que puedan ser investigados por cualquier sospecha. La rendición de cuentas y la transparencia se deben imponer siempre y no ser solo promesas de campaña o adornos en discursos inaugurales. trottiart@gmail.com

Posdata: Al cumplir ahora en agosto 10 años de escribir cada semana en forma ininterrumpida esta columna Mensajes y Sociedad, he decidido despedirme temporalmente para dedicarme a otros proyectos que tengo postergados. Seguiré escribiendo, pero en otro formato más simple, ya que no podré dejar el vicio, la disciplina, las ganas y la estructura.  

sábado, 4 de agosto de 2018

Intoxicados de desconfianza


Facebook los descubrió y el gobierno de EEUU los acusó. Los hackers del gobierno ruso están tratando de influenciar las elecciones legislativas de noviembre, así como lo hicieron en las presidenciales de 2016 y en otras votaciones en el mundo entero.

El nuevo escándalo es mayúsculo, pero los políticos en EE.UU. y de otras naciones no deberían rasgarse tanto las vestiduras. Todos los gobiernos y partidos políticos en esta era digital tienen “cibertropas” que a fuerza de mentiras, difamación y propaganda engañosa buscan captar votos a como dé lugar.

Esas reglas de juego, justificadas en elecciones y que las leyes castigan en cualquiera otra actividad, son una de las principales fuentes de desconfianza pública que afecta a la sociedad y a las instituciones, entre ellas, los propios gobiernos y partidos políticos que las generan.

Lejos de desaparecer, las prácticas propagandísticas son cada vez más comunes y sofisticadas debido a los consultores y, también, a los hackers que intentan dinamitar los procesos. Antes, la propaganda y la información engañosa se esparcían desde los actos de campaña y, de alguna forma, eran filtradas por los medios de comunicación. Hoy, gracias a que las redes sociales nos han convertido en medios, todos estamos expuestos a la manipulación directa y a potenciar el engaño compartiendo noticias falsas por doquier.

Esta semana el Congreso de EE.UU. levantó su voz contra la industria del internet y su permisividad ante las noticias falsas. Temen que en las próximas elecciones legislativas de noviembre ocurra la misma invasión de trolls rusos que en 2016. La reprimenda no fue casual. Facebook anunció que desbarató una “acción coordinada” de propaganda rusa. Desactivó 32 cuentas y perfiles falsos que eran usados para influenciar a miles de usuarios, hasta para empoderarlos a marchar en contra de las policías en varias ciudades. La campaña información tóxica tendría el mismo patrón que la de las elecciones pasadas cuando se bombardeó con engaños a 126 millones de usuarios.

El Congreso también le reclamó mayor determinación al presidente Donald Trump para que admita y ataque el fenómeno ruso. Pero resulta una ironía la de buscar culpables en otro lado o de hacer responsables a Facebook y Google, cuando las culpas también son propias. Los legisladores deberían implementar reglas más estrictas de conducta electoral, tener mejores filtros para admitir candidatos y exigir mayor transparencia financiera a los partidos políticos.

Ningún gobierno puede esquivar el bulto. Un nuevo estudio del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford demuestra que existe cada vez mayor inclinación a la “manipulación del debate público”. Destaca que la mayoría de estas campañas son creadas por “cibertropas” al mando de  gobiernos y partidos del propio país, y no de hackers foráneos como se denunció en el caso de Facebook, Instagram y redes de mensajería.

El Instituto de Oxford determina que si bien los casos más notorios sobre influencia negativa de procesos electorales fueron la votación en EE.UU y el referéndum del Brexit en Inglaterra, ambos en 2016, la práctica de manipulación electoral digital, a través de bots, cuentas falsas y creciente gasto de publicidad digital, es común desde 2010 y afecta a 48 países, incluido Brasil, que celebrará presidenciales en octubre en un clima tóxico de falsedades.

El lado positivo de estas negativas tramas rusas es que ha permitido visualizar y calibrar el daño concreto que pueden causar la propaganda y las noticias falsas, habiendo motivado procesos para remediar esos perjuicios, como lo intentan Facebook, Twitter y Google.

Recobrar la confianza requerirá mayores esfuerzos. Las redes sociales tienen mucho más por hacer para combatir la toxicidad, al tiempo que deben mantener el equilibrio entre la censura y la libertad de expresión. Los medios deberán insistir en la calidad de contenidos y restablecerse como relevantes en sociedades digitales que ya los daban por muertos a corto plazo.

A los ciudadanos nos queda tomar conciencia de la alta responsabilidad que implica el uso de redes sociales y el consumo-difusión de información. Sin embargo, la mayor responsabilidad les cabe a los gobiernos y los partidos. Deberían cambiar la cultura de hacer política y su conducta en procesos electorales. trottiart@gmail.com

sábado, 28 de julio de 2018

Sin Periodismo, hay consecuencias


Sin contenido de buena calidad, los medios de comunicación y el Periodismo van camino al suicidio. Y sin Periodismo las consecuencias son letales para la sociedad y la democracia.

Arribé a esta conclusión en la conferencia SIPConnect que celebramos esta semana en Miami. Unos 180 representantes de medios de 25 países debatimos durante tres días sobre la transformación de los medios en la complicada era digital. El modelo de negocios tradicional del Periodismo, basado en la publicidad y penetración en el mercado con productos masivos a un público general, está en vías de extinción.
La publicidad ahora es escasa y la penetración insignificante. Ya no importa el rating, tampoco los likes, sino cuán comprometida queda una audiencia, segmentada por género, edad, gustos, etc…, como para compartir información, consumir publicidad personalizada y estar dispuesta a pagar por ese contenido a través de suscripciones digitales.

Google, Facebook y otras plataformas digitales evolucionan mes a mes con nuevos criterios, formas e incentivos para distribuir contenidos. A los medios les resulta casi imposible mantener ese ritmo vertiginoso de cambio. Pero tienen que intentarlo porque la tendencia es irreversible. El público consume cada vez menos información en los soportes tradicionales, papel, televisión y radio. Prefiere contenidos audiovisuales y consumirlos en teléfonos y otros dispositivos móviles. Quiere, además, que esos contenidos les resulten útiles y poder compartirlos.

En este nuevo contexto no hay otra opción para los medios que enfocarse en crear contenidos de calidad. Sin estos no será fácil intentar nuevos modelos de negocios por más alucinantes que sean. Sin calidad ya no habrá Periodismo sustentable. Alex Villoch, la presidenta del Miami Herald Media Company lo dijo sin tapujos. La transformación (digital) de su compañía se basó en una premisa periodística de la que ahora están imbuidos todos los periodistas. La calidad de los contenidos prevalece sobre la cantidad. Se cambió el mantra de la primera época digital cuando se creía que la gente necesitaba mucha información y a toda hora. En esta época hiper informativa, el público es más selectivo, quiere contenidos diferenciados, únicos y con valor agregado.

También coincidió Carla Zanoni del Wall Street Journal, diario en cuya redacción hay ingenieros de datos además de periodistas. Ayudan a medir los distintos públicos, sus preferencias informativas, a qué hora del día y por qué medios prefieren consumir, lo que contribuye a crear información personalizada y relevante. Luis de Uriarte de Facebook dijo que el reto del Periodismo en las redes sociales no es dar información sino historias que generen conversación y que la gente quiera compartirlas. Facebook cambió su algoritmo para privilegiar la calidad de los contenidos en demérito de la cantidad.

El movimiento por la calidad viene a colación de una encuesta sobre Confianza, Medios y Democracia de Gallup y la Fundación Knight. Estableció que el público considera que la proliferación de la mayoría de fuentes de noticias en línea no adhiere a los estándares básicos de precisión y rigurosidad periodística, lo que dificulta determinar qué es verdadero e importante. El público quiere calidad.

El problema es que sin calidad no hay fortaleza económica para el Periodismo y las consecuencias pueden ser graves, en especial cuando no se generan contenidos incisivos e incómodos ni se crea conversación relevante.

Un estudio reciente de las universidades estadounidenses de Illinois y de Notre Dame midió los efectos negativos que tiene el cierre de un periódico en una comunidad. Encontró datos importantes. Sin medios o periodistas la investigación comparativa entre varias ciudades demostró que empeoraron las finanzas municipales, aumentó la corrupción, los funcionarios incrementaron sus sueldos y subieron los impuestos.
Basta mirar a Venezuela, Cuba y Nicaragua o a cualquiera de las dictaduras que le precedieron en el mundo para llegar a la misma conclusión. Lo primero que hicieron esos regímenes para gobernar a sus anchas fue perseguir y encarcelar periodistas, silenciar y cerrar medios de comunicación. Sin Periodismo, la sociedad democrática está a la deriva. trottiart@gmail.com


sábado, 21 de julio de 2018

Nicaragua y Venezuela: la democracia como escudo


La democracia es el mejor sistema de gobierno. Es tan bueno, que hasta los corruptos y tiranos se escudan en ella para continuar siendo tramposos y totalitarios.
Nicaragua y Venezuela resaltan este concepto. 

Los regímenes de Daniel Ortega y Nicolás Maduro se mantienen en el poder sin consecuencias, pese a sus abusos y excesos. Con total impunidad persiguen y encarcelan a opositores, reprimen manifestaciones públicas, censuran la libertad de prensa, deshacen procesos de diálogo a su antojo, disuaden con violencia extrema, dosifican alimentos e incentivan el éxodo.

Ortega asumió su segunda presidencia en 2007 y Maduro en 2013 como continuador de la dictadura de Hugo Chávez que arrancó en 1999. Se vienen aferrando al poder mediante elecciones fraudulentas a las que no permiten supervisión. Más que asumirse gobierno para administrar los bienes de todos, siempre se arrogaron ser Estado, de ahí que les resbala el sistema republicano que obliga a respetar el equilibrio de poderes y a las minorías.

Si esta crisis política, social y económica hubiera ocurrido en los 70, Ortega y Maduro ya serían pasado. En aquellas épocas, también oscuras, los golpes de Estado primaban por sobre los procesos electorales. Ahora, los resortes democráticos para desembarazarse de regímenes corruptos y autoritarios son más respetuosos y complejos. La democracia reclama métodos prolijos y transparentes, aunque no coinciden con la preferencia de quienes sufren en carne propia a los dictadores.
Sin probabilidades de golpes de Estado, invasiones o revoluciones internas, Ortega y Maduro acusan que cualquier propuesta de elecciones anticipadas o de diálogo con la oposición son injerencias a su soberanía, actos de sabotaje o terrorismo internacional. 

Mientras tanto, ganan tiempo prometiendo negociaciones y diálogos que nunca cumplen. Estos dictadores siguen desviando la atención pese a saber que la comunidad internacional puede vigilar situaciones internas cuando hay flagrantes violaciones a los derechos humanos, tal lo establecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos desde 1948.

Por suerte, la comunidad internacional está ahora más proactiva que en las primeras épocas del chavismo, cuando Chávez compraba silencios con una abultada “petrobilletera” y apalancaba regímenes autoritarios como el de Ortega.
A las sanciones económicas e inmigratorias que impusieron EE.UU., Canadá y la Unión Europea a funcionarios de alto rango de ambos países, en la OEA hubo acuerdos esta semana para exigir a Nicaragua elecciones anticipadas y el cese de la violencia que contabiliza más de 350 asesinatos a manos de paramilitares y francotiradores progubernamentales. Veintiún países respaldan a la oposición y a la Iglesia Católica de Nicaragua que pidieron que Ortega se someta a elecciones el 31 de marzo de 2019, dos años antes de lo previsto.

Ante la propuesta que Ortega difícilmente aceptará, su canciller Denis Moncada salió a la palestra acusando que los gobiernos firmantes buscan provocar un “golpe de Estado” y la “ruptura del orden constitucional”. La vieja fórmula de vestirse de demócrata para denunciar que el autoritarismo es de los demás.

Sin dudas un posible acuerdo de elecciones anticipadas descomprimiría la presión actual, aunque no ofrece garantías de que Ortega salga de la película. Mientras mantenga las usuales prácticas de fraude electoral y la estrategia propagandística de pan y circo que le permitieron reelegirse con fraude masivo en 2011 y 2016, Ortega tiene todo para seguir apoltronado en el poder.

Tanto Ortega como Maduro, fieles discípulos del calculador Fidel Castro, saben que en plena crisis aguantar los tiempos juega a su favor. Las carestías hacen mella en la población y el éxodo masivo termina siendo la válvula que descomprime la presión interna. Esta purga forzada – menos gente, menos disidentes y menos bocas - trae alivio, al tiempo que recarga de problemas a los demás países.

Los resortes democráticos son insuficientes ante situaciones extremas como la que viven los nicaragüenses. El aislamiento total puede ser una solución, pero debe ser de rápida y eficiente ejecución, de lo contrario puede terminar siendo un desgaste de largo aliento que profundice la crisis que se quiere resolver. El embargo a Cuba sirve de espejo. trottiart@gmail.com

viernes, 13 de julio de 2018

El Mundial: casualidad y causalidad en el fútbol


Los resultados positivos en el fútbol se consiguen muchas veces por casualidad o con mucha suerte. También suelen ser fruto de procesos, planificación o por el principio de causalidad. 

Los finalistas Francia y Croacia conjugan esas dos variables en este Mundial. Francia llega sobrada, con un proceso y planificación de cinco años liderado por el técnico Didier Deschamps. Croacia llega con lo justo, entró en Rusia a los tumbos tras el repechaje con Grecia, ahora ganó tres partidos en tiempo suplementario, dos por el azar en los penales y con Zlatko Dalic, un técnico de solo ocho meses sin tiempo para la planificación debida.

Los dos equipos rompen los esquemas de quienes pensaban que Rusia sería el punto de inflexión en el cambio del juego. Ambos estilos sobrevivirán. Los jóvenes franceses tienen esa verticalidad ahora aplaudida y “una personalidad excelente”, según Deschamps. Los croatas, más añejos, son de la escuela del tiki-taka y la presión, tienen un medio campo asfixiante y llegaron a la final a puro “corazón, orgullo y carácter”, según Dalic.

Los dos harán historia. Francia quiere su segunda Jules Rimet y reivindicarse de la última final en la Eurocopa perdida ante Portugal. También quiere elevar a Deschamps a la altura de Mario Zagallo y Franz Beckenbauer, campeones mundiales como jugadores y técnicos.

Croacia tiene poco que perder. Lo que logró ya es épico, considerando el repechaje, los tres partidos con suplementarios y por ser la cenicienta que miraba al resto de los favoritos desde el puesto 20 del ranking de la FIFA. Tampoco implica que la casualidad de Croacia es la regla, es más bien la excepción. Argentina tampoco llegó con un buen proceso, con un técnico de meses, y así le fue.

El yin yang de la casualidad y la causalidad lo sufrieron todos los equipos alguna vez. Pero es la suerte o la mala racha la que en algunos dispara procesos positivos. Bélgica hace 18 años tocó fondo en la Eurocopa y se levantó con un plan firme hasta ocupar el puesto 3 del ranking. No llegó a esta final por casualidad. El 7 a 1 sorpresivo en el 2014 despertó a Brasil, atrajo a Tite y de su mano, hizo una clasificación insuperable. Tampoco llegó a destino, pero dejó en evidencia que fútbol a futuro le sobra.

Alemania y España también fueron víctimas de resultados negativos, pero hace rato que vienen con procesos exitosos. El hecho de que confirmaron a Joachim Löw y que la “furia roja” contrató a Luis Enrique, demuestra que apuestan a la continuidad de los procesos.
En otras palabras, la causalidad, el trabajar por un efecto deseado, es más seguro y positivo que apostar a la casualidad. Ahora bien, el buen trabajo no es garantía absoluta de éxito, después de todo, solo puede haber un equipo campeón.

El trabajo, el esfuerzo y la búsqueda de objetivos siempre se premian. Los buenos procesos, aunque puedan ser interrumpidos por la mala suerte, permiten mirar hacia adelante con optimismo. Hasta el “memizado” Neymar por pasarse tanto tiempo en el suelo, dio vuelta la página tras la eliminación y dijo que Brasil estaba listo para Qatar. Alemania apostó a lo mismo. Perdió como el peor, pero no hubo acusaciones; Löw continúa, así como su plan y jugadores.

Aún a pesar de que los sistemas sean perfectibles, se reconoce el método y la idea. En Uruguay a Oscar Tabárez lo recibieron como a un dignatario y nombrarán una escuela en su honor. En Perú a Ricardo Gareca le levantaron un monumento en una plaza y en Colombia a José Pekerman lo recibieron como a un héroe de los suyos. En Inglaterra saben que Gareth Southgate pudo desechar el lastre de la “fragilidad mental” que no les permitía llegar a semifinales y que ahora tienen un plantel joven y un plan para seguir soñando.

Argentina sobresale entre los perdedores. Jorge Sampaoli es el chivo expiatorio, pero el fallo es la falta de sistemas y continuidad, por eso el seleccionado de Messi, con cinco técnicos en pocos años, no tuvo más opción que jugar a las casualidades. Simon Kuper, el autor “antropólogo del fútbol”, en una columna en La Nación vaticinó que si Argentina no cambia el rumbo y si no aceita a tiempo los procesos para su cantera de juveniles, podría terminar como Hungría, aquel coloso del fútbol mundial que se lo tragó la tierra. trottiart@gmail.com

viernes, 6 de julio de 2018

El fútbol: ¿cambios o evolución?


El fútbol cambia en forma pendular y cíclica como la política. En este Mundial de Rusia se reinventaron estrategias y prácticas de juego descartándose modelos agotados. Todavía no se puede hablar de evolución.

La diferencia entre cambios y evolución es más claro en la política. Argentina, Ecuador y México mutaron de ideología de un pestañazo, de izquierda a derecha y viceversa, aunque son cambios cosméticos y temporales. Un proceso evolutivo implica mayor profundidad en el tiempo y una mejora cultural. La democracia evolucionó con el “nunca más” a las dictaduras militares, el voto universal y, mucho antes, con la disolución de las monarquías.

En el fútbol pasa algo similar. Este Mundial pareciera suscribir el acta de defunción para el toque y posesión de pelota que encarnó Pep Guardiola y antes el jogo bonito brasilero. Los equipos ahora son más verticales y defensivos, equilibrados; con cambios de ritmo vertiginosos y jugadores más versátiles en todo el campo. Francia, Croacia, Bélgica – también Brasil pese a quedar fuera - encarnan esa especie de “fútbol total” que tampoco es nuevo ni revolucionario. Fue la marca registrada de Rimus Michel en su naranja mecánica liderada por Johan Cruiff y que mucho antes adelantó Alfredo Di Stéfano.

¿Se reinaugura así una época de fútbol más agresivo y eficiente al estilo madridista que opacará al paciente y vistoso estilo del Barza? ¡Habrá que esperar! Un Mundial es escueto, no todos los estilos se miden entre sí y la lotería de los penales sepulta o encumbra equipos que en campeonatos de largo aliento no tendrían chance. Rusia ejemplifica el escenario. Y si la “furia roja” hubiera acertado un gol más, no se hablaría hoy del agotamiento del toque inteligente de pelota.

A diferencia de las mutaciones temporales, la evolución proviene de cambios  estructurales. El fútbol progresó cuando se permitió a los arqueros usar las manos, se agregaron los mediocampistas para equilibrar el juego y se asentó a principios del siglo pasado la ley del offside todavía vigente. Muchas décadas después se perfilaron los esquemas actuales de juego, como el 4-2-4 y el 4-3-3, y en Rusia se descartó la defensa de solo 3 que probó Sampaoli con malísimos resultados.

En el fútbol el equilibrio terminó siendo esencial, como lo afirma Tite y antes Carlos Bianchi. Se robó el mantra de la NBA que acuñó Pat Riley y elevó Lebron James a la máxima expresión: un buen ataque empieza con una excelente defensa.

La asistencia en video del referí, el VAR, inaugurada en Rusia está encaminada a generar un cambio profundo en el fútbol. Más allá de que es perfectible y que es impráctica para todos porque crea una brecha entre ligas profesionales y amateur y entre países pudientes con los de menores recursos, el VAR atrae una expectativa de mayor equidad e imparcialidad. Se trata de un progreso tan significativo como cuando en 1995 la FIFA obligó a desterrar la especulación del empate y dinamizar el juego. 
Entonces, como ya se practicaba en Inglaterra e Italia, la FIFA pidió a las ligas de todo el mundo que se otorguen tres puntos al ganador, dejando en el limbo a los usureros del empate.

Una mutación menos disruptiva, pero transversal a todos los cambios, es la nueva anatomía de los deportistas, ayudados por una mejor alimentación y preparación, así como por las estadísticas de rendimiento que elevan los estándares de la performance. La ciencia y la tecnología deportiva están transformando la fisonomía de todos los deportes. Hoy es usual ver tenistas de dos metros de altura, basquetbolistas que parecen fisicoculturistas y futbolistas que pueden competir en carreras de 100 metros llanos. Y todos, jubilándose a mayor edad que sus colegas en décadas pasadas.

Habrá que esperar un tiempo para saber si el fútbol está evolucionando o simplemente cambiando. Por ahora el Mundial divierte y advierte que hay lugar para los creativos, pero no para los improvisados y los que tienen ideas preconcebidas. En el primer caso, Sampaoli, no sobrevivió con la cualidad de la improvisación que resaltó en su libro pre mundialista, mientras que Gary Lineker, ante la paridad deportiva, se tuvo que tragar su famosa frase: “el fútbol es un juego simple; veintidós hombres van detrás de un balón por 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan”. trottiart@gmail.com

viernes, 29 de junio de 2018

El Mundial y el periodismo de tribuna


Todos los mundiales desnudan al periodismo de tribuna. Esa prensa deportiva exitista y emocional; de crítica despiadada o alabanza exagerada, según los resultados del momento.

Algunos la tildan de prensa exigente, justificándola en países en los que la historia futbolística demanda resultados positivos. Pero la falta de rigurosidad informativa y la abundancia de opiniones estentóreas y parcializadas, la convierten en una prensa de barricada. Con sus relatores y comentaristas infalibles y panelistas que argumentan todos a la vez, esta prensa no se distingue de aquellos fanáticos que despotrican eufóricos en redes sociales o charlas de café.

Hay que reconocer que también existe una mayoría de profesionales excelentes en el periodismo deportivo, pero penosamente los rimbombantes hacen ruido y se notan más y están en todos lados, en Alemania, Argentina, México o Senegal. Bajan y suben técnicos y jugadores, inventan historias, hacen futurología, presagian resultados ya sea si Messi se tapa la cara antes del himno o si Griezmann no canta la bella Marsellesa.
Sería ingenuo pensar que esta prensa de arenga y sensacionalista no tiene público. La opinión gusta, más si se acomoda a la de uno. Arrastra pasiones y seguidores. Pero también genera víctimas y presiones. Messi, el mejor del mundo, fue siempre chivo expiatorio de cada derrota. En este Mundial no fue la excepción, el penal errado ante Islandia y su inefectividad ante Croacia reabrieron la grieta enorme que había cerrado en Quito con un hat trick y la clasificación mundialista.

Tras la derrota con Croacia, gran parte del periodismo deportivo argentino armó conjeturas, descubrió conspiraciones y deslealtades, repasó las relaciones entre esposas y jugadores, entre estos y el técnico y entre este y los dirigentes de la oscura AFA. Hasta un programa televisivo abrió con un minuto de silencio simbolizando la defunción de la selección. Luego, como en montaña rusa, el periodismo reavivó elogios por el pase a octavos de final. Los mismos que desaparecerán con otro resultado adverso y la consiguiente catarata de críticas y cobro de facturas pasadas, entre ellas, las tres finales perdidas.

No es fácil confrontar a un periodismo que no perdona ni pide perdón. Messi hastiado, así como cuando en la Copa América decretó el apagón informativo de su selección en represalia por historias inventadas, esta vez fue menos apocalíptico, pero igual de contundente: Al triunfo ante Nigeria se lo dedicó a “la gente que no se dejó llenar la cabeza por boludeces”.

Nadie espera que la prensa deportiva sea moralista, balanceada y neutral, pero no se debería olvidar de los valores profesionales informativos, entre ellos el respeto. Lamentablemente la opinión ha invadido todos los géneros del periodismo deportivo haciéndolo superficial, lo que no le ha permitido descubrir grandes temas que pasaron inadvertidos bajo sus narices, como el FIFAgate y la maraña de sobornos por las que Rusia y Qatar obtuvieron sus sedes mundialistas.

Es cierto que en poco tiempo el periodismo debe prestar atención a miles de detalles deportivos y extradeportivos, en especial en un Mundial con tantas sorpresas, detalles bizarros y hasta fake news, como la muerte de Diego Maradona que él mismo desmintió y por lo que ofreció una jugosa recompensa para encontrar al responsable del rumor.

En lo deportivo hubo que digerir que la campeona Alemania se fuera en primera ronda, que Japón haya pasado por fair play, que España echara a su técnico horas antes del puntapié inicial y a un flamante VAR que puso a Rusia en la historia de los mundiales como el más más prolífico en penales. En lo extradeportivo, están las multas de la FIFA por violencia y cantos homofóbicos, los japoneses limpiando tribunas y la Hacienda española – como sucedió en Brasil – recordándole a Messi y Ronaldo que son evasores, en una oportunista y presunta intención por desequilibrarles de pies a cabeza.

Si la prensa deportiva quiere ser considerada exigente, deberá ser menos pasional, más profunda, neutral y tener cierto grado de compasión. El fútbol es pasión de multitudes… para los fanáticos. Los periodistas, incluso los deportivos, están llamados a ser desapasionados. Por sobre todo, tienen una profesión a la que deben cuidar y respetar. trottiart@gmail.com