domingo, 14 de septiembre de 2014

Mensajes en setiembre 11

Desde hace 13 años, el 11 de setiembre en Estados Unidos es día de reflexión y de mensajes importantes. Este pasado jueves no fue la excepción. En la víspera, el presidente Barack Obama delineó una nueva estrategia anti terrorista.

Esta vez no fue contra el grupo que se adjudicó en atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington en 2001, sino contra el Estado Islámico (EI). Una escisión de aquella al-Qaeda, otra falange terrorista que ganó espacios en Irak y en Siria, pero que se hizo más conocida por su auto propaganda en YouTube, después de mostrar en vivo la decapitación de dos periodistas estadounidenses, James Foley y Stephen Sotlof.

Ese mensaje propagandístico fue el punto de quiebre que animó a Obama a lanzarse de nuevo en una acción militar en Medio Oriente, cuando todo parecía superado desde el retiro de las tropas de Irak y Afganistán. Es que después del degüelle público de los periodistas y de otros videos en que el líder de los yihadistas insistía en acabar con EEUU, el porcentaje de estadounidenses que favorece el bombardeo contra los terroristas en Siria e Irak, creció del 54 al 71 por ciento.

Esta vez, Obama tenía todo a su favor para ser convincente, no como hace un año, en el anterior 11 de setiembre, cuando debió desistir de atacar a Siria y contentarse que el presidente Bachar el Asad pusiera su arsenal químico bajo control de la comunidad internacional. Obama, entonces, no tenía plafond político; ni siquiera pudo aprovechar que la oposición republicana le exigía acción.

En el mundo de la política todo es muy difícil. Los republicanos que lo calificaron de timorato por no haber intervenido en Siria un año atrás, acusándolo de haber permitido que los terroristas musulmanes se fortalecieran y sean la amenaza que representan hoy, son quienes ahora imponen restricciones desde el Congreso, presupuesto reducido y exigen permisos para actuar.

Atento a las críticas que le lloverían por contradecir su política antibelicista que fue caballito de batalla en sus dos elecciones, el contexto permitió a Obama sentirse justificado y empujado a esta nueva aventura bélica. Sin embargo, hizo lo imposible para mostrarse coherente con su política y prudente con su decisión.

Anunció que ningún soldado estadounidense estará en el frente de batalla. Habló de respaldo humanitario y técnico, inteligencia, entrenamiento de rebeldes sirios y de apoyar a un nuevo gobierno iraquí, al que le reclamó mayor pluralidad e inclusión étnica. Se diferenció de su antecesor, George W. Bush, que abrió dos guerras en forma unilateral. Habló de liderar una coalición compuesta mayoritariamente por países árabes, asemejándose más a la estrategia que tuvo Bush padre durante la Guerra del Golfo en 1990.

En realidad, todos estos mensajes terminan perfilándose según el contexto, limitados tanto por las percepciones de la opinión pública, el clima electoral del momento como por la prédica de los medios. Es tal la influencia de los mensajes en la preparación de la guerra, que el canciller John Kerry, de visita en estos días por los países árabes, no solo trató de consolidar la coalición prometida por Obama, sino de convencer a las agencias de noticias, como la catarí Al Jazeera y la saudí Al Arayiba, para que eduquen a la gente sobre los terroristas, con el objetivo de que sus gobiernos tengan mayor margen de maniobra.

La tarea no es fácil, muchos gobiernos árabes justifican las acciones de grupos terroristas y los yihadistas son un grupo entre muchos, con gran influencia en la región. Y por más que se consolide la coalición para “degradar y destruir” para que los terroristas no puedan asumirse como Estado, como planteó Obama, el EI quedará como una amenaza constante y latente.

El mayor temor para EEUU no lo representan los 30 mil combatientes, sino, entre ellos, miles de extranjeros y una decena de estadounidenses que podrían entrar sin visa e inadvertidos al país para cometer actos terroristas.

Es por eso que el alcalde de Nueva York, Bill di Blasio, cuando inauguró este jueves el Museo Nacional 11 de setiembre donde cayeron las torres, prefirió un mensaje mesurado para evitar que el optimismo permita bajar la guardia: “Debemos seguir vigilantes para prevenir un ataque futuro”. trottiart@gmail.com

domingo, 7 de septiembre de 2014

Desnundando nuestra intimidad

Las fotos y videos íntimos robados a la actriz Jennifer Lawrence que se esparcieron a la velocidad de la luz por el internet, demuestra que las grandiosas ventajas de la revolución tecnológica también arrastran daños colaterales.

El más pronunciado es la pérdida de la privacidad, como lo están sufriendo otras cien celebridades y cantantes, entre ellas Rihanna, April Lavigne, Winona Ryder y Kate Upton, cuyas partes íntimas son la comidilla en redes sociales y hasta una galería en Florida amenazó con exhibirlas como obras de arte, disfrazando el delito.

La novedad en este caso - así como antes ocurrió con Scarlett Johanson – es que las famosas no fueron acosadas a la distancia por paparazzis, sino por un par de hackers que accedieron a sus selfies que habían subido a la nube digital (involuntariamente, quizás) por obra y gracia de la sincronía automática entre teléfonos inteligentes y tabletas con el iCloud.

Apple enseguida delegó responsabilidades. Coincidió con el FBI argumentando que no se trató de la inseguridad del iCloud, sino de aviesos delincuentes que hacía rato perseguían a las famosas, provistos de contraseñas fraudulentas. La explicación no convenció, a sabidas cuentas de la fragilidad de nuestra privacidad luego de que colgamos datos propios o de nuestros hijos en las redes sociales, compartimos documentos en Dropbox o porque desnudamos demasiada información tras la compra on-line de un simple alfiler.

Lo raro de este “celebgate” es que a pesar de que se condene la acción del ciberpirateo, los usuarios de redes sociales y un sinnúmero de periódicos esparcieron los desnudos ampliando aún más el atentado contra la privacidad. Muchos, bajo el temible argumento de que la responsabilidad original fue de otros y que era su deber mostrar la prueba del delito como noticia. Esto, pese a que a horas de que el hacker comenzó a divulgar las fotos en el foro underground 4Chan, Twitter decidió cerrar las cuentas en la que se potenció la divulgación, luego que los veloces usuarios ya habían transformado a Lawrence en trending topic.

Lo que desnudó este caso es que todavía no existe criterio formado sobre los hackers. Para muchos, se trata de una especie de “robin hood” que roba a los poderosos o famosos para beneficio de los comunes. Pocos deparan que se trata de un delincuente común como el ladrón que roba en nuestras casas y, aún peor en este caso, de un delincuente sexual, a quien denunciaríamos si lo tuviéramos de vecino.

Otro agravante es que el hacker no pirateó por diversión, sino por dinero, cantidad que le fueron pagando según su promesa de que divulgaría más selfies y videos eróticos de las víctimas. En ello, el hacker no se diferenció de un secuestrador o de un extorsionador típico, y quienes le pagaron estuvieron alimentando ese tipo de delitos y pervirtiendo a otros ciberpiratas para que cometan más crímenes.

En parte, esta confusión ocurre porque muchos interpretan que el internet es una charla de café en vez de un medio de comunicación, no sabiendo discernir qué pueden o no publicar, qué es o no es delito. También porque se han desquiciado los parámetros del bien y el mal sobre la información y nadie puede arrojar la primera piedra, ya que las malas conductas de los “robin hood” como Edward Snowden no se diferencian mucho de las de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense que espió a millones de usuarios; las de periodistas del extinto periódico News of the World que espiaron a celebridades y miembros de la realeza británica; o las de Facebook y Twitter que usan los datos de usuarios para su beneficio económico.

El pirateo de fotografías íntimas y datos demuestra que las nuevas tecnologías nos imponen nuevos retos y que los delitos comunes, como el acoso, el robo de imágenes e identidad, son potenciados a una proyección descomunal barriendo con la privacidad y el honor de las personas.

Asimismo, este episodio nos enseña que no es solo cuestión de castigar a los 
delincuentes. Se trata también de asumir conductas y actitudes personales para abrazar la nueva cultura digital. Reconocer los riesgos en el uso de la tecnología, instruirnos en temas de ciberseguridad, usar contraseñas más variadas y sofisticadas, es parte de nuestra responsabilidad para evitar mayores daños colaterales. 

martes, 2 de septiembre de 2014

Periodistas degollados, allá y acá

El brutal asesinato del reportero estadounidense James Foley, decapitado por sus captores del grupo terrorista Estado Islámico, puso en evidencia el peligro al que se enfrentan los periodistas en zonas de alto riesgo.

Pero no hace falta ir a Siria para ver esta barbarie. En México, Honduras, Colombia, Guatemala y Venezuela fueron asesinados una decena de periodistas este año, más de 500 en las últimas dos décadas.

En Medio Oriente y en América Latina existen diferencias sobre el tipo del peligro al que se enfrenta la prensa. En esta región, los periodistas son asesinados por destapar asuntos del narcotráfico y actos corruptos, tanto públicos como privados; y muchos, como en México, también mueren degollados.

Las bandas de narcotraficantes no tienen clemencia, decapitan para enviar fuertes mensajes a la prensa y a la sociedad. La inacción del Estado, a veces en contubernio con los narcos, hace que medios y periodistas terminen autocensurándose, desnaturalizando su función.  


Siria - donde más de 39 periodistas permanecen secuestrados, entre ellos un colega de Miami, Steven Sotloff, a quien los yihadistas también han amenazado con ajusticiarlo – mostró mucho más que el degüelle público y atroz de un periodista o la polémica sobre si EEUU debería pagar rescates por ciudadanos secuestrados por el mundo.

 

El gobierno difícilmente hace concesiones ante los terroristas. No paga rescates, como los 135 millones de dólares que los terroristas pidieron a la familia Foley. En eso se diferencia de los países europeos que pagan pese a que a principios de año firmaron una resolución en Naciones Unidas para no seguir alimentando a los terroristas.

 

La decapitación de Foley dejó al descubierto que el gobierno de Barack Obama está lejos de haber ganado la guerra contra el terrorismo como había anunciado en su discurso ante el Congreso, luego de que un comando matara a Osama bin Laden en Pakistán años atrás. Al Qaeda quedó diezmado, pero la nueva escisión de aquel grupo, el Estado Islámico, se ha convertido en una amenaza latente.

 

Obama había retirado las tropas de Irak tras la invasión encomendada por George W. Bush y hace poco había prometido que EEUU no se involucraría en Siria. Todo aquello terminó, fueron promesas electorales. Ahora Obama, ante la nueva perspectiva que abrió el caso Foley, está buscando aliados europeos y árabes para bombardear a los yihadistas, y acabar a quienes encarnan el “cáncer que se debe extirpar”.

 

El impacto del caso Foley en la opinión pública - así como el Daniel Pearl, un periodista del Wall Street Journal que fue decapitado en 2002 en Pakistán - le permite al gobierno de Obama concentrar de nuevo la atención en el terrorismo y justificar acciones que no hubiera podido tomar en situaciones normales.

 

Al igual que en la época de Jimmy Carter cuando un comando militar fracasó en el rescate de los rehenes del gobierno iraní, EEUU falló de nuevo en liberar a Foley y otros colegas. El episodio legitima a Obama para continuar los bombardeos contra los extremistas que están masacrando a grupos cristianos en Irak y para actuar en contra de los terroristas en Siria. Para muchos no es más que un dilema o la excusa perfecta para abrir dos nuevos frentes de guerra.

 

Regresando a América Latina, los periodistas asesinados no logran la atención que tuvo el caso de Foley por dos razones: Primero, porque los países latinoamericanos no hacen mucho para realzar los casos de sus ciudadanos o prefieren minimizarlos para evitar que quede al descubierto la ineficiencia policial/judicial. Segundo, porque para EEUU el tema del narcotráfico es un problema social, de salud y económico, controlable si se quiere, pero que no representa una amenaza a su sistema político, como sí lo es el terrorismo organizado.

 

Sería importante que más allá de cómo EEUU quiera neutralizar al terrorismo, adopte medidas más proactivas para defender a los periodistas en zonas de riesgo, estén donde estuvieren. La ley Daniel Pearl de Libertad de Prensa que permite condicionar la ayuda económica a países en donde los periodistas son asesinados, podría ser un arma importante para imponer sanciones a los gobiernos latinoamericanos que poco hacen para defender a los periodistas, muchos de los cuales mueren degollados a manos del narcotráfico. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Racismo, policías y armas

Con una persona negra en la Casa Blanca, muchos pensaron en el fin de la segregación. Creyeron que con la presencia de Barack Obama habría cambios a favor de la igualdad y en contra del racismo. Hace 150 años se creyó lo mismo tras la abolición de la esclavitud.

Nunca ocurrió. Cada tanto un nuevo episodio recuerda cuan profundo está el racismo enquistado en la sociedad y cultura estadounidense. Pese a las grandes luchas por los derechos civiles en los 70, todavía existen evidencias sobre la segregación. Algunas no resueltas a nivel oficial, como el bajo nivel educativo y acceso a la salud que padecen los afroamericanos; y otras a nivel social que perduran como secretos a gritos, como la devaluación que sufren las propiedades de un barrio cuando un negro decide mudarse a ese sector.

Sin embargo, son los crímenes de odio, la violencia y el uso indebido de fuerza en contra de los afroamericanos y otras minorías, los hechos que periódicamente hacen que el país se confronte y polarice, reabriéndose viejas heridas. Esta vez el vaso lo rebalsó el asesinato de un joven negro de 19 años, Michael Brown, a menos del policía Darren Wilson, en el pueblo de Ferguson, suburbio de St. Louis en Missouri.

La desproporcionalidad de seis disparos (dos en la cabeza) para detener a un chico desarmado que solo atinó a levantar los brazos en rendición, y el posterior exceso policial para detener a la población furiosa, parecieron echarle más leña al fuego a un caso de racismo que otra vez terminó cuestionando al sistema de seguridad pública del país.

Tuvo que intervenir Barack Obama y el fiscal general Eric Holder para poner un poco de mesura, reconocer que la fuerza policial está excesivamente militarizada,  compuesta por francotiradores apertrechados y carros blindados de última generación; demasiada contrafuerza para detener a una población lastimada y frustrada, aún con la inclusión de delincuentes infiltrados que desde otros estados llegaron para generar caos y anarquía.

Las circunstancias en Ferguson trajeron a la memoria el asesinato de Trayvon Martin, un joven negro y desarmado de un pueblo del centro de Florida que en 2012 fue abatido por un agente de seguridad vecinal, George Zimmerman. Al igual que ahora, con el racismo a flor de piel y tras comprobarse el exceso de fuerza y que las policías están desproporcionadamente compuestas por policías blancos en ciudades de predominancia negra, las reacciones civiles violentas con piedras, bombas molotov y algunos tiros se multiplicaron por doquier.

Los crímenes raciales, las armas y la fuerza policial, alguna vez coctel motivacional para los enérgicos discursos de Martin Luther King, siempre terminan por poner a Obama frente a una encrucijada. Como Presidente no puede disparar dardos por los derechos civiles como quisiera, sino buscar puntos de equilibrio y bien común.

En el caso de Florida y después que Zimmerman fuera declarado inocente en 2013 por la ley que permite el uso de armas de fuego en defensa personal, Obama lideró una cruzada en contra de las armas de fuego para uso civil que no llegó a buen fin. Pese a las movilizaciones en su apoyo en más de 100 ciudades, grupos de poder lograron sostener que la portación de armas para defensa personal es un derecho constitucional garantizado.

En el caso de Ferguson no se trata de un derecho individual a la protección personal sino de exceso por parte de fuerzas del orden. La desmesura está provocada por el “programa 1033” del Departamento de Defensa que permite al Pentágono traspasar a las policías pertrechos de guerra en desuso que quedaron tras las guerras de Irak y Afganistán. Esa reutilización del armamento cobra una dimensión desproporcionada entre los vecinos de una ciudad, que solo acostumbraban a verlo por televisión o en videojuegos.

La discusión ya empezó a calar hondo. Algunos legisladores quieren desmilitarizar a la policía y otros creen que el armamento militar es la única forma de disuadir a posibles terroristas, mafias y narcotraficantes con alta capacidad de fuego.

Lamentablemente, la polémica parece que derivará hacia ese terreno, así como antes derivó hacia el uso de armas para defensa personal, por lo que la discusión profunda sobre el racismo quedará de nuevo postergada. O hasta que ocurra un nuevo crimen de odio.

domingo, 17 de agosto de 2014

Estrellas extinguidas y brillantes

Hollywood y sus estrellas nos sacuden cada tanto. Esta vez fue Robin Williams. Hace poco, Philipp Seymour Hoffman. Años atrás, Heath Ledger, Whitney Houston y Michael Jackson. Mucho antes, Marylin Monroe.

Todas víctimas. La fama y las luces potenciaron su depresión y las sobredosis de cocaína y alcohol hicieron el resto.

Ese coctel letal no solo afecta a estrellas, pero repercute con mayor fuerza cuando corren esa suerte. El ocaso del protagonista de “La sociedad de los poetas muertos” puso en contexto la simbiosis depresión/suicidio y también que los famosos son lo que dicen, no tan solo lo que hacen; como cuando Williams y las cantantes del grupo Dixie Chicks criticaron la política de George Bush poco después de Setiembre 11. Perdieron credibilidad, productores y audiencias en sus conciertos.

Sucedió en estos días con Javier Bardem y Penélope Cruz. Calificaron de “genocidio” a la ofensiva israelí sobre Gaza, equivocándose groseramente con el calificativo. Por temor a que la crítica descomunal en medios y redes sociales se extendiera entre productores y admiradores, actuaron rápido. Pidieron perdón, apagaron el fuego.

Es que a veces las celebridades se equivocan. Subestiman la inteligencia del público. Creen que la gente compra causas de ocasión sin distinguir entre buenas intenciones, rating y marketing oportunista. Por lo general, el público rechaza todo aquello que huele a acomodaticio. Prefiere y reverencia causas nobles y universales que beneficien a todos en igualdad de condición.

Por eso el público desdeñó al Sean Penn que abrazaba y aplaudía a Hugo Chávez, un acto ingenuo ante los barbarismos de la revolución chavista. La gente prefirió al Sean Penn que abogaba por la pobreza en el terremoto de Haití, así como elogia al irlandés Bono por abrazar la lucha contra el sida en África, a Juanes porque aboga por el proceso de paz en Colombia y a Shakira por su filantropía con Alas y Pies Descalzos.

A esta altura, las celebridades sin causa ni compromiso no parecieran dignas de portar su fama. La responsabilidad social se volvió un “must”. En esta especie de diplomacia de celebridades, los famosos y políticos tratan de congeniar en objetivos de bien común. Así fue como el mes pasado Leonardo di Caprio donó siete millones de dólares para paliar la limpieza de los océanos y combatir la sobrepesca. Se comprometió en la conferencia Nuestros Océanos que Barack Obama lideró ante líderes de 80 países, en la que anunció la creación de un área protegida en las islas del Pacífico que se convertirá en el mayor santuario marino del mundo.

La gente ama ese tipo de desprendimiento y compromiso moral enfocado a un bien común generando que la luz de la estrella brille aún más. Pero cuando detecta que los “matrimonios” entre famosos y políticos no son por causas nobles, sino por oportunismo electoral, los riesgos pueden ser muchos y los resultados contraproducentes.

Tampoco todas las estrellas tienen vocación por causas nobles. Es una cuestión de madurez y edad. Seguramente en 10 años, Justin Bieber y Miley Cyrus también adquirirán aires de mayor responsabilidad cuando se les pase la época de hacer crecer imagen y marca con excentricidades propias y las obligadas por sus agentes,

Una excepción a la regla fue Angelina Jolie, que siendo muy joven, y cuando de ella se esperaban extravagancias, abrazó la causa de los refugiados y de la violencia sexual contra la mujer en conflictos armados. El rodaje de “Lara Croft: Tomb Raider” en Camboya fue su punto de inflexión y su catapulta como embajadora de Naciones Unidas. Desde entonces usó al cine como medio, no como fin. Se apasionó por causas humanitarias, convirtiéndose este año, junto a su esposo Brad Pitt, en la actriz más joven en ganar un Oscar por su labor solidaria en regiones conflictivas.

Pocos líderes y políticos tienen la credibilidad, la atracción y el poder de convicción que reflejan estas estrellas. Por ello la diplomacia de personajes como Angelina y Bono es tan codiciada por Naciones Unidas y el Foro Económico Mundial.

A Hollywood le podremos reprochar por contagiar aflicciones, entretenimiento recargado y malos ejemplos de estrellas que se extinguen. Pero no se puede desconocer que también brinda estrellas brillantes, comprometidas y generosas. 

domingo, 10 de agosto de 2014

¿Promoción democrática o propaganda?

La política exterior de EEUU es compleja. Difícil distinguir entre programas de promoción democrática y propaganda. Lo que denomina acciones pro democracia en países autoritarios, aquellos lo perciben como intentos de desestabilización.

Esa diferencia de apreciación se evidenció de nuevo cuando la agencia de noticias AP reveló esta semana que el gobierno de Barack Obama sigue usando métodos secretos para provocar cambios políticos en Cuba. EEUU utilizó a jóvenes venezolanos, peruanos y costarricenses que, camuflados en actividades cívicas y sanitarias, reclutaban a sus pares cubanos con intenciones desestabilizadoras.

Cuba bramó. Es la segunda vez que AP denunció programas encubiertos de pro democracia dirigidos hacia la isla. En abril pasado descubrió la creación del ZunZuneo, una especie de “twitter cubano” que pretendía erigirse como una plataforma de inconformidad política entre jóvenes, con el objetivo de contagiar una “primavera” similar a la que ocurrió en países árabes.

En ambos casos, la estadunidense Agencia de Ayuda Internacional, USAID, que financió estos programas, no tuvo eficacia. El gobierno de Obama pareció pecar de ingenuo al usar métodos de propaganda para desestabilizar un sistema político tan perverso y restrictivo como el cubano.

Para contrarrestar la denuncia de AP, la ingenuidad fue más allá. La empresa contratada por USAID, Creative Association International, argumentó que solo entrenaba a jóvenes en derechos humanos, liderazgo y salud, sin meterse en cuestiones políticas; mientras que el gobierno justificó que empodera a los ciudadanos para que resuelvan problemas sociales y sean factores de cambio.

EEUU no debería pedir excusas. La promoción de la democracia en países opresores es parte del ADN de su política exterior tras la promulgación de la universalidad de los derechos humanos en 1948. Pero debería ser más trasparente y evitar métodos secretos cuando tiene opciones de hacerlo abiertamente y por canales diplomáticos; es que los programas clandestinos, muchas veces, derivaron en confrontación, invasiones o golpes de Estado.

A Cuba tampoco habría que prestarle mucha atención. Así como el refrán reza que “el muerto se asusta del degollado”, era obvio que aprovecharía la ocasión para potenciar su prédica anti imperialista y hacer propaganda, su mayor destreza. Cuba logró convencer al mundo entero que es una víctima de las grandes potencias signadas por el capitalismo salvaje y que Fidel Castro es un romántico, un intelectual de izquierda, cuando en realidad se trata de un maquiavélico y tirano, responsable de una de las dictaduras militares más largas y perversas de la historia.

Pese a los rodeos, excusas y buenas intenciones, este programa de jóvenes en Cuba huele más a propaganda que a promoción democrática. De ahí que esta semana varios legisladores estadounidenses protestaron y calificaron de irresponsable a Obama. Lo culpan por ejecutar este programa durante la misma época que el gobierno cubano apresó a Alan Gross, un contratista de la USAID, que fue condenado a 15 años de prisión en Cuba por repartir ilegalmente tecnología satelital y de internet entre miembros de la comunidad judía.

Otros activistas criticaron con vehemencia que algunas actividades usaran de pantalla unos talleres sobre sida, tirando por la borda la credibilidad de otros programas sanitarios que EEUU realiza en el mundo. Se le ve como una contradicción a la decisión de suspender el sistema de vacunación casa por casa con fines políticos en Pakistán, que le permitió a la CIA llegar a la puerta del escondite de Osama bin Laden en Pakistán.

El programa en Cuba, además, no solo es conflictivo por su carácter secreto, sino porque puso en riego a sus ejecutores, cuando el gobierno pudo haber usado a personal propio en lugar de jóvenes extranjeros. Además, sigue minando la credibilidad de la USAID, dándoles la razón a gobiernos de Ecuador, Venezuela y Bolivia que expulsaron a la agencia por involucrarse en política, más allá de su misión humanitaria.

Lo peor de todo es que estas tareas encubiertas y de propaganda minan las relaciones entre ambos países y pueden hacer retroceder negociaciones avanzadas sobre la morigeración del embargo económico, permisos de viajes e intercambio cultural.

lunes, 4 de agosto de 2014

El "Me gusta" de Facebook

El “me gusta” se convirtió en la calificación más frecuente y decisiva con la que manifestamos nuestras emociones. La experiencia en Facebook revolucionó la forma en que percibimos la realidad y creó nuevas formas de expresión.

Todo (o casi todo) pasa por Facebook. Desde la campaña de solidaridad para que Helenita acceda a un trasplante de médula ósea, pasando por la masiva admiración femenina por el pintón ladrón californiano Jeremy Meeks o hasta el asesinato de la mexicana Lucila Reyes Villanueva que su yerno confesó a sus amigos.

La gente prefiere buscar noticias en Facebook, lo que obliga a los medios a incluir y adaptar sus contenidos para existir. A las marcas ya no les basta con hacer publicidad; saben que el poder no está en lo que comunican, sino en los comentarios de los usuarios. Una frase negativa que se haga viral puede destruir cualquier reputación, de ahí el celo de Coca Cola para monitorear los comentarios en las redes sociales y actuar previendo incendios.

Mark Zuckerberg, más allá de la ambición por aumentar la conexión global para reducir la pobreza y la desigualdad, siempre experimenta con su red social buscando que el usuario tenga una experiencia personal, exprese su identidad y se enganche con contenidos positivos (por eso no existe el “no me gusta”). El problema es que muchas veces se excede y debe recapitular.

Hace días fue blanco de una crítica severa por parte de las universidades. La polémica se generó luego que una revista científica publicó los resultados de un experimento en 2012 sobre conducta humana entre 700 mil usuarios. Facebook pudo conocer el alto nivel de contagio que generan los comentarios positivos o negativos en el estado anímico de los usuarios, y ver si ello conlleva a que la gente esté más o menos activa en esa plataforma.

El problema no fue el resultado – se hicieron varios estudios sobre cómo el suicidio se contagió en Suecia y Japón a través de las redes sociales – sino que Facebook no haya avisado sobre el experimento, tomando a los usuarios como conejillos de india.

De nada sirvió la defensa original de sus ejecutivos. Dijeron que en el acuerdo que firma quien registra una cuenta, se indica la posibilidad de estudios para entender mejor a los usuarios y así mejorar la experiencia en la red social. También es evidente, que Facebook no dice todo, ya que usa comercialmente esa información. Al saber mejor qué hace, cómo vive y qué preferencias tiene cada usuario, cambia algoritmos, dándole información a las marcas para que hagan publicidad más efectiva y haciendo que los usuarios paguen si quieren que sus posts lleguen a todos sus amigos y seguidores.

La crítica más vigorosa contra Facebook es que no toma los recaudos que tienen las universidades, que cada vez que hacen experimentos sobre conducta humana deben pasar por protocolos bien estrictos sobre metodología, ser autorizadas por consejos de expertos calificados y tener mucha transparencia.

El celo por la actitud de Facebook, tal vez sobredimensionado por los medios, es que esta red social, junto a otros monstruos del internet, como Google, Yahoo! o Apple, ha violado la privacidad, después de comprobarse que brindó información sobre los usuarios al gobierno de Barack Obama, en el contexto de la lucha anti terrorista y la seguridad nacional.

En defensa de Facebook, vale decir que en marketing siempre se están haciendo sondeos sobre preferencias de la gente, por lo que es difícil delimitar esa línea divisoria entre el bien y el mal. Máxime cuando la información sirve para incorporarse a las nuevas tecnologías y mejorar cómo vivimos. Por ejemplo, con sensores en pulseras, cintos o zapatillas, que miden la frecuencia cardíaca, la presión sanguínea o los niveles de azúcar y que, en el futuro mediato, podrán calcular el nivel de depresión, el estado anímico o la autoestima.

Puede que la mala publicidad empuje a más jóvenes a emigrar a otras plataformas, aunque Facebook no desaparecerá, tiene más habitantes que China, su Instagram superó los 200 millones y su Whatsapp crece un millón de usuarios al día. Sin embargo, lo más interesante de la polémica, es que sepa - así como otras redes sociales – que también es vigilada y que existen límites cuando trata de jugar con las emociones y sentimientos de los usuarios.