domingo, 21 de enero de 2018

Francisco: Menos gestos, más acciones

Los crímenes de abuso sexual y su encubrimiento profundizan la crisis de fe de la Iglesia Católica y merman la credibilidad del papa Francisco en su afán por renovarla y hacerla más transparente.
Francisco sabía que los abusos serían el mayor escollo a sortear en Chile y Perú, y que podrían enlodar su mensaje pastoral. Así fue. Es que todavía la Iglesia no ha podido sanar las heridas de las víctimas. 
Una justicia escasa y tardía, la arrogancia de la jerarquía episcopal para reconocer y transparentar la cantidad de casos y gestos confusos con acciones limitadas hicieron mella en los dos países.
El Papa no fue atinado con algunos de sus gestos y, peor aún, defendió obstinadamente al obispo chileno Juan Barros, cuestionado por encubrir por años al cura Fernando Karadima, ya expulsado de la Iglesia por ser un abusador en serie.
Barros se pavoneó desafiante y en primera fila por todas las misas y ceremonias de Francisco. Su falta de discreción embarró todo. Marta Larraechea, esposa del ex presidente Eduardo Frei, fue lapidaria contra el Pontífice después que pidiera perdón a las víctimas en el nombre de la Iglesia y sus obispos. “No le creo nada, dice una cosa y hace otra”, gritó irritada. El enojo resume el sentir de muchos que preferirían a un Francisco con menos gestos y más acciones; menos perdones y más justicia.
En Perú existe otro caso que impacta contra la Iglesia. Es el del laico Luis Fernando Figari, no solo porque usó a su organización Sodalitium Christianae Vitae para abusar de menores, sino porque mientras era investigado por la Justicia peruana, se fue a Roma, atrincherándose entre los muros del Vaticano.
En ambos casos, el de Barros y de Figari, así como en el del cura Marcial Maciel de la Legión de Cristo en México, se observa cómo el encubrimiento, la protección o el silencio de la jerarquía en muchos casos de pedofilia están degradando a la Iglesia y restándole credibilidad. No es casual que Chile, otrora un país eminentemente católico, tenga ahora el mismo nivel de catolicismo que el laico Uruguay.
Sería injusto enrostrarle a Francisco la responsabilidad de todo el problema o que todos los curas buenos paguen por un puñado de corruptos. Es inobjetable que sobre la pederastia, Francisco hizo en pocos años mucho más que Benedicto XVI y Juan Pablo II en décadas. Reforzó la política de tolerancia cero de su antecesor, reformó el Código Penal imponiendo un castigo de 12 años a los pedófilos y corruptos, arrojó a muchos abusadores a la justicia ordinaria, pidió a sus obispos vender propiedades para reparar a las víctimas y por primera vez en la historia hizo que el Vaticano se siente en el banquillo de los acusados de la Comisión de los Derechos del Niño de Naciones Unidas.
Más allá de la pederastia, Francisco tuvo otros gestos importantes. Empoderó a los mapuches en su reclamo ancestral, aunque les reprochó por sus formas. “La violencia vuelve mentirosa la causa más justa”, gritó. Al gobierno también le regañó por acuerdos incumplidos, hechos a los que calificó de otra forma de violencia, esa que “frustra la esperanza”. Un mensaje que también muchos creyeron le envió al gobierno de Venezuela por sus negociaciones manipuladas y estériles con la oposición.
Otro gesto que no pasó inadvertido en su vigésimo segundo viaje por el mundo, fue su todavía ausencia en Argentina. Dicen que seguirá esquivo hasta tanto su visita no sea sinónimo de unidad entre peronistas y oficialistas. Pero el argumento no convence, desde que Francisco ya ha dado muestras de saber cómo ayudar a que se superen las grietas, como la enorme que achicó entre Barack Obama y los hermanos Castro.
Algunos lamentan que siga muy distraído sobre la corrupción rampante registrada durante los 12 años de gobierno kirchnerista. Creen que sus gestos de mayor amabilidad hacia ese sector que al gobierno de Mauricio Macri, no se compadecen con su prédica contra la corrupción, a la que calificó como el anticristo y un delito que no tiene perdón: “Pecadores sí, corruptos no”, sentenció sin dejar dudas.

Francisco todavía goza de la confianza para reformar y limpiar la Iglesia. Pero cada vez necesitará – y se le exigirá – acompañar sus gestos con acciones más contundentes. trottiart@gmail.com

sábado, 13 de enero de 2018

2018: Más gritos, fuego y furia

A juzgar por cómo empezó, el 2018 será a puro gritos. El estilo lo impone el presidente Donald Trump. Comenzó exclamando furioso que es “realmente inteligente” y un “genio muy estable” en contra de Fuego y Furia, el libro de Michael Wolff que lo define demasiado vacilante y no apto mentalmente para gobernar.

También se escuchó el grito de varias actrices vestidas de negro que desde la ceremonia de los Golden Globes, y aunadas por un discurso inspirador de Oprah Winfrey, desafiaron el acoso sexual perpetrado por hombres poderosos. En contrapartida, otro grupo, encabezado por la actriz francesa Katerhine Deneuve, defenestró al movimiento #MeToo por su “excesivo puritanismo”, argumentando que pone en la misma bolsa al flirteo y la galantería que a la violación o a la posible conducta amoral que a la ilegal. Le respondieron con ladridos, igual que a Meryl Streep, por ser demasiada condescendiente con los abusadores.

El año pinta que las formas primarán sobre la esencia, que la discusión polarizada se sobrepondrá al diálogo. Habrá más negro sobre blanco que matices de grises. Todos quieren tener razón, ser influyentes y tener impacto. Se seguirá desdeñando el perfil bajo, a quienes eluden las controversias o hacen magia para proteger su intimidad. De ahí las críticas furibundas contra Enrique Iglesias y Anna Kournikova por ocultar el embarazo o construir un muro para bloquear a paparazis y curiosos.

En una época híper tecnológica le resultará difícil a la famosa pareja evitar que los drones no invadan la intimidad de sus mellizos. Las tecnologías no solo han hecho la vida menos privada, desde que se gritan logros y tristezas o se expone a los hijos en Facebook e Instagram, sino que trajeron más desafíos.

Mark Zuckerberg, cuyas resoluciones pasadas era visitar los 50 estados o leer varios libros por mes, en este 2018 quiere arreglar Facebook para no seguir distribuyendo noticias falsas a mansalva. Y en el año en que florecerán los automóviles sin conductores, preocupan los nuevos crímenes que se adivinan.  Los vehículos autónomos podrían ser utilizados para el narcomenudeo o, hackeados por terroristas, ser usados en la nueva modalidad de atropellar peatones en zonas turísticas y congestionadas.

El mayor desafío del año, sin embargo, tendrá que ver con el ruido del griterío grosero y entender por qué la libertad de expresión, la censura y la autorregulación no son elementos que se pueden aplicar a todos por igual. Hay personas con menos derechos y personas con más obligaciones.

Acertada fue la explicación de Twitter ante una avalancha de gente que frente a su edificio en San Francisco pedía que apaguen la cuenta de Trump por sus tuits que rayan con la apología de la violencia, la discriminación y el incentivo del discurso de odio o por haberse enfrascado en una discusión infantil con el líder norcoreano sobre quien tenía sobre el escritorio el botón nuclear más grande y destructivo.

En un comunicado sobre “Líderes mundiales en Twitter”, la red social, que censura cuentas de cualquier hijo de vecino por esas infracciones, argumentó que no los bloqueará por el “enorme impacto” que tienen y por su papel relevante en la “conversación global y pública”.

Pese a los detractores de los dichos de Trump, hay que comprender que la libertad de expresión no puede aplicarse a todos por igual. Es verdad que quienes tienen mayor popularidad y responsabilidad no pueden decir lo que quieren o sienten sin sopesar los efectos de sus palabras. Pero si lo hacen, ya sea incentivando la violencia o el discurso de odio, no se les debería censurar por la misma relevancia de sus dichos y pensamientos. Es más, sus expresiones o el fuego y furia que salen usualmente de la boca de Trump, como su desprecio último sobre inmigrantes haitianos, salvadoreños y africanos que se sumó al de mexicanos y musulmanes, al fin y al cabo, sirven como elementos de transparencia y de rendición de cuentas de su gestión.


No hay dudas que Trump es incorregible y seguirá apegado a su estilo pendenciero. El desafío mayor lo tiene la Casa Blanca. Este año deberá mejorar su estrategia de comunicación, si no quiere que los fuegos que propaga Trump, sigan desviando la conversación sobre asuntos esenciales, además de sepultar sus logros económicos y políticos. trottiart@gmail.com

sábado, 30 de diciembre de 2017

Bipolaridad futbolística: de Maradona a Sampaoli

No se trata de “un hecho menor” como dijo Jorge Sampaoli sobre el exabrupto que tuvo contra un agente de tránsito en un control de alcoholemia. Su frase “boludo, cobrás 100 pesos al mes” desnuda la bipolaridad del fútbol argentino, meneándose entre el talento de sus celebridades y sus imbecilidades extradeportivas.

El dicho de Sampaoli engrosará la historia futbolera atestada de frases célebres, como el “perdón Bilardo” en el Azteca de 1986 y el “me cortaron las piernas” de Diego Maradona tras el doping positivo en el Mundial del 94.
Es injusto juzgar a todos por la conducta de algunos. José Peckerman no tiene dentro o fuera de la cancha la misma actitud agresiva que Sampaoli. Tampoco Lionel Messi tiene la conducta irascible de Maradona, ni Agüero o Higuaín irrumpen con irreverencias maradonianas ante cualquier tema.

La agresividad en el fútbol argentino es parte de una cultura permisiva que se fue acentuando de generación en generación. La violencia y las muertes en las tribunas son una cuestión de Estado y no han mermado porque se haya prohibido a las barras bravas entrar en estadios visitantes. Estas, en connivencia con los dirigentes, todavía cobran sueldos, imponen jugadores, echan técnicos y amañan partidos.

Los extra dotados como Maradona, sin quererlo, también incentivaron esa permisividad. La “mano de Dios” y una zurda celestial sirvieron para justificar sus dopajes y adicciones; así como por sus goles de fantasía a Messi y Cristiano Ronaldo se les perdonan sus abultados desfalcos al fisco español, lo que otro mortal debe pagar con años tras las rejas.

La bipolaridad no es solo propiedad del fútbol argentino. El FIFAgate viene desnudando una corrupción global, “sistémica y desenfrenada” como la calificó una ex fiscal estadounidense, que desde hace 25 años y con total impunidad, viene carcomiendo al balón desde adentro.

Gracias a la torpeza de haber usado bancos estadounidenses para transferir sobornos y cobrar extorsiones, hoy se presencia con deleite y sorpresa a un tribunal de Nueva York administrando castigos, dando vida a aquella sentencia justiciera de Maradona en su homenaje de despedida: “… la pelota no se mancha”.

El cartel mafioso está conformado por dirigentes de asociaciones regionales y ejecutivos de empresas de mercadeo escondidos tras la chapa de la FIFA. Uno de ellos, el arrepentido clave del juicio neyorquino es el argentino Alejandro Burzaco, ex CEO de la empresa Torneos. Su testimonio fue clave para enviar a prisión a José María Marín, ex presidente de la poderosa Confederación de Fútbol de Brasil y al paraguayo Juan Ángel Napout, ex presidente de la Conmebol.

Su alegato, además, sepultó la poca fama que le quedaba al fallecido Julio Gondona, ex presidente de la AFA, a quien sobornó por 10 años consecutivos. También desencadenó el suicidio del abogado argentino del programa gubernamental Fútbol Para Todos, Jorge Delhon, que se tiró a la vías del tren el mes pasado en Buenos Aires.

Los testimonios de Burzaco y otros arrepentidos sirvieron para poner caras y rótulos a más de 12 años de investigación. La justicia estadounidense demostró la asociación ilícita y conspiración de un cartel masivo dedicado a lavar dinero, extorsionar y sobornar, arreglar transferencias de jugadores, partidos y campeonatos, “vender” sedes mundialistas como las de Rusia y Qatar, y cobrar comisiones por la televisación amañada de partidos y la reventa de entradas. Una mafia que forma parte de lo que el ex director del FBI, Jamey Comey, definió como esa “cultura de la corrupción que pudrió el deporte más grande del mundo”.

Más allá de la corrupción, la bipolaridad del fútbol argentino también queda demostrado por el tremendismo de una fanaticada que poco disfruta de las dos estrellas sobre el pecho, sino que vive perseguida por las tres que no pudieron ser, en especial las del 90 y el 2014, que se robaron los alemanes por la mínima diferencia.


Para un país lleno de cábalas y supersticiones futboleras, el viejo adagio “el fútbol da revancha” es consuelo esperanzador para Rusia. Sin embargo, Messi, tocado también por el tremendismo de sus orígenes, sabe la sentencia que pesa sobre él y sus compañeros si en julio próximo desperdicia otra final: “ten(dr)emos que desaparecer todos de la selección”. trottiart@gmail.com

sábado, 23 de diciembre de 2017

Noticias falsas: el personaje del 2017

Muchas noticias compiten por ser la más relevante del 2017. En el norte se imponen el rusiagate o el acoso sexual y, en el sur, el caso Odebrecht, que derivó en un combate inusual y masivo contra la corrupción.

Cada país tiene su “noticia del año”; pero, creo que fueron las noticias en sí mismas el personaje de este 2017. Nunca se había generado tanta discusión en torno al contenido noticioso, sobre consumir verdades o estar expuestos a mentiras.

Las noticias falsas o las “fake news” como las definió el presidente Donald Trump y se impusieron en las elecciones presidenciales estadounidenses y en la crisis de Cataluña, han generado profundos debates sobre libertad de prensa, derecho a la información y el valor del periodismo. También provocaron cambios en las formas que Facebook, Twiter y Google distribuyen los contenidos, ya que fueron esos canales por donde las noticias falsas se propagaron hasta el infinito.

La gravedad de las noticias falsas está en la intención premeditada de quien las produce y en el objetivo de lograr una acción determinada, como ocurrió en EE.UU, España o con el Brexit. A ello se suma un agravante fortuito. El gestor se aprovecha de la publicidad que las redes y los buscadores asignan en forma automática a cada tema que se hace viral, convirtiendo a esos hechos falsos, pero atractivos, en un negocio lucrativo.

Este engaño de la era de la post verdad, potenciado por usuarios desprevenidos y medios y periodistas descuidados, ha intensificado la aguda crisis de credibilidad y confianza en la comunicación y sus comunicadores. El papa Francisco, muchas veces protagonista involuntario de las mentiras (su promocionado voto para Trump), calificó al lenguaje falso, sensacionalista y difamatorio de “pecados de comunicación”.

Siempre existieron noticias falsas y exageradas como rubros del periodismo sensacionalista, así como existen la ciencia ficción y los films triple x en la industria del entretenimiento. Ante el buen consumo y la demanda, el mercado lo oferta y exalta.

Ante la proliferación de noticias sensacionalistas en todas las épocas, la gente fue aprendiendo a diferenciar a esos medios y tomar con pinzas sus contenidos. Ahora, sin embargo, con la saturación informativa y las infinitas formas de obtener información, resulta más difícil separar la paja del trigo. El problema no solo radica en que Facebook y Google sean usados por los bots para desparramar mentiras, sino la simpleza con la que cualquier usuario puede replicarlas, más allá de tener o no mala intención.

Revertir esta situación no será fácil. Los responsables de las redes sociales, buscadores y medios ya están aplicando estrategias de contención para las noticias falsas. Se les está cerrando el grifo de la publicidad, creando categorías de noticias con identificación de fuentes de difusión para que los usuarios las distingan, mejor posicionamiento en las búsquedas para las noticias verdaderas y botones de alarma para reportar lo que se detecta como falso.

También los medios y las agrupaciones periodísticas están buscando formas para valorizar la integridad de las noticias y su práctica. Están entrenando sobre valores básicos que pudieron haber quedado en el olvido, revalorizando la precisión y contrastación de fuentes y machacando sobre el chequeo de datos, lo que algunos medios ya han asumido como otro género periodístico.

El problema, sin embargo, no radica tan solo en los responsables de producir información, sino en los usuarios. Desprevenidamente o no, suelen replicar y hacer virales informaciones falsas. Por ello, ante esta disrupción tecnológica que todo lo hace simple y automático, es necesario una mayor alfabetización digital para que el usuario, especialmente los niños y jóvenes, tengan mayor sentido crítico.


El papa Francisco alzó la voz de alarma en estos días frente a un grupo de medios católicos: “existe la necesidad urgente por información confiable con datos verificables…” para que todos “desarrollen un sentido crítico”. Sus palabras coinciden con lo dicho en el informe 2017 de la Unicef , “Niños en un mundo digital”. Recomienda al sector privado proteger a los niños y ponerlos en el centro de la política digital, con el objetivo primordial de “alfabetizarlos digitalmente para que estén informados y seguros”. trottiart@gmail.com

sábado, 16 de diciembre de 2017

Trump: las mujeres, sus tuits y la prensa

Donald Trump cierra el 2017 tan ecléctico como lo empezó. Su America First le sirvió para justificar el muro, cerrar fronteras, evadir tratados de comercio y cambio climático o anunciar el deseo de volver a la Luna y conquistar Marte. 

Entremedio, usó una lluvia de tuits para negar el “rusiagate” y el acoso a mujeres, para insultar a los medios y al norcoreano Jong-un, para castigar a Maduro y reconocer a Jerusalén como capital de Israel.

Trump no se conduce con correcta compostura presidencial. Su estrategia comunicacional es asombrar, disfrazar y crear coartadas. No permite que cuestión alguna sea analizada a profundidad. Cuando una conversación empieza a madurar o a molestar, tira otro tema sobre la mesa y cambia la agenda. Así desbarató el “rusiagate”, imponiendo a Jerusalén.

Virtud o vicio, lo cierto es que sorprende casi todos los días. Sabe generar impacto y robar la atención. Los medios, antes acostumbrados a marcar la agenda y cuidarla como perros guardianes, ahora parecen perritos falderos detrás de sus dichos y efectos. Trump les lleva la delantera y encima los acusa de falsos y los desprecia. Su prédica no es verdadera, pero en la confusión genera que los medios pierdan confianza y credibilidad.

Sus tuits son el ariete para ofuscar, acusar, alabar o imponer agenda. Son indignos a la conducta y confianza que debe proyectar un Presidente. Su agitación verbal, propia de sucias luchas electorales, enciende fuegos impensados que el vicepresidente Mike Pence o el canciller Rex Tillerson deben apresurarse a apagar. Sus tuits suelen exacerbar el discurso de odio. No escucha los reproches: Un presidente tiene más responsabilidades y menos derecho a la libertad de expresión que los ciudadanos de a pie.

Las mujeres son el flanco más vulnerable del Presidente. Para él hay buenas y malas. Las mejores, sus preferidas, son su hija Ivanka, su esposa Melania y la embajadora ante la ONU, Nikki Haley. Las tres son su sosiego, su ingenio, su máscara. Se destacan en política, en conducta, en la moda y la diplomacia. La más avezada es Haley, a quien Trump la prefiere de apriete diplomático más que a su canciller.

Y están las mujeres que menos le agradan; su lastre del pasado. Más de cien congresistas demócratas le plantaron cara esta semana en el Congreso exigiendo su renuncia, así como en días recientes lo hicieron tres congresistas acusados por acosar sexualmente a sus subordinadas. Argumentaron que “los estadounidenses se merecen la verdad”.

Trump arrastra más de veinte denuncias de mujeres que lo acusan de haberlas acosado cuando era empresario exitoso, celebridad y dueño del concurso Miss Mundo. Tres de ellas, cuyas denuncias están en el documental 16 women and Donald Trump, dieron una conferencia de prensa esta semana. Exigieron la misma justicia, al menos pública y laboral, que condenó al productor Harvey Weinstein, al periodista Matt Lauer y a los actores Kevin Spacey y Dustin Hoffman.

Las denuncias no son nuevas, pero se potenciaron con el movimiento #MeToo y también durante la campaña electoral cuando se difundió un audio en el que Trump fanfarroneaba que por su carácter de celebridad las mujeres le permitían cualquier cosa, hasta ser tomadas por los genitales. Las denuncias nunca pasaron desapercibidas, pero fueron ignoradas por la Casa Blanca que siempre las quiso tapar, dándoles un tinte político: “El pueblo emitió su veredicto otorgando a Trump la victoria”.

La justificación es incongruente y no será suficiente para detener el #MeToo. Se trata de un movimiento fuerte y que goza del reconocimiento social que no tuvo años atrás. Las denuncias contra Hollywood envalentonaron la tendencia a la denuncia. La revista Time lo reconoció y eligió a las mujeres “interruptoras del silencio” como el personaje del año. Time argumentó que la explosión de las denuncias por acoso sexual produjo uno de los cambios culturales de mayor velocidad desde la década de 1960, provocando efectos inmediatos e impactantes en todo el mundo.


El 2018 no amaga que será distinto en torno a Trump, mientras siga con su estilo impulsivo y despreciando mejores conductas. Su discurso incendiario, las acusaciones del “rusiagate” y las denuncias de las mujeres, lo perseguirán y continuarán desgastando. trottiart@gmail.com

sábado, 9 de diciembre de 2017

Miami y la celebración del arte

Miami cada diciembre exuda color, glamour y exuberancia vanguardista. El cambio anímico no se debe al fin de la temporada de huracanes o al clima menos pegajoso, dignos también de festejo, sino a la celebración de la semana del arte.

Art Basel y un enjambre de ferias satélites lideradas por la tradicional Art Miami, invaden todos los rincones, lotes y playas. Los museos abren puertas de par en par, los coleccionistas la intimidad de sus casas y cada hotel, mall y barrio exhibe una instalación de algún artista reconocido o emergente. Festivales de música, cine alternativo y chefs rebuscados hacen el resto.

Eso es a simple vista, pero detrás de toda la movida del arte hay un propósito y un resultado mucho más profundo. Miami ya estaba en el mapa, pero desde que Art Basel desembarcó hace 15 años, se viene notando la potencia transformadora del arte, sumándose este género a otros polos de crecimiento como el turismo, el desarrollo inmobiliario y la industria del entretenimiento.

Existen ciudades más vigorosas, culturales y referentes en el mundo del arte. Pero a diferencia de Nueva York, Londres o París, Miami tiene una vitalidad juvenil y optimista en la que el arte más vanguardista, contemporáneo y conceptual está construyendo su reputación, abriendo nicho y contagiando a sus museos y galerías. Los miles de periodistas acreditados y el boca a boca de curiosos y coleccionistas que llegan de todo el mundo, van acrecentando lo que es ya marca Miami.

Art Basel también gana con el posicionamiento de su oferta. Por ello renovó por cinco años más con Miami Beach y anunció que en febrero de 2019 desembarcará en Miami con una feria anual de automóviles para coleccionistas, con el mismo esquema estricto que usa para curar y vender arte.

Miami es el lugar adecuado para el arte conceptual, exótico, raro, aquel al que incluso cuesta catalogar de arte en alguna instalación o adivinar el mensaje hasta que no se lee la explicación al lado de la obra. En un ambiente donde abundan los milenials, acostumbrados más que ninguna otra generación a la disrupción tecnológica y a lo efímero y perecedero de la sociedad de consumo, este tipo de expresiones son asidos con más facilidad, tal vez no tanto por el valor intrínseco de la obra, sino por las formas más nuevas y plurales de creatividad. Y no importa mucho si el artista tiene un mensaje rebuscado ante 20 metros de papel burbuja para encomiendas que desplegó en la sala principal del recién inaugurado Instituto de Arte Contemporáneo o sobre las vajillas rotas y anudadas por correas en Art Basel que la artista explica que se trata de un mensaje anti violencia doméstica y en apoyo a la campaña #MeToo.

El tiempo dirá que sucederá con estas obras de arte efímero que no se compadecen con los parámetros tradicionales de belleza, y que los museos no saben cómo conservarlas y las compañías aseguradoras como tasarlas.

Desde que Duchamp dijo que su urinal “es arte”, se abrieron las puertas para la creatividad y pluralidad de quienes se definen como artistas. Sin embargo, nunca se pudo derribar la mayor barrera del arte: su precio. Si bien en esta época de cultura globalizada el conocimiento del arte se ha masificado, su compra y disfrute cotidiano solo queda para una élite plena de coleccionistas, mercaderes y un círculo pequeño que busca reciclar y ganar más con lo comprado. Los precios siderales por decenas de miles de dólares que se pagaron por obra esta semana, reduce a los demás mortales a simple espectadores y a conformarse con láminas de reproducción china.

Pese a sus vicios y virtudes, todavía elitista, más plural y masivo, sería injusto no apreciar que la exposición continua al arte ayuda a construir cultura. Con la efervescencia de Art Basel y Art Miami en estos días la gente disfruta observar y absorber arte. Es una experiencia única, privilegiada, como ir al estadio a ver fútbol, lo que no se puede vivir por televisión o por comentarios.


Más allá del disfrute personal, lo importante es la transformación social y económica que atrajo el arte. En Miami y Miami Beach se inauguraron tres nuevos museos, se restauraron barrios enteros como Wynwood con espacios de exhibición, explotó el número de galerías y los coleccionistas locales aumentaron su capacidad filantrópica donando obras a museos y espacios públicos. trottiart@gmail.com

sábado, 2 de diciembre de 2017

Abusos sexuales: del silencio al estruendo

A diferencia de una enfermedad cuyos síntomas se detectan a simple vista, la epidemia de los abusos sexuales pasó inadvertida por décadas. 

Las víctimas callaron por temor a sufrir represalias, sentir más vergüenza y a terminar más victimizadas aún. El machismo hizo el resto; cubrió todo con un manto de silencio.

El cineasta Harvey Weinstein no fue el único depredador. Pero su caso fue punto de inflexión para que muchas mujeres salieran a denunciar sus tormentos. Las actrices de Hollywood tomaron la delantera y empoderaron a otras mujeres menos célebres a denunciar el abuso de poder. El efecto dominó se regó por EE.UU. y el mundo entero, así como antes sucedió con el fenómeno de los abusos de menores.

Weinstein no es el único caso. Tampoco el más importante. Lo antecedieron miles más graves aún. El sexo es el arma de subyugación más usada de la historia, sobrepasando épocas, etnias y clases sociales. La gran diferencia con el pasado es que hoy la mujer ganó terreno, hay mayor conciencia sobre las violaciones a los derechos humanos y las redes sociales y medios tradicionales amplifican las denuncias, a pesar de que la justicia, las leyes y la sociedad no tengan todavía los dientes necesarios.

Gracias a ese contexto más favorable y a que los denunciados son personajes encumbrados, como el periodista Matt Lauer de NBC, despedido esta semana por abusar de tres mujeres en su oficina, las denuncias son más estruendosas. Eso ayuda a que la conversación se instale en todos lados y la presión aumente contra los que tienen que responder. Renuncias, despidos, pérdida de credibilidad, arreglos extrajudiciales y cárcel se acomodan como remedios inmediatos.

En todo el mundo han aparecido víctimas y victimarios, desde príncipes a deportistas, de legisladores a periodistas y hasta un ex primer ministro de Gales que se suicidó para no afrontar a la justicia y su familia. La rareza de estos casos es que no solo causa estupor la cantidad de abusos denunciados, sino la metodología depravada en contra de las víctimas.

El actor Bill Cosby las drogaba para poder violarlas, el productor Weinstein les obligaba a tener relaciones bajo amenaza de no contratarlas, Lauer les exhibía sus genitales, el actor Kevin Spacey manoseaba a dos manos a sus colegas masculinos y Larry Nassar, entre otros, se cobijó por 19 años como médico del equipo olímpico de gimnasia de EE.UU., para terminar acusado de abusar de siete niñas, tres menores de 13 años, penetrándolas con sus dedos fingiendo revisaciones sanitarias.

El abuso sexual es un problema profundo y enquistado en muchos círculos y comunidades. En EE.UU. el ámbito militar y las universidades hace rato que son preocupación mayor para el gobierno. Todavía se batalla para que haya más luz sobre los abusos. Hace tres décadas, cuando el problema estalló, se obligaron medidas para combatir el acoso sexual en casi todos los ambientes laborales, aunque a juzgar por la realidad actual, poco se avanzó. Un estudio reciente sobre el tema lo hizo la empresa WalletHub, demostrando que Orlando es la ciudad más pecaminosa del país por su alto índice de delincuentes sexuales, con 769 por cada 100 mil habitantes.

La criminalidad sexual no es mayor en EE.UU. que en otros países, sino que es evaluada con más rigor y desaprensión, producto de un sistema más abierto y proclive a la autocrítica.

También suele haber abusos en las denuncias. No todas las mujeres son buenas ni todos los hombres son malos. En algunas situaciones habrá premeditación para dañar la reputación del otro. El Washington Post denunció esta semana que una mujer que dijo haber sido violada por un congresista, perseguía con su mentira hundir al legislador y dañar la reputación del diario al que acusaría luego de inventar noticias falsas.

Pese a lo poco que se avanzó, la importancia de machacar con la cultura de la denuncia es que sirve para reducir la tolerancia al abuso y acelerar cambios. Se genera mayor conciencia pública, se incentivan vientos más favorables para adoptar nueva legislación y se obliga a empresas e instituciones a adoptar medidas preventivas.

Seguramente no todas las víctimas recuperen su pudor y dignidad o se sentirán desagraviadas con la denuncia, pero con el estruendo se logrará disminuir el efecto contagio de esta epidemia silente. trottiart@gmail.com