domingo, 21 de noviembre de 2010

La NOVENA: Nuestro amor paralelo

Con motivo de los 35 años de nuestra graduación de escuela secundaria de los Hermanos Maristas de San Francisco, Córdoba, estuve de visita y me reencontré con los amigos del alma. A pedido de Mario “tuquín” Miranda que se encargó de la organización de los eventos, fiesta y misa de acción de gracias en la Catedral, escribí esta nota en honor a todos los amigos y a la Novena, que se ha transformado ya en una marca registrada, que fue leída por el Alberto “Cabezón” Arrieta:

“La Novena no es solo imágenes, ni recuerdos. Es puro verbo. Acción. Pasión.
A pesar de nuestras arrugas, canas y tintes, se mantiene eternamente joven. ¡Siempre le llevaremos 17!

Para envidia de nuestros amores; los de antes, los pasajeros o los duraderos, la Novena es como nuestro primer amor: Indisoluble; incuestionable.

Pero es más que eso. No suplanta a nadie y ni le roba nada a nadie. Es un amor perpetuamente paralelo.

La Novena es una entidad y una actitud. Tiene vida propia. Nos da sentido de pertenencia, de comunidad; independientemente de nuestros destinos, suertes e intereses.

Tiene la fuerza centrífuga de absorber, mezclar y transformar. Todo lo convierte en historias, chismes y anécdotas. Así sean los logros de nuestros hijos o sus desgracias; o las babas derramadas por nuestras nietas; o nuestras canas al aire, nuestros divorcios, nuestros nuevos intentos; o los achaques que vienen con cada invierno.

La Novena funde todo en nada. Nuestros trabajos, nuestros avatares económicos, nuestras lágrimas o nuestros vinos. Todo es comprimido a nada. Solo prevalece lo que somos; no nuestras circunstancias.

Tiene la sabiduría de la forma circular. En ella nadie detenta liderazgos ni mandatos. Tampoco impone barreras. Iguala todo y a todos diluye en el mismo crisol, así fueran diputados o doctores, viajantes o contadores, burócratas o colchoneros.

La Novena es una entelequia atemporal y sin espacio. Donde se confunden épocas y episodios. Todo tiene el mismo valor. Somos y fuimos en cada instante, así sean los caramelos en el bolsillo del hermano Elvio o los dedos del hermano Pascual en los nuestros; las palmadas y las corras de trapo con Marcelino o la conjugación en el tablero futurístico de Antonio. Las kermeses de la primaria o los amasijos llenos de testosterona en los danzantes de la secundaria.

Somos y fuimos, en las piernas de la practicante de matemáticas o en las agachadas a cualquier profesora; o en los desfiles por 25 o cuando atrofiamos la subida de la bandera. En los retiros a Anizacate, las bicicleteadas a Freyre, la consagración en Bariloche, los penales en el campo de deportes o las frecuentes escapadas al Vai Ven.

Fuimos más que picardía. Equipo y unión, como en la histórica huelga de Mecanografía que jamás colegio Marista haya experimentado, en los derrapes en el cementerio, el secuestro en Devoto, los silbatos desde abajo del escritorio o la retirada corporativa frente al mirlo, que seguro arrancó carcajadas al Estrada al final del pasillo, al Cristo de la escalera o al bendito Champagnat empotrado en la Dirección.

Todo eso fuimos. Empezamos 42, fuimos 36 y terminamos 28. Competíamos como mayas o aztecas; tocábamos el toc-toc, el xilofón o la pandereta; usábamos orgullosamente la inscripción de HHMM en la espalda que los demás colegios curioseaban; y nuestros pizarrones cambiaron de negro a verde y las Remington a Olivetti.

Fuimos nombres y apodos. Fuimos desde el loco al negro; del mirlo a la negra y desde la flaca al tofi, del pibín al nenoto, del loco al negro o de la Margarita al Raúl. También fuimos con el gordo y el flaco, con el cacho y el cachito, con el nacho, el huevo, el yayi, el mafla, el gringo, el tuquín, el kaiá, el gerli, el pete, el perro, el sapo, el cabezón, el callo, el rupo, el palomo; o desde el Juan Eduardo hasta el Paul o del Luisito al Jorge.

En realidad no fuimos. Somos. Es que la Novena es generosa. Nos regala cada pasado como si fuera presente. Nos da vida. Nos distingue, nos identifica. Nos une, nos hermana. Nos da un espacio invulnerable, relevante y único en este mundo.

Y todavía hoy, la Novena es maleable. Nos permite incorporarle todo lo que hacemos, todo lo que somos, así sea en cada miércoles, en cada vino, en cada asado o en las ganas de estar siempre, a pesar de nuestros destinos y las distancias.

Su vitalidad - la de ayer y la de hoy - es nuestro aporte. Nuestra pluralidad y diversidad, y nuestras diferencias. Así somos, así nos respetamos, así nos queremos. No somos solo amigos, somos algo más.

Hoy la Novena cumple 35 años, pero lleva incorporado los 17 desde que la creamos, la preparamos y la nutrimos. Ella cumple y nosotros festejamos, y la agasajamos.

Es que nos ha regalado el más grande sueño, el de estar y sabernos siempre unidos”.

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