jueves, 28 de agosto de 2008

Porno para Ricardo

La virtuosidad de la música no está en sus notas ni en sus ritmos, sino en el mensaje. A lo largo de los siglos, la música, a pesar de que pueda expresarse en idiomas ininteligibles, se ha transformado en el único lenguaje de valor universal capaz de provocar cambios. Tiene el poder de denunciar, emancipar, liberar.

Cuando ese mensaje es coartado, todos perdemos. Al limitarse la capacidad de expresión se comete un grave atentado al derecho del ser humano a hablar, opinar y al derecho de los demás a escuchar, disentir, aplaudir. No hay acción más grotesca que la censura.

Cuando esto ocurre, quienes se dedican como negocio a la música son los primeros que debieran “saltar”, no porque se deberían sentir directamente afectados, sino porque se afecta el derecho de todos a esa música universal, a escucharla, a consumirla. Los conciertos a favor de la paz, de la ecología, del sida, del hambre, son excelentes causas, pero el derecho a la libertad tiene un grado superlativo.

Mañana, 29 de agosto, el régimen cubano le hará un juicio sumarísimo a Gorki Aguila, líder de la banda rockera Porno para Ricardo, y bajo la figura de “peligrosidad delictiva”, y con un abogado estatal en su defensa, puede terminar cuatro años en la cárcel, por el mismo delito que están pagando más de 5.000 (sí, cinco mil) cubanos.

A Gorki lo arrestaron el lunes cuando estaba entrenándose en los ritmos de su nuevo álbum de protesta Comité Geriátrico Central, lo que equivale a cometer un delito de desacato contra las altas autoridades del país, que desde la revolución del 1959 se ha caracterizado por encarcelar a cualquiera que hable u opine (o si quiera piense) algo mal sobre ellas. El rock, y su desfachatez, siempre fue considerado un enemigo peligroso.

Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y tantos otros de la nova trova, así como de otras disciplinas debieran defender el derecho a la libertad de Gorki. Son los primeros en la línea de responsabilidad. Pero también lo debieran hacer aquellos cantantes de todos lados, los profesionales y los que cantamos bajo la ducha, porque en realidad la afrenta contra Gorki es contra todos nosotros.

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